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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Palabras sueltas.
 . Hacia adelante
Miro a través de la puerta entreabierta. Y me sorprendo. No podría ser de otra manera. Que no pronuncie tu voz que no hay remedio. El aire llega sin pedir permiso. Ya no lo necesita. Dime que tienes pan para tus mañanas. [Tengo pan para mis mañanas] Dime que desearás mirar a través de la ventana. [Desearé mirar a través de la ventana] Dime que llevarás tu casa a cuestas. [Llevaré mi casa a cuestas.] Porque es lo único que tienes. [No. Porque es lo único que soy.] .  . El duelo
El Norte me queda lejos. Lo perdí junto con el pálpito que me adelantaba tu sonrisa. El Sur se quebró anteayer. Con música de fondo y una oscura letanía acomodada en mis entrañas. [Tintinea la voz rota. El ladrón de palabras se llevó mis crucigramas.] El Este amanece nublado y el Oeste se despide dejándome en este basurero que ya me es cotidiano. [Era gris y paseaba. Una sombra sobre dos pasos.] Sigo siendo el niño que nuca tocó el lomo de un caballo. .
 . La constatación
Me miro en el espejo del café. El azúcar corrompe la sobriedad de la mañana. Es imposible vivir en blanco. Ni tan siquiera el pan se resiste. El trigo se deshace sobre una alfombra de bambú. Un mapa se quedó abierto encima de la mesa. La ruta de los caracoles no sirvió para encontrarte. .  . Vuelvo a empezar.
Al ritmo de las tortugas. Un paso al lado del otro. En paralelo. Tal vez te regale un trozo de consciencia.
[Puede ser] Tal vez me vaya de tu vida. [Puede ser] Tal vez me esconda de la mía. [Puede ser] Tal vez te mire y me arrepienta. [Puede ser] Tal vez anude mis temores. [Puede ser] Tal vez te gane la partida. [Puede ser] Caminaré por la única curva
que existe en mi nombre. Mayúscula infinita. Permaneceré. Quieta. Unida a la raíz del árbol de mis días. Sujeta mi cintura a mi cintura. .  . . Mi voz se contiene. Como pocas veces antes ocurrió. Hablé hace tres semanas, dos días y catorece horas.
Creía, creo, creeré. Profeso una fe absoluta. En la palabra. El sentimiento me llega roto. Y jamás pensé que una querencia pudiera replegarse para jugar al escondite. Deslizo mis dedos por encima de un papel azul. Contenía las frases justas. La dicha era pequeña. No necesitaba de grandezas ni de trompetas de Jericó. Aquella carta guarda hoy vocales que ya no suenan, consonantes cadavéricas camino del único cementerio que no arroja tierra para enterrar a sus muertos. El Olvido alberga las tumbas de las promesas fingidas y da cobijo a una recurrente melancolía, que encontró su rumbo cuando los amigos, después de contemplar el horizonte, no supieron pintarlo con colores semejantes. La Tierra espera. Aunque yo no sepa cómo contarle. Y después me escribe con las letras de mi viejo cuaderno de caligrafía. Busca consuelo. Sabe que, con cada fruto que le arrancan, el final está más cerca. Creía. Creo. Creeré. Mientras el trigo crezca y el sol lo ilumine, la fe, mi fe, llenará las palabras de significados y arrinconará la lejanía más allá del recuerdo que me desdibuja. Sujeto con fuerza, con los puños pretos, las quimeras mojadas por la lluvia. Es la vida, mi vida. 
En el suelo. Como una hoja. Muriendo. Casi muerta. Dos segundos más tarde, muerta ya. Hoy hubiera querido. Desear dicha y fortuna.
A quién se olvidó de mi nombre. Lo hubiera querido. Pero sé que no lo quiero. No existe el amor incondicional. Y tampoco el rencor de por vida.
El engaño se disuelve. Tú me ves borrosa. Yo no alcanzo a verte.
La única verdad que me sosiega es saber que mentirme me hace sonreir cada mañana. 
[Prólogo] Miro. Por ti. Por mí. Escucho. Por ti. Por mí. Tiemblo. Por ti. Por mí. Callo. Por ti. Por mí. […] Rojo. Con negro, mucho negro. El horror siempre es oscuro. [Epílogo] Huyo. Por mí. Lloro. Por ti. La muerte es lo único que poseo. La quiero conmigo. Para atesorarla. Vivo. Por mí. Sólo por mí. . 
