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Indolencia

Cada vez que contemplo la foto me acuerdo de ella. Me miraba retadora, como si dudase de mi capacidad para mostrar en imágenes lo que su postura indolente pretendía decirme sin mediar palabras.

Iba de aquí para allá, sin detenerse. Me puso nervioso. Resultaba imposible centrar mi atención en la preparación del equipo. El rítmico ruido de sus tacones marcando con fuerza los pasos se convirtió en una tortura.

Cuando llegó el momento de colocarse delante de la cámara, su rostro tomó el característico gesto de aquellos que quieren demostrar que están de vuelta de todo y no lo abandonó hasta que finalizó la sesión.

Pensé que, de haber podido, hubiera sido capaz de no pestañear para no abandonar, ni por una sola milésima de segundo, su intención de hacerme callar algo que, todavía no sé por qué motivo, ella entendía que si yo contaba, la convertiría en una persona vulnerable ante los demás.

Cada vez que contemplo la foto, me acuerdo de ella. Dos horas antes de llegar al estudio, paré a tomar un café en el viejo bar contiguo al museo. Me senté en la mesa que está delante del enorme ventanal, con el deseo de que, el ir y venir de la gente, me diese ideas sobre cómo afrontar el trabajo que tenía programado para la semana siguiente.

No quise escucharla. Pero, sin querer, una voz triste llegó hasta a mí a la vez que la camarera me traía el café. Intuí que no estaba sola. Girarme para saber hubiera sido indecoroso. Aguardé. Porque, en verdad, aunque era consciente de que estaba robando un trocito de la vida de otros, no me sentía culpable en absoluto por mi falta. La curiosidad se instaló en la silla que tenía enfrente y, en ningún momento, se me ocurrió decirle que se marchara.

- Sabes que no quiso hacerte daño; que tu reacción fue desmesurada; que las palabras, a veces, se quedan en los bolsillos ... él tardó en encontrarlas. Pero, al final, te las ofreció como regalo, tal y como tú deseabas.

- Es tarde, llega tarde. No quiero más ausencias, ni quiero más esperas. Es tarde. Muy tarde.

-Te arrepentirás, lo sabes. Estás comportándote como una niña malcriada.

- No, no es cierto. Me protejo. No quiero que me duela. Es más, ya no me duele. Vete y díselo. Márchate ya. No va a servir de nada que sigas aquí. Dentro de un rato tengo una sesión de fotos. Necesito hacer unas llamadas.

Su acompañante se marchó. Al momento, me llegó el sonido de las teclas de un móvil. Habló: "Ya está". Un silencio que duró un segundo, dos a lo sumo y habló de nuevo: "Rota". El ruido de una tapa cerrándose me indicó que había dado por finalizada la conversación.

Se levantó y cuando fue a ponerse la chaqueta que tenía sobre la silla que estaba a mis espaldas, me miró y tras un pequeño instante de duda, vi como su rostro pasaba de una desnuda tristeza a una aparente indolencia. Dos horas más tardes supe quién era.

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La imagen que ha originado esta historia, se puede ver en este enlace.

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