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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Palabras sueltas.

Una casa a cuestas (III)

Una casa a cuestas (III)
.
Hacia adelante

Miro a través de la puerta entreabierta.

Y me sorprendo. No podría ser de otra manera.

Que no pronuncie tu voz que no hay remedio.

El aire llega sin pedir permiso.

Ya no lo necesita.

Dime que tienes pan para tus mañanas.

[Tengo pan para mis mañanas]

Dime que desearás mirar a través de la ventana.

[Desearé mirar a través de la ventana]

Dime que llevarás tu casa a cuestas.

[Llevaré mi casa a cuestas.]

Porque es lo único que tienes.

[No. Porque es lo único que soy.]
.

Una casa a cuestas (II)

 

Una casa a cuestas (II)
.
El duelo

El Norte me queda lejos.
Lo perdí
junto con el pálpito
que me adelantaba
tu sonrisa.

El Sur
se quebró anteayer.
Con música de fondo
y una oscura letanía
acomodada en mis entrañas.

[Tintinea la voz rota.
El ladrón de palabras
se llevó mis crucigramas.]

El Este
amanece nublado
y el Oeste se despide
dejándome en este basurero
que ya me es cotidiano.

[Era gris y paseaba.
Una sombra sobre dos pasos.]

Sigo siendo el niño
que nuca tocó el lomo de un caballo.
.


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Una casa a cuestas (I)

 

Una casa a cuestas (I)
.
La constatación

Me miro en el espejo del café.
El azúcar corrompe la sobriedad de la mañana.
Es imposible vivir en blanco.
Ni tan siquiera el pan se resiste.
El trigo se deshace sobre una alfombra de bambú.

Un mapa se quedó abierto
encima de la mesa.
La ruta de los caracoles no sirvió para encontrarte.
.

Puede ser

Puede ser
.
Vuelvo a empezar.

Al ritmo de las tortugas.

Un paso al lado del otro.

En paralelo.


Tal vez te regale un trozo de consciencia.

[Puede ser]

Tal vez me vaya de tu vida.

[Puede ser]

Tal vez me esconda de la mía.

[Puede ser]

Tal vez te mire y me arrepienta.

[Puede ser]

Tal vez anude mis temores.

[Puede ser]

Tal vez te gane la partida.

[Puede ser]


Caminaré por la única curva

que existe en mi nombre.

Mayúscula infinita.

Permaneceré.

Quieta.

Unida a la raíz

del árbol de mis días.

Sujeta mi cintura a mi cintura.
.

Creo

Espigas 1
.
.
Mi voz se contiene.
Como pocas veces antes ocurrió.
Hablé hace tres semanas,
dos días y catorece horas.

Creía,
creo,
creeré.

Profeso una fe absoluta.
En la palabra.
El sentimiento me llega roto.
Y jamás pensé que una querencia
pudiera replegarse
para jugar al escondite.

Deslizo mis dedos
por encima de un papel azul.
Contenía las frases justas.
La dicha era pequeña.
No necesitaba de grandezas
ni de trompetas de Jericó.

Aquella carta guarda hoy
vocales que ya no suenan,
consonantes cadavéricas
camino del único cementerio
que no arroja tierra
para enterrar a sus muertos.

El Olvido
alberga las tumbas
de las promesas fingidas
y da cobijo a una recurrente
melancolía,
que encontró su rumbo
cuando los amigos,
después de contemplar el horizonte,
no supieron pintarlo
con colores semejantes.

La Tierra espera.
Aunque yo no sepa cómo contarle.
Y después me escribe con las letras
de mi viejo cuaderno de caligrafía.

Busca consuelo.
Sabe que, con cada fruto
que le arrancan,
el final está más cerca.

Creía.
Creo.
Creeré.

Mientras el trigo crezca
y el sol
lo ilumine,
la fe,
mi fe,
llenará las palabras de significados
y arrinconará
la lejanía
más allá del recuerdo
que me desdibuja.

Sujeto con fuerza,
con los puños pretos,
las quimeras mojadas por la lluvia.
Es la vida,
mi vida.

En el suelo

Avance otoñal

En el suelo.
Como una hoja.
Muriendo.
Casi muerta.
Dos segundos más tarde,
muerta ya.


Hoy hubiera querido.
Desear
dicha y fortuna.

A quién se olvidó
de mi nombre.

Lo hubiera querido.
Pero sé
que no lo quiero.


No existe
el amor incondicional.
Y tampoco
el rencor de por vida.


El engaño se disuelve.
Tú me ves
borrosa.
Yo no alcanzo a verte.

La única verdad
que me sosiega
es saber que mentirme
me hace sonreir
cada mañana.

La espiral

La espiral

[Prólogo]

Miro.
Por ti.
Por mí.

Escucho.
Por ti.
Por mí.

Tiemblo.
Por ti.
Por mí.

Callo.
Por ti.
Por mí.

[…]

Rojo.
Con negro,
mucho negro.
El horror
siempre
es oscuro.

[Epílogo]

Huyo.
Por mí.
Lloro.
Por ti.

La muerte
es lo único que poseo.
La quiero conmigo.
Para atesorarla.

Vivo.
Por mí.
Sólo por mí.
.