Te llevaré de la mano hasta la esquina en la que pueda doblar mi vida en dos, en tres, en cuatro partes si hace falta. Podrás contemplar cómo son mis sueños después de desnudarlos y sabrás que las tardes venideras traerán un cálido sosiego. Te aseguro que si para entonces conservas tu mirada ingenua, llamarás a la Utopía por su nombre de pila, como si la conocieras desde el mismo momento en que naciste. .

Pude hablar hasta llenar el mar de tu silencio con vocales distraídas y consonantes sonoras. Pude rezar hasta fijar en tu gesto la dicha olvidada con tres rayos de luz y un ramillete de azahar. Pude hacerlo. Pero no quise. El sopor se hizo amigo de mis pasos y ya no supe caminar a tiempo. Desde entonces dormito bajo un cielo de tormenta. Y temo escuchar una palabra. Una sola. La Única. . .  . . Ayer me preguntaste por las palabras que nunca quise decirte. Que nunca te diré.
Hoy sabes que mis brazos no son capaces de soportar tu tristeza. Mañana llegaré de madrugada y contemplaré, una vez más, tu sueño inquieto. Nunca hubiera imaginado que perder el amor entre las sábanas doliese tanto. Afilado y punzante, el tiempo ha sido mi asesino. .
El vicio de vivir sale muy caro. Se siente y se olvida. Se llora y se llora. Se ríe una vez cada cien años. Por eso muchos no ríen nunca. No les da tiempo. Viven noventa y nueve y cuando van a cumplir el siglo, Se les queda congelada la sonrisa.
 .
Hoy es domingo. Y mañana será, cómo no, domingo. Sin horas para llorar a escondidas, porque durante la víspera del lunes la vida se respira a través de pupilas ajenas. La noche acalla las preguntas. Es malo saber que el lamento puede despertar a los vecinos. Un escaparate es el lugar perfecto para reconocerse muerto. . . La imagen se corresponde con un fotograma de la película "M, el vampiro de Düsseldorf", de Fritz Lang
Como las peonzas. Átame las manos para que mi torpeza sea menos evidente. Giraré y giraré y giraré. Buscando el sol. El viento de levante escenifica su primera versión del abandono. No queda arcilla para modelar. Cae la luz sin grandes pretensiones.
. . . Datos de la imagen: Vacío (Serie Contrastes) por Ana Matey Marañón
___________________________________________Agradeceré mi silencio. Lo sé porque es algo que necesito: hablar por hablar cansa. Y hablar sin tener algo importante que decir, además de provocar agotamiento, genera numerosas dosis de estupidez y en mi bolso ya no caben más adjetivos inservibles. Nunca llevo reloj. Algo he aprendido con los años. Hasta más leer, :-D . . En lo alto, -si cabe una existencia más alta, más inmensa que la sujeta a un calendario mudo, sin refranes ni santoral católico- Melquíades rehusó saberse muerto. El instante de los agostos morenos
se quedó prendido en el bolsillo interior de su chaqueta. El calor de la era
se conservó en una esquina porque supo agachar la cabeza y negar la evidencia de un invierno. Sin agua,
sin arroz y sin palabras. Las horas se vendieron, a partir de aquel consciente abandono, porque el tiempo sí que pasa factura. La razón la tienen siempre los que aprietan la cuerda a la garganta. La dignidad
lo acusó de cobarde y él, como respuesta, volvió a subir la montaña. En lo alto, Melquíades rehusó saberse muerto. . .

Desde el rincón.
Zapatos y una peonza. En el espejo.
Dos veces gris.
Vieja.
Como el pulso que sujeta el hilo. Enhebrar la aguja
y coser un botón.
Ahora.
Dentro de un año la hoja será caduca. El estante acumulará
polvo y finales infelices.
Miedo.

. . Nada es nuevo. Tu aliento es circular, como tu odio. Comenzará mañana, cuando el mantel de nuestra mesa enoje tu mutismo. Ellos están.
Simplemente. De espaldas a mi vida y huyendo de tu muerte. Pero están. Como tumulto. Porque no saben señalar con el dedo. Ofrecer seda roja con olor a ébano es vender primorosamente el puñetazo en el estómago. Cenaré contigo dentro de unas horas.
Yo tampoco supe levantarme de la silla a tiempo. Por la ventana mirarán tu furia esos que hace un rato fueron tumulto. Después de vernos serán multitud, testigos todos de una revolución perdida. Nada es nuevo.
Cansancio y miedo.
