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De espaldas

Palabras sueltas

Al lado de la ventana


La muñeca está dormida.

La luz me mira. Y tú no hablas.

El rosario se ha quedado sin cuentas.



Ayer fue viernes.

Hoy es viernes.

Mañana será viernes.




Las hojas se enamoraron.

Hace ya siete horas y veinte minutos.

Contemplan la tierra. Ausentes.




Este año

no tengo calendario.


De puntillas

<font size=3><i>De puntillas</i></font>















Queda una mano

alzada sobre la cabeza.

Abierta.


Llega la palabra con fecha de caducidad.

Está en las últimas.

Agotada.

Casi muerta.


Rescata un nombre.

Para jugar a las adivinanzas.

Con dardos

es fácil.

Si aciertas,

el grito te da la certeza.


Mira tus pies.

Esquivos.

Traidores.

Pisaron donde no debían

y no se arrepienten.


¿Cómo alcanzar

la altura de tu gesto

sin ponerme de puntillas?


Los dedos

no me sostienen.



Desequilibrio

Puede
que
escoja
esta
tarde
una
mirada
húmeda
para
abrigar
tus
sienes
con
un
ovillo
azul.


O no.


Puede
que
traiga
esta
noche
una
palabra
fronteriza
para
cerrar
tu
nuca
con
un
pestillo
blanco.


O no.


Loca.
Como Juana.



Frío

La luz es verde. A ratos.
Ahora sí.
Ahora no.
El cristal rompe el espacio.



Ceñí el cuerpo
de tu noche
al vapor de mi muñeca.



Perdón.
Dijiste.



Con frío atemporal
y café de por vida.
Ese fue el misterio escondido
en tu billetera.



Cambio la mesa de lugar.
Dejo el felpudo ante la puerta.



Necesito una bufanda.


Ahora

mano


Se ha roto la desidia. De poquito a poco.

El mar está en el horizonte. Seco.

Ataste una cuerda a mi cuello

esperando a que gritase por la falta de aire.

Pero lloré, solamente.

Igual que se respira a cada momento.

Sin ganas.



Puede alzarse la ola sin la fuerza del viento. Perdida.

Puede quebrarse mi espalda. Entre algodones.

Puede morir la muerte. Como siempre.

Puede naufragar la rabia. Ahora mismo.



Robaré una voz.

Para ahorcarme con razones.

Un suicidio nunca está bien visto.


Vacío

vacío

Dos dedos

y dos días

se ataron

las manos

viciadas

de azul

para arrancar

los tallos

sin saber

de la sequía

ni conocer

que después

no habría

miel.

Un latido

y un olor

cosieron

margaritas

a mi espalda

para beber

del sudor

de una noche

sin saber

de la desdicha

ni conocer

que después

no habría

incienso.


La Nada

y yo

caminamos

ahora

sin distancias.

Negro azabache

Humo

El humo me envuelve.

Definitivamente, fumo demasiado.

Me falta el aire y el gris de la ceniza es un paliativo gratificante.

Por todas partes voy dejando secuelas en forma de colillas.



Anoche escribí la historia de mi vida.

La que recuerdo.

Hay parte de ella que se evaporó al respirarla sin darme cuenta.

No tengo hijos.

Aunque mi niño me dé la mano todas las tardes a la puerta de la escuela.

Me contó un día que no le gustaba la lluvia.

Porque hacía ruído.

Porque las nuebes no se veían.

Sus seis años han restado veintinueve abriles a los míos.

Sabe que no es bueno matar.

Pero él mata jugando.

Y al momento, sus muñecos reviven porque poseen poderes especiales.



Ayer le dije que me prestase su imaginación.

No me entendió.

Me pidió que le subiera el volumen a la música.

Quise que cantásemos al unísono pero él sabe de inglés y no no.

Me guiñó un ojo cuando lo dejé en casa de su abuela.

Sé que me quiere.

Nos une el hecho de que yo soy la que le ata los cordones de los zapatos.

Y eso es importante.

Muy importante.



Si reviso cuántos lazos más me ligan a esta vida,

me doy cuanta de que tengo amnesia selectiva.

Imposible averiguar si es una seleción natural

o es un acto reflejo ante el dolor de mis pulmones.

Porque mi patología no se manifiesta en el corazón.

Se extiende más allá de la caja de resonancia

que hace eco sesenta veces por minuto.

Llega hasta mis brazos y no consigue ampararme.

Me rodea por la espalda y no me adormece a perpetuidad.

En cambio, me regala dosis de realidad sin ser merecedora de ellas.

Mi escala de colores se ha olvidado de cómo es el blanco.

Y lo que pinto con ella se modela a trazós de un negro azabache.

El color difuso y muerto por naturaleza.



Febrero-marzo 2002

Cuatro poemas -o cómo rasgar la conciencia del violento-



-El impás-

El lápiz captó cielos sombríos.

Sin novedad. La apariencia de la tranquilidad cruje.

Se instaló hace tiempo en el suelo encerado.



El color ató su mentira a una garganta.

Cotidiano. La simbiosis ya no es metáfora.

Escondió la cuna su colección de mariposas.



No hay retorno.



-Un día-

Quiebra el regazo

una ese insonora.


Existe.

Un pulso para el día 13.

Como si la noche alquilase vendavales.

Sopla.


Siega el trigo

la sed de la injusticia.


La casualidad es que sea martes.




-Cuatro certezas-


- I -
Escribiré arenas movedizas

-sé que el molino ahogará las aguas-.


- II -
Miraré el balcón al mediodía

-sé que el cristal estallará un segundo antes-.


- III -
Maldeciré la sospecha del verdugo

-sé que anudará la cuerda floja a mi destino-


- IV -
Vomitaré besos de Judas cada noche

-sé que el puñal se hundirá en mi epitafio-





-Amapolas-

El rojo acaba con todo.

Color muerto de muerte violenta.

De olvido forzado por un matiz diferente.

Surge el día sin más temblor que un frío café negro.

Es lo que queda en la despensa. Símbolos. Arroz de boda rota.

Un paso gime. Gris con gris uniformado. Querencia al aire, sin permiso.

Golpea la puerta, desvencijada, en el quicio de un rostro marginal. Se desvanece.



Dogville

<font size= 3><i>Dogville</i></font>













La ciudad de los perros se llena de cartones

para recibir al Mesías que empaqueta la moral con lazos de domingo.

Se mira en el cristal

y se sonríe al contemplar la tez de un fariseo cualquiera.

Esas cosas pasan

cada día y cada noche,

cada atardecer y cada madrugada.

El plástico acaba pudriéndose.

Sin necesidad de recibir insultos como premio.