Utopía

Utopía

Te llevaré de la mano
hasta la esquina
en la que pueda doblar
mi vida en dos,
en tres,
en cuatro partes
si hace falta.

Podrás contemplar
cómo son mis sueños
después de desnudarlos
y sabrás
que las tardes venideras
traerán
un cálido sosiego.

Te aseguro
que si para entonces
conservas tu mirada ingenua,
llamarás a la Utopía
por su nombre de pila,
como si la conocieras
desde el mismo momento
en que naciste.
.

El juicio final

El juicio final (II)

Pude hablar
hasta llenar el mar
de tu silencio
con vocales distraídas
y consonantes sonoras.

Pude rezar
hasta fijar en tu gesto
la dicha olvidada
con tres rayos de luz
y un ramillete de azahar.

Pude hacerlo.
Pero no quise.

El sopor
se hizo amigo
de mis pasos
y ya no supe
caminar a tiempo.

Desde entonces
dormito
bajo un cielo
de tormenta.
Y temo escuchar una palabra.
Una sola.
La Única.

.
.

Afilado y punzante

Afilado y punzante
.
.
Ayer me preguntaste
por las palabras
que nunca quise decirte.
Que nunca te diré.

Hoy sabes
que mis brazos
no son capaces de soportar
tu tristeza.

Mañana
llegaré de madrugada
y contemplaré,
una vez más,
tu sueño inquieto.

Nunca hubiera imaginado
que perder el amor
entre las sábanas
doliese tanto.

Afilado y punzante,
el tiempo
ha sido mi asesino.
.

De espaldas

El vicio de vivir sale muy caro.

Se siente y se olvida.

Se llora y se llora.

Se ríe una vez cada cien años.

Por eso muchos no ríen nunca.

No les da tiempo.

Viven noventa y nueve

y cuando van a cumplir el siglo,

Se les queda congelada la sonrisa.

Sin horas


.

Hoy es domingo.

Y mañana será,

cómo no,

domingo.

Sin horas

para llorar

a escondidas,

porque durante la víspera

del lunes

la vida se respira

a través

de pupilas ajenas.

La noche

acalla las preguntas.

Es malo

saber que el lamento

puede despertar

a los vecinos.

Un escaparate

es el lugar perfecto

para reconocerse muerto.


.
.
La imagen se corresponde con un fotograma de la película "M, el vampiro de Düsseldorf", de Fritz Lang

De frente

Como las peonzas.

Átame las manos para que mi torpeza sea menos evidente.

Giraré y giraré y giraré.

Buscando el sol.

El viento de levante escenifica su primera versión del abandono.

No queda arcilla para modelar.

Cae la luz sin grandes pretensiones.

.
.
.
Datos de la imagen: Vacío (Serie Contrastes) por Ana Matey Marañón


___________________________________________

Agradeceré mi silencio. Lo sé porque es algo que necesito: hablar por hablar cansa. Y hablar sin tener algo importante que decir, además de provocar agotamiento, genera numerosas dosis de estupidez y en mi bolso ya no caben más adjetivos inservibles. Nunca llevo reloj. Algo he aprendido con los años. Hasta más leer, :-D

En lo alto

.
.
En lo alto,

-si cabe una existencia más alta,

más inmensa

que la sujeta a un calendario mudo,

sin refranes ni santoral católico-

Melquíades

rehusó saberse muerto.


El instante de los agostos morenos

se quedó prendido

en el bolsillo interior de su chaqueta.


El calor de la era

se conservó

en una esquina

porque supo agachar la cabeza

y negar la evidencia de un invierno.


Sin agua,

sin arroz

y sin palabras.

Las horas se vendieron,

a partir de aquel consciente abandono,

porque el tiempo sí que pasa factura.

La razón la tienen siempre

los que aprietan la cuerda a la garganta.


La dignidad

lo acusó de cobarde

y él, como respuesta,

volvió a subir la montaña.

En lo alto,

Melquíades

rehusó saberse muerto.

.
.

El estante


Desde el rincón.

Zapatos y una peonza.


En el espejo.

Dos veces gris.


Vieja.


Como el pulso

que sujeta el hilo.


Enhebrar la aguja

y coser un botón.


Ahora.


Dentro de un año

la hoja será caduca.


El estante acumulará

polvo y finales infelices.


Miedo.



Tumulto

.
.

Nada es nuevo.

Tu aliento es circular,

como tu odio.

Comenzará mañana,

cuando el mantel de nuestra mesa

enoje tu mutismo.


Ellos están.

Simplemente.

De espaldas a mi vida

y huyendo de tu muerte.

Pero están.

Como tumulto.

Porque no saben señalar con el dedo.

Ofrecer seda roja

con olor a ébano

es vender primorosamente

el puñetazo

en el estómago.


Cenaré contigo dentro de unas horas.

Yo tampoco supe levantarme

de la silla a tiempo.

Por la ventana

mirarán tu furia

esos que hace un rato

fueron tumulto.

Después de vernos

serán multitud,

testigos todos

de una revolución perdida.


Nada es nuevo.


Cansancio y miedo.


Ad infinitum.

.
.

La estancia


Hubiese preferido enmudecer.

Porque siempre callo mejor que hablo.

Y, sin embargo,

te regalé una docena de palabras

y dos silencios para que pudieses entenderme.


Las manzanas todavía están verdes.

Aunque el tiempo diga que murieron anteayer.

¿No sabes que mi reloj sólo marca las horas

cuando la campana de la iglesia

llama a los fieles a rezar?


El cajón de la cómoda

nunca se cerrará como Dios manda.

Está vacío.

Probé a plegar los espacios,

como se hace con los manteles de hilo.

Líneas perfectas

con olor a membrillo.

No hay más huecos

que llenar.

Tu espalda

permanecerá de espaldas

a la estancia.


Hubiese preferido caminar.

Porque siempre ando mejor que sueño.

Y, sin embargo,

me imaginé calzada con los zapatos de Dorothy

y di por hecho que el rojo era el color perfecto.


Dos mentiras llevo en mis bolsillos:

una, la que construimos juntos

creyéndonos maestros carpinteros.

La otra, la que tejí cada madrugada

pensando que el camino de baldosas amarillas

te traería hasta mí.


Creí que algún día aprendería a contar.

Hoy sé que restar es mucho más fácil que sumar.



La imagen que ilustra la entrada es un cuadro de Martiniano Scieppaquercia y se titula "Sobre el mueble".

.
.

Tropiezo


Hoy perdí mi vida
en el adoquín número veinte
de la calle Los Claveles.
Me dio tiempo
a contar los pasos
y sé que el aire se me escapó
en el que hacía diecinueve.


Caí de frente,
sin ánimo de hundirme
en la miseria.

[Plas, plas, plas]


Doblé mi espalda,
con la intención de esconderme
en un azar pasajero.


[Plas, plas, plas]


Sé que un cráneo
solo,
abandonado,
no es un buen regalo
para una enamorada.
Por eso la ausencia
se ha hecho traje de diario
y ahora limpio alcantarillas.


Mañana seré cadáver.
Aunque te mire y me sonrías.
Aunque te hable y me contestes.
Aunque te bese y tú me correspondas.


[Mi vida necesitaba aplausos
y sólo muriéndome
de forma fortuita,
alguien ha sido capaz
de celebrar mi desventura.]

La imagen se corresponde a un cuadro titulado "Shabbey Road" de Alexander Millar

Hambre


Vuelve la miseria.


Abrazada a los tobillos de tu sonrisa.


Sin lamentos.


Porque el duelo marca las pautas de los niños que llorarán cuando caiga la noche.


Tiembla.


Y no hables.


Porque tus palabras golpearán la dicha del hombre que reposa en su lecho.


No es verdad que existan los milagros.


El pan y los peces acabaron pudriéndose.


Créeme.


La foto se titula "Miro al futuro y me hace llorar" (Mujeres en el Bazar) de Luc Vandervelde

Muda

Sólo me queda voz para hablarte

durante tres minutos y doce segundos.

El nudo se desató.

Y las palabras engarzadas se escaparon calle abajo.

Buscando un río de sonidos nuevos.

Para lavar su rabia.

Es lo que hacen siempre

los fonemas cuando los hombres

juegan a insultarse.

Divertimento obsceno.


Sé que me querré más

si no vuelvo a pagar tu precio

por contarte qué aceite

me hizo resbalar esta vez

por el tobogán de mi desidia.


Tardaré setenta y cinco latidos

en echarle el cerrojo a mi vocabulario de domingo.

Y cinco más

en sepultar el de diario.

He puesto mi cruz en tu garganta.


Para siempre.


Des-amantes

No puedo esperarte.

Lo intenté.

La acera se marchó

y me quedé desnuda de caminos.

Vestida con futuros

que no sabían de las agujas locas

de mi reloj nocturno.

Lo intenté.

De veras.

Con las mentiras no juego.

Las adorno

y las cuelgo en el cabezal

de mi cama.

Para que tu ángel

y mi demonio

sean amantes mientras

nosotros

nos convertimos en esquinas

de una ciudad decimonónica.*

*Hay días en los que una agradece los desencuentros. Y otros, como hoy, en los que un encuentro, de sopetón, inesperado, te deja leyendo la pantalla, asombrada y contenta. A fin de cuentas, acabaré creyendo que sí que exite la magia. Aunque venga de la mano de un anatémico internauta.

La ausencia de los presentes



Alguna vez.
En el agosto tardío.
Una tierra árida.
En la retina del fotógrafo ambulante.

Un solo día.
Un calcetín remendado.
La camisa ultrajada por el viento.
Un río oculto.

Pesan las albardas.
La bestia no conoce otro rumbo.
Las tardes de tormenta
albergan temores ancestrales.
El calor humea en las cuadras.

Contra todo pronóstico.
El ajuar nunca llegó a estrenarse.
El camisón de lorzas amarilleó.
La ausencia fue solemne
aún antes de existir.

Hasta las lágrimas no estaban.
Perdieron el tren del futuro.
Un desafío demasiado extravagante.
El pozo se quedó sin agua.
Rompiendo la tregua, sin cortar las ataduras.

Llevan décadas recluidos.
En epitafios de viuda ennegrecida.
En cartas con renglones de a doce la cuartilla.
En pensamientos de hermanos exiliados.
En una imagen de duro gris y blanco.

Los ausentes me miraron ayer sin conocerme.
Sintieron cuando yo no era.
Todos marcharon menos uno.
No tardará tampoco en ser pasado.
Para mí fueron presente.

[Escribí este poema en enero de 2002, mirando la foto que encabeza la entrada, de un tirón. En apenas diez minutos. Lo publiqué -si a darlo a conocer a través de internet se le puede llamar así- en el foro Pregúntale a Satán; un lugar escondido y cómodo con un nombre bastante ajeno a lo que allí se podía leer. Me abordó la melancolía, sin avisar, y la dejé escapar como mejor supe. No he modificado nada -salvo un verso que he eliminado-, a pesar de que ahora suprimiría muchas cosas.

Lo de siempre: la vergüenza, el pudor, y esa idea cada vez más presente de que es necesario aceptar que la genialidad es cosa de otros; sobre todo, de esos otros que se empeñan en machacarnos al resto recordándonos que somos mediocres, como si con ello nos estuvieran condenando al infierno. Seguramente, si supiesen que para mí, salvo raras excepciones, el ser mediocre no es una lacra, creo que mi vida sería un poco más sencilla
]

Umilde sin hache


cayendo a trozos desde el panel oscuro.
Una pizarra negra

para blanquear su lisa superficie;

para hacer líneas rectas

con forma de redondel;

para dibujar una voz ya olvidada

y dejar que se vuelva a olvidar,

desmadejada,

cayendo a trozos desde el panel oscuro.




Eso pido.

No es pedir mucho.

Soy humilde en anhelos.

Umilde sin hache.

Hasta para eso hay que saber perder.

Si nos roban las consonantes aspiradas

no hay que lamentarse.

Nos están haciendo un favor.

Ahorrando hasta los quejidos.

Es la única forma de almacenar

el aire que se escapa de este alfabeto insonoro.




Lo malo de pedir es que nunca te dan.

Nadie quiere darme.

El boticario me ha dicho que sin receta médica

no puede otorgarme el título de enferma de primera.

Y yo necesito el diploma

para que la enfermera de primera me dé tintura de yodo

en estas cicatrices mal cosidas

sin que me recrimine mi hipocondría.




La pedigüeña que se coloca

en la puerta del súper

me ha dicho que me vende su delantal

con lamparones para que mi nueva circunstancia

de mendiga terminal resulte más convincente.

Me preocupa que la única hache que me dejen

conservar sea la de humillada.

Por si acaso, a partir de hoy,

escribiré con faltas de ortografía.

Umillada.

La puerta



Miro a través de la puerta entreabierta.


Y me sorprendo. No podría ser de otra manera.


La niña que olvidé duerme sobre un sarmiento. Roca.


Que no me diga tu voz que no hay remedio.



Ese canto se quedará mudo para romper la angustia de Teseo.



Una vez probé a perderme por un bosque ciego. Inútil.


Los pinos daban sombra a mi sombra. Muerta ya.



¿Qué puedo reclamar? Sed de malicia. Perversión.



Haberes tengo en el bolsillo de mi babero escolar.


Azul desvaído. No existe otro color para seis años tristes.


Aquí ya no ha sorpresas. La puerta es ahora cerrojo enmohecido.



Lanzo el boomerang y todo sigue en su sitio.

Obstáculos -o dime dónde escondiste mi maleta-

- I -

Lo único que pretendo
con este anuncio en la sección de contactos
es que tú atiendas mi llamada.
Nada más sencillo.

Quiero salir de viaje
pero no consigo encontrar la bolsa
en la que amontonar
la ropa interior,
los vaqueros
y mi colección de calcetines remendados.

Sé que la escondiste
en algún rincón de la casa
y sé que esta casa,
por desgracia,
todavía tiene demasiadas esquinas
por las que no me he atrevido a pasar,
desde aquella aciaga tarde
en la que decidiste mudar tus quereres
de residencia nocturna.

Me gusta jugar
-lo sabes-.
Me gusta reír
-también lo sabes-.
Me gusta disfrazarme
-eso creo que no lo sabes-.
Me gustaba emborracharme
-ahora ya no encuentro un alambique a mi medida-,
beber lentamente de las copas
que dejábamos olvidadas a lo largo del día
en nuestro ir y venir constante.

Ayer me di cuenta
de que tengo toda la cristalería
repartida en Dios sabe dónde.
En la alacena de la cocina
no hay una sola copa.
No he limpiado todavía.
Me da pereza,
tengo el alma en paro
y mi currículum ya está desfasado.
¿Será por eso que no consigo
dar con una simple bolsa
de cuadros escoceses?

- II -

He tenido el valor suficiente
para pasar la aspiradora,
y llevarme con ella los requiebros
que un día metí debajo del sillón
para darte una sorpresa.

Sigo sin diplomarme en el curso
"Sea valiente por un día".
Conseguí leer el manual,
-que ya es mucho-
pero he sido incapaz de superar
los heroicos obstáculos
que se incluyen en el vídeo de aprendizaje
para mi completo adiestramiento.