Ad infinitum.
. . 
Hubiese preferido enmudecer.
Porque siempre callo mejor que hablo. Y, sin embargo, te regalé una docena de palabras y dos silencios para que pudieses entenderme. Las manzanas todavía están verdes.
Aunque el tiempo diga que murieron anteayer. ¿No sabes que mi reloj sólo marca las horas cuando la campana de la iglesia llama a los fieles a rezar? El cajón de la cómoda
nunca se cerrará como Dios manda. Está vacío. Probé a plegar los espacios, como se hace con los manteles de hilo. Líneas perfectas con olor a membrillo. No hay más huecos que llenar. Tu espalda permanecerá de espaldas a la estancia. Hubiese preferido caminar.
Porque siempre ando mejor que sueño. Y, sin embargo, me imaginé calzada con los zapatos de Dorothy y di por hecho que el rojo era el color perfecto. Dos mentiras llevo en mis bolsillos:
una, la que construimos juntos creyéndonos maestros carpinteros. La otra, la que tejí cada madrugada pensando que el camino de baldosas amarillas te traería hasta mí. Creí que algún día aprendería a contar.
Hoy sé que restar es mucho más fácil que sumar.
La imagen que ilustra la entrada es un cuadro de Martiniano Scieppaquercia y se titula "Sobre el mueble".
. . 
Hoy perdí mi vida en el adoquín número veinte de la calle Los Claveles. Me dio tiempo a contar los pasos y sé que el aire se me escapó en el que hacía diecinueve.
Caí de frente, sin ánimo de hundirme en la miseria.
[Plas, plas, plas] Doblé mi espalda, con la intención de esconderme en un azar pasajero.
[Plas, plas, plas]
Sé que un cráneo solo, abandonado, no es un buen regalo para una enamorada. Por eso la ausencia se ha hecho traje de diario y ahora limpio alcantarillas.
Mañana seré cadáver. Aunque te mire y me sonrías. Aunque te hable y me contestes. Aunque te bese y tú me correspondas.
[Mi vida necesitaba aplausos y sólo muriéndome de forma fortuita, alguien ha sido capaz de celebrar mi desventura.]
La imagen se corresponde a un cuadro titulado "Shabbey Road" de Alexander Millar
 Vuelve la miseria.
Abrazada a los tobillos de tu sonrisa.
Sin lamentos.
Porque el duelo marca las pautas de los niños que llorarán cuando caiga la noche.
Tiembla.
Y no hables.
Porque tus palabras golpearán la dicha del hombre que reposa en su lecho.
No es verdad que existan los milagros.
El pan y los peces acabaron pudriéndose.
Créeme.
La foto se titula "Miro al futuro y me hace llorar" (Mujeres en el Bazar) de Luc Vandervelde
Sólo me queda voz para hablarte durante tres minutos y doce segundos. El nudo se desató. Y las palabras engarzadas se escaparon calle abajo. Buscando un río de sonidos nuevos. Para lavar su rabia. Es lo que hacen siempre los fonemas cuando los hombres juegan a insultarse. Divertimento obsceno. Sé que me querré más
si no vuelvo a pagar tu precio por contarte qué aceite me hizo resbalar esta vez por el tobogán de mi desidia. Tardaré setenta y cinco latidos
en echarle el cerrojo a mi vocabulario de domingo. Y cinco más en sepultar el de diario. He puesto mi cruz en tu garganta. Para siempre.
No puedo esperarte. Lo intenté. La acera se marchó y me quedé desnuda de caminos. Vestida con futuros que no sabían de las agujas locas de mi reloj nocturno. Lo intenté. De veras. Con las mentiras no juego. Las adorno y las cuelgo en el cabezal de mi cama. Para que tu ángel y mi demonio sean amantes mientras nosotros nos convertimos en esquinas de una ciudad decimonónica.* *Hay días en los que una agradece los desencuentros. Y otros, como hoy, en los que un encuentro, de sopetón, inesperado, te deja leyendo la pantalla, asombrada y contenta. A fin de cuentas, acabaré creyendo que sí que exite la magia. Aunque venga de la mano de un anatémico internauta.  Alguna vez. En el agosto tardío. Una tierra árida. En la retina del fotógrafo ambulante. Un solo día. Un calcetín remendado. La camisa ultrajada por el viento. Un río oculto. Pesan las albardas. La bestia no conoce otro rumbo. Las tardes de tormenta albergan temores ancestrales. El calor humea en las cuadras. