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Vida

Acabo de llegar de pasear a Zas. En la esquina de la plaza de la iglesia, aparcado encima de la acera, un coche de novios adornado con flores blancas. En la puerta del templo, un coche fúnebre con la puerta trasera levantada, esperando a que termine el funeral del fallecido que ha de trasladar hasta el cementerio.

Hace un rato, en la avenida, un chico me ha preguntado dónde estaba la Casa de la Cultura. No se le entendía muy bien, era extranjero. Quería saber si ya había empezado lo de los payasos. Mientras hablaba conmigo, me ha señalado el coche aparcado a dos o tres metros de nosotros: una niña reía a carcajadas porque su madre le estaba haciendo cosquillas. Un señor con bigote, sentando en un banco, nos miraba con cara de pocos amigos. Quizás no le ha gustado demasiado que un negro preguntase por un acto cultural.

Ayer supe que la mujer del señor Miguel se ha muerto de un infarto. Mi padre no ha ido al entierro. Dice que ya no soporta ver la muerte tan de cerca. Sobre todo, porque el señor Miguel también se está muriendo; pero no deprisa, o de golpe, que asusta menos. Lentamente, con dolor.

Mi madre me contó ayer que los que han comprado el piso de la puerta 5 son muy oscuros. Tanto, que ella asegura que si se los tropezase al girar una esquina, saldría corriendo del susto. No sé cómo explicarle que no es muy normal que diga que todos tienen derecho a vivir -¿?- y que luego me intente convencer de que lo que para ella es distinto, de por sí, ha de ser malo. Bueno, sí: le dije que dicen que los pensadores dicen que otros más pensadores todavía decían que lo que nos ocurre a muchos es que tenemos miedo a lo desconocido. Quizás es que tenga miedo a salir a la galería, de noche; mirar hacia arriba y encontrarse cómo unos pantalones se tienden solos...

He discutido, a primera hora de la mañana, con el dueño de un bar que han abierto hace poco enfrente de Mercadona. Una amiga y yo fuimos hace una semana a tomar una cerveza. Sólo llevábamos ocho euros porque veníamos de comprar las entradas de la XIII Mostra de Pallasos y las habíamos pagado en metálico. Estando allí, pensamos en tapear y ahorrarnos la cena, porque para poco después teníamos pensado acudir a la presentación de una nueva asociación sobre la risa. En la puerta del local estaba la típica pegatina que se coloca para informar a los clientes de que se puede pagar con tarjeta. Aún así, le pregunté al camarero si esto era tal cual, y me lo confirmó. Después, a la hora de irnos, el dueño nos dijo que la máquina de la tarjeta sólo admitía pagos por encima de 20 euros -dato que no se podía leer en ningún cartel que fuera visible-. Le he pagado lo que le dejamos a deber. No sé si es que me he vuelto muy quisquillosa pero le he pedido la hoja de reclamaciones. Un tipo que no sabe tratar a sus clientes no merece demasiadas consideraciones.

Hace tres semanas me contaron que al marido de una amiga le quedan dos meses de vida. Este verano se quejaba de dolor de espalda y tras varias pruebas le diagnosticaron cáncer de hueso y de faringe. Tienen un niño de dos años. Él, treinta y cinco.

Hoy es sábado. Estoy sola. Día programado: comprar, lavar, tender, limpiar... La pila de la cocina está a rebosar: no me quedan platos limpios y para el desayuno de mañana he pensado que quizás me compre una taza que vi hace dos días en la tienda de la calle de al lado. Es amarilla y naranja y tiene una sola palabra escrita en su abombada tripa: "Bésame". De paso puede que me vuelva a casa con un lote de vajilla y cubertería de los de usar y tirar.

Las estupideces nunca deberían convertirse en un problema. Y sentirse culpable por posponer los deberes autoimpuestos es una soberana majadería.

Tengo por delante varias horas de sol. Me convertiré en placa de acumulación energética.

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6 comentarios

Bambo -

Gracias, Luis, :-D

Textos así, en plan "recolección de datos" escribo bastantes, pero no los suelo publicar. Me da un pelín de pudor... pero a veces, cuando piensas que no tienes nada que contar, te das cuenta de que lo que ocurre es que has ido demasiado deprisa por las cosas que te han pasado ese día.

Luis Muiño -

On toppic, o sea, dentro del tiesto...me encanta el texto. Me llegan más los escritos que no traen indicaciones sobre las emociones que tengo que sentir al leerlos, los fragmentos de vida ante los que yo puedo tener el sentimiento que me venga en gana. Este texto es un trozo de mundo sin instrucciones de uso emocional. Y eso me encanta. Zenkiu por el rato.

Bambo -

Gracias, Delfín, :-D

Delfín -

Off topic, o sea, fuera de tiesto: Formidables fotos las del álbum de Flickr. Al nivel de tus buenos posts, o sea, comentarios.

Un saludo

Bambo -

No, no es cosa seria, Bielka. Cada vez me pesa más el lastre que supone el hacer las cosas como me han enseñado: me ahogo en un vaso de agua, y siendo como hay océanos enteros para hacer algo así, es preferible que si he de zozobrar, -suena muy dramático... rebájale el tono; por descontado, en los barcos siempre hay flotadores ¿no?-, el naufragio se produzca por unas olas de cinco metros, no por unas onditas de nada.

Bielka -

Si no te produce un inconveniente serio el post poner las obligaciones ¿por qué no? Ya me gustaría a mí poder postponer cosas, pero no puedo. Antes, sin mi hija, sí postponía. Ahora, por ejemplo, va a salir del baño -su papá se encarga- y me toca a mí vestirla. Y yo postpondría este momento porque estoy cansada, pero no puedo. Son sus necesidades.

Hazlo tú que puedes, Bambo.

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