- III -

Te pido,
como último favor,
-si es que alguna vez me hiciste un favor-,
que contestes a este anuncio
y me digas en qué lugar escondiste mi maleta,
aquel día en el que, imbuido de un espíritu casi divino,
decidiste inspeccionar
si sus hechuras eran las correctas
para resistir un viaje de más de tres días,
y te encontraste con que yo atesoraba, en su interior,
ordenados por riguroso orden alfabético,
un almacén de defectos con los que podía proveer
a todo un regimiento de ángeles,
llegado el caso de que éstos hubiesen necesitado
ser discretamente normales alguna vez.

Es casi una súplica.
No sabría vivir siendo perfecta.
Te ruego encarecidamente que seas honesto conmigo
y que dejes de jugar al "Tú la llevas".
Evítame, por lo menos, el tener que reponer
por tercera vez el botiquín del cuarto de baño:
anoche ya no me quedaban tiritas,
ni algodón,
ni tintura de yodo.
Las gasas estériles están a punto de acabarse,
pero ésas son para grandes males
y si tú te decides a desvelarme la ruta de El Dorado,
creo que podré subsistir sin tener que explicarle
al boticario que soy demasiado patosa
en esto de aprender a vivir:
una tiene su corazoncito y con lo tímida que soy,
me avergüenza sobremanera inventar excusas
para disimular los moratones del alma.

La decena




Cuenta hasta siete.

El diez está muy lejos todavía.




¿Por qué morir?

¿No te sirve la vida como experimento?





Llámalo por su nombre de pila

y cuando gire su torso para verte,

dile que la fe se escapó de entre tus manos.

Ayer,

por la noche.

Cuando encontraste tu casa pintada de ausencias.





Uno.

Tres, cinco y siete.

Llegaste.





Lee tu rostro con el pulso extremado del dolor.

La piel respira.

De nuevo.

Debajo de tu vestido amapola.





Aún falta mucho.

Coplilla impopular






Fui al río a mirar las aguas

y a trenzar los juncos.

El ímpetu de la corriente

se llevo consigo el ingenuo gesto

de la fuerza virgen.

Fui al río a mirar las aguas

y a trenzar los juncos.





-E p í l o g o-


El caracol llega, poco a poco.

Tú te marchas a media tarde, rápido.

Él deja rastros.

Tú te llevas las migas.

Los barcos parten.

Las velas se ajan.

Las mentiras se cincelan.




No volveré a ser Ariadna.




El cuadro es de Carmen Medina

Un día imaginé



Duermo.

No sé soñar.

Y duermo.

Recostado en la palabra

que ayer no pronuncié.





Duermo.

No sé caminar.

Y duermo.

Apoyado en la caricia

que ayer se quedó en mi regazo.





Duermo.

No sé mirar.

Y duermo.

Contenido en el pincel

que ayer se quebró sin remedio.




[Tres con tres.

Me toman por un brazo.

Me llevan.

Sólo porque un día imaginé.]



La clausura



Se me cayó un fonema.

Hace media hora que lo busco.

¡Ilusa!

Creí que lo hallaría agazapado

entre las rendijas de la persiana.



Viene el aire a dar las buenas noches.

Se va la certeza de que los días no mueren.



Descubro en el escritorio

una voz que no conozco.

Me recuerda que no es decente

defender a un perdedor.



Callada y callada y callada.

Sin molestar, por si acaso.

Colgado el cartel de "silencio, por favor".



Perdí la oportunidad de apoyarme

en un recodo de mi nuca.

Sólo queda dormir en el jergón.



Mis labios enmudeciron hace ya una semana.

Por méritos propios.


Señor amo



La pared es cárcel.

El pasillo inacabado

se aletarga en los días de calor asfixiante.

Como él.

Que murmura.




Tres golpes sobre la imitación de seda.

Dos miradas de rojo que salpica.

Una palabra bajo el llanto del cuchillo.

Como ella.

Que enmudece.




La evidencia no viste hilos de oro.

Fugitivo

Hay un paraguas marrón apoyado en el cristal.

Y un cartel que dice que no vuelves hoy.


Llueve.

Sin piedad.

Con rabia.


La recta busca un ángulo obtuso.

Quiere coserse a sí misma

y un plano la convierte en un nombre estúpido

que nunca tendrá un paralelo.


Llueve.

Con piedad.

Sin rabia.


Hay una chaqueta azul encima de la mesa.

Y un sobre abierto que sólo contiene desamor.





Addenda 12 de mayo, 14:44
He retirado la fotografía con la que encabezaba esta entrada porque en este caso, en la página de procedencia, sí que se especifica que es necesario el consentimiento previo del autor para poder emplearla.

Cuadernos de caligrafía



- Sin tinta -

El límite siempre está por llegar.

Una margarita muere cuando es arrancada de la planta.

La deshojas y aparece un hermoso cadáver.

Desnudo.

¡Extraño tributo a la belleza!


- Borrones -

Cambio tras cambio.

Sin contraprestaciones.

El suspiro vacía mis pulmones

y mi tiempo se llena de esperas.

Interminable.

Busco con ansia una afirmación sin subordinadas.

Nada de condicionales.


Sé que amo.

Solté los tornillos de los portones

que permanecían firmemente cerrados.

Sólo para mí eran esas prohibiciones.

Encontré las herramientas

con las que debilitar a los profesionales.


Llamé a voces a mi sombra.

Ha resultado ser más fuerte que su propia dueña.

Permanece.

Al mirar hacia mis pies la encontré arrebujada entre mis zapatos.

Tuvo que ser ella la que, con un golpe seco,

cortase el nudo con el que el rey de Frigia

me sometía esclavizada a un carro del que yo quería escapar.


Sé que conozco.

Adopté como hijos naturales los nombres viejos de las cosas.

Mi vocabulario es reducido.

Por eso he de recurrir a los gestos pausados de mi alma.

Tengo una caligrafía casi perfecta.

De tanto repetir "mi mamá me mima, mi mamá me ama".


Soy recurrente.

Tropiezo contra los mismos obstáculos,

una y otra vez.



He comprado un par de lápices.




Addenda 9 de mayo, 10:55 h.
Acabo de hacer algunas modificaciones al poema: alguna que otra cacofonía y expresiones que le hacían perder fuerza. El original lo escribí hace tres años y ayer lo rescaté de Atramentum -a ver si consigo traerme poco a poco todo lo que allí me publicaron- y antes de mostrarlo aquí, también le di unos retoques. De ahí el escribir sin tinta y los borrones, :-)

Una casa a cuestas

[El traje está perdido.
Era gris y paseaba.
Una sombra sobre dos pasos.]

Reiterado el clip clap.

Suelo inerte que recibe el agua
sin que los charcos ahoguen
los débiles tobillos
del niño que nunca tocó el lomo de un caballo.

Tintinea la voz rota.

La caja de cartón cobija
sin miseria aparente
una fortuna acaudillada
por un bandolero que nunca robó palabras.

Claqué de madrugada.

Una cama inventa noches
sin el inhóspito
abandono del ladrido que habita
en este basurero que nunca fue cotidiano.

Tambores de hojalata.

[Amanece sin el aliento
del pedigüeño. Cuchillas para el día.]

Me miro en el espejo del café.
El azúcar corrompe la sobriedad de la mañana.
Es imposible vivir en blanco.
Ni tan siquiera el pan se resiste.
El trigo se deshace sobre una alfombra de bambú.

Un mapa se quedó abierto
encima de la mesa:
la ruta de los caracoles no sirvió para encontrarte.

Addenda 20:25

Esta mañana me acordé de este poema: el caracol con su casa a cuestas. Quieras o no quieras. O mejor dicho, queriendo, siempre queriendo. Ciertas negativas no caben cuando se trata de tu propia casa.

El traje anda solo. No ha habido variación. Su inquilino se escapó hace muchos años, quizás infinitos, al país de una mujer que ya no tenía nombre, aunque en algún tiempo lo tuvo. Alguien me dijo una vez que se hacía llamar Alicia.

El perdedor me ha tocado en el codo y al girarme he abandonado mi infancia. Sí. Desde hace una hora y media soy un cuarto de quilo más adulta.

No hay camas que inventen fábulas ni tambores de hojalata. Nunca los tuvo. Como mucho, sólo aprendió a lanzar la peonza de madera.

Esta tarde no había alfombra de bambú. Las migas han caido directamente al suelo, sin paliativos. El golpe me tiene perpleja.

Nos ha vencido la maraña de silencios y el peso de las palabras abortadas.

He guardado el mapa en el cajón. Ya no sirve tenerlo desplegado encima de la mesa. He encontrado las muletas al lado de la escoba. Mi abuela siempre me dijo aquello de que "hay que guardar para cuando no hay". Por eso las arrinconé. Hoy es el día en el que no queda. ¿De qué? De nada.

Los héroes nunca quisieron enseñarnos cómo se erguía la cabeza para fijar la vista en el rostro de los otros. Él anda hacia adentro y yo camino hacia el filo. Nunca supe de equilibrios. La debilidad me debilita. Ella se queda mirándose en su espejo de dolor-vestido. Los domingos se cambia de muda para lucir su vestido-dolor, que tiene más categoría. También confunde el norte con el sur: no sabe cómo llegar hasta esa caja de cartón que cobija las miserias y, aunque no sé da cuenta, su desnudo traspasa el caparazón de la casa a cuestas.

He heredado una fortuna



Soy rica.

Millonaria.

He heredado una fortuna.

No alcanzo con los dedos

a contar cuantos fallecidos

han ido poco a poco aumentando

mi capital en acciones mortuorias.

De pequeña no lo sabía.

No sabía que era eso.

Eso era la muerte.

Y no sabía

que las defunciones se celebraban

con cortejos negros y lamentos blancos.

El cielo está poblado

con mi saga familiar.

Añado a esos habitantes,

los amigos que,

por descuido,

quisieron ser transeúntes

y se durmieron entre nubes de algodón.

Cada año que pasa

son más los santos que no celebro.

Hay días que no quiero recordar

y los presiento antes de que me alcancen.

Me tratan de ingrata.

Me enseñan lápidas de granito

con nombres que no tienen pasaporte.

Una fecha no es historia.

Un guión entre dos cifras

no tiene dignidad.

Un registro de nacimientos

te da la vida.

Un registro de decesos

te dice que has de marcharte

porque tu sitio está ahora en un féretro

forrado de seda roja.

Los funerales ya están anotados en mi agenda.

Los programo con antelación.

Hay personas desconsideradas

que no te preguntan si su desaparición

puede causarte molestias.

Y se van.

Todas de golpe.

Por eso sé que los finales

están por venir

y que tendré que hacer un hueco

en mi diario deambular por avenidas,

para consagrar como rutina

el paseo semanal al cementerio.

Una pobre casa pobre



Cuatro paredes.
Vestidas de azul añil.
Amparándose entre ellas,
como los ancianos que se sujetan del brazo
para dar su paseo vespertino;
repitiendo caminos,
desgastando el aire.



Se sostienen,
piedra sobre piedra:
losa arrancada del valle
que fue mar no hace mucho.


Se mantienen,
enlucidas por el aljez rojo que,
brillante,
deja ver un desnudo indiscreto
cuando su piel va cayendo:
desconchados que son úlceras
por donde supura el ánimo
ya cansado de aguantar.


No se rinden.
Esas cuatro paredes,
que por dentro son más,
muchas más,
casi infinitas.


Dividen vidas y muertes
como en su momento multiplicaron
penas y restaron alegrías.
Cortinajes raidos,
descolgados,
ocultan los lechos
en los que aún descansan los sueños
que nunca fueron despertados.


El candil ya no tiene aceite.
La vela ya no tiene mecha.
La luz es menos luz entre esas cuatro paredes.
El día es menos día sin sombras
que maticen el brillo de las lágrimas.


No hay lámparas,
demasiado lujo para una casa tan pobre.



Para Kiri

El péndulo




El aire entra sin pedir permiso. Muerto. Como él.

Quiso decir adiós antes de hora.

Su sueño fue más elevado. Tierra. De barro.



Dime que tienes pan para tus mañanas.

Y café negro para tus tardes eternas.



El aire se escapa a conciencia. Vivo. Como él.

Quiso decir hola y le faltaron consonantes.

La realidad fue un sepulcro. Mar. Sin olas.



Dime que sabrás mirar por las ventanas.

Y que las copas se romperán sin venir a cuento.



El aire contamina. Vicioso. Como él.

Quiso pasar desapercibido. Por siempre.

La película es hoy a las diez y media. Luna. Al raso.



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Noche




Mis tobillos son cúmulos de arena.

Pedido el cielo para que me lo empaquetasen,

no llegaron nunca a servírmelo en bandeja.

El cactus sigue vivo.

Sin agua ni sospechas de una muerte cercana.

Arcángeles vinieron a decirme púdrete

porque es el único indicio de estar viva.

Remolino fue.

Es curva que se desvanece.

Simpleza con ropa de fiesta.

Madrugada hermética.



Parásito




El erial viene hacia mí.

Desnudo.

Puñal para el placer y una tierra yerma.

Es mucha riqueza

para un cajón vacío.


La inmediatez de la paciencia

oculta,

gime,

languidece

entre las losas de un acertijo.


Hablaré

porque tengo nombre y apellidos.

Te escupiré

porque en mi cartera guardo un billete de autobús.

Te negaré

porque me quedé en el vano de la puerta.

La espera







Sin demora.

Me dijiste.

Llegaré para abrazar tus labios.

Con los míos.

Ayer.

Hoy me traes un poquito de silencio

para que me acostumbre.

Mañana

regalarás el arpa

que nunca aprendiste a tocar.

Deprisa.

La vida se acerca a tu precipicio.

El solar quedó desierto

cuando los soldados gestaron la desidia.

Argos murió herido por el abandono.

Ella o yo,

¡qué más da!,

somos un reloj de arena húmeda en un atardecer.




De la serie Sin eternidad
S.B.

Inicio


Dos sillas y una mesa.

Tibias, como el sueño que cae sobre una tarde de junio.



El engaño

vino de tu cintura a la mía.





Mordaza y siega

por la pendiente de la madrugada.





Las doce sonarán

para romper tu mañana.

Y para mí

pedirán misericordia.



Al lado de la ventana


La muñeca está dormida.

La luz me mira. Y tú no hablas.

El rosario se ha quedado sin cuentas.



Ayer fue viernes.

Hoy es viernes.

Mañana será viernes.




Las hojas se enamoraron.

Hace ya siete horas y veinte minutos.

Contemplan la tierra. Ausentes.




Este año

no tengo calendario.


De puntillas

Mis pies.jpg















Queda una mano

alzada sobre la cabeza.

Abierta.


Llega la palabra con fecha de caducidad.

Está en las últimas.

Agotada.

Casi muerta.


Rescata un nombre.

Para jugar a las adivinanzas.

Con dardos

es fácil.

Si aciertas,

el grito te da la certeza.


Mira tus pies.

Esquivos.

Traidores.

Pisaron donde no debían

y no se arrepienten.


¿Cómo alcanzar

la altura de tu gesto

sin ponerme de puntillas?


Los dedos

no me sostienen.



Desequilibrio

Puede
que
escoja
esta
tarde
una
mirada
húmeda
para
abrigar
tus
sienes
con
un
ovillo
azul.


O no.


Puede
que
traiga
esta
noche
una
palabra
fronteriza
para
cerrar
tu
nuca
con
un
pestillo
blanco.


O no.


Loca.
Como Juana.



Frío

La luz es verde. A ratos.
Ahora sí.
Ahora no.
El cristal rompe el espacio.



Ceñí el cuerpo
de tu noche
al vapor de mi muñeca.



Perdón.
Dijiste.



Con frío atemporal
y café de por vida.
Ese fue el misterio escondido
en tu billetera.



Cambio la mesa de lugar.
Dejo el felpudo ante la puerta.



Necesito una bufanda.


Ahora

mano


Se ha roto la desidia. De poquito a poco.

El mar está en el horizonte. Seco.

Ataste una cuerda a mi cuello

esperando a que gritase por la falta de aire.

Pero lloré, solamente.

Igual que se respira a cada momento.

Sin ganas.



Puede alzarse la ola sin la fuerza del viento. Perdida.

Puede quebrarse mi espalda. Entre algodones.

Puede morir la muerte. Como siempre.

Puede naufragar la rabia. Ahora mismo.



Robaré una voz.

Para ahorcarme con razones.

Un suicidio nunca está bien visto.


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Vacío

vacío

Dos dedos

y dos días

se ataron

las manos

viciadas

de azul

para arrancar

los tallos

sin saber

de la sequía

ni conocer

que después

no habría

miel.

Un latido

y un olor

cosieron

margaritas

a mi espalda

para beber

del sudor

de una noche

sin saber

de la desdicha

ni conocer

que después

no habría

incienso.


La Nada

y yo

caminamos

ahora

sin distancias.

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Negro azabache

Humo

El humo me envuelve.

Definitivamente, fumo demasiado.

Me falta el aire y el gris de la ceniza es un paliativo gratificante.

Por todas partes voy dejando secuelas en forma de colillas.



Anoche escribí la historia de mi vida.

La que recuerdo.

Hay parte de ella que se evaporó al respirarla sin darme cuenta.

No tengo hijos.

Aunque mi niño me dé la mano todas las tardes a la puerta de la escuela.

Me contó un día que no le gustaba la lluvia.

Porque hacía ruído.

Porque las nuebes no se veían.

Sus seis años han restado veintinueve abriles a los míos.

Sabe que no es bueno matar.

Pero él mata jugando.

Y al momento, sus muñecos reviven porque poseen poderes especiales.



Ayer le dije que me prestase su imaginación.

No me entendió.

Me pidió que le subiera el volumen a la música.

Quise que cantásemos al unísono pero él sabe de inglés y no no.

Me guiñó un ojo cuando lo dejé en casa de su abuela.

Sé que me quiere.

Nos une el hecho de que yo soy la que le ata los cordones de los zapatos.

Y eso es importante.

Muy importante.



Si reviso cuántos lazos más me ligan a esta vida,

me doy cuanta de que tengo amnesia selectiva.

Imposible averiguar si es una seleción natural

o es un acto reflejo ante el dolor de mis pulmones.

Porque mi patología no se manifiesta en el corazón.

Se extiende más allá de la caja de resonancia

que hace eco sesenta veces por minuto.

Llega hasta mis brazos y no consigue ampararme.

Me rodea por la espalda y no me adormece a perpetuidad.

En cambio, me regala dosis de realidad sin ser merecedora de ellas.

Mi escala de colores se ha olvidado de cómo es el blanco.

Y lo que pinto con ella se modela a trazós de un negro azabache.

El color difuso y muerto por naturaleza.



Febrero-marzo 2002

Cuatro poemas -o cómo rasgar la conciencia del violento-



-El impás-

El lápiz captó cielos sombríos.

Sin novedad. La apariencia de la tranquilidad cruje.

Se instaló hace tiempo en el suelo encerado.



El color ató su mentira a una garganta.

Cotidiano. La simbiosis ya no es metáfora.

Escondió la cuna su colección de mariposas.



No hay retorno.



-Un día-

Quiebra el regazo

una ese insonora.


Existe.

Un pulso para el día 13.

Como si la noche alquilase vendavales.

Sopla.


Siega el trigo

la sed de la injusticia.


La casualidad es que sea martes.




-Cuatro certezas-


- I -
Escribiré arenas movedizas

-sé que el molino ahogará las aguas-.


- II -
Miraré el balcón al mediodía

-sé que el cristal estallará un segundo antes-.


- III -
Maldeciré la sospecha del verdugo

-sé que anudará la cuerda floja a mi destino-


- IV -
Vomitaré besos de Judas cada noche

-sé que el puñal se hundirá en mi epitafio-





-Amapolas-

El rojo acaba con todo.

Color muerto de muerte violenta.

De olvido forzado por un matiz diferente.

Surge el día sin más temblor que un frío café negro.

Es lo que queda en la despensa. Símbolos. Arroz de boda rota.

Un paso gime. Gris con gris uniformado. Querencia al aire, sin permiso.

Golpea la puerta, desvencijada, en el quicio de un rostro marginal. Se desvanece.



Dogville

ventana collage.jpg













La ciudad de los perros se llena de cartones

para recibir al Mesías que empaqueta la moral con lazos de domingo.

Se mira en el cristal

y se sonríe al contemplar la tez de un fariseo cualquiera.

Esas cosas pasan

cada día y cada noche,

cada atardecer y cada madrugada.

El plástico acaba pudriéndose.

Sin necesidad de recibir insultos como premio.

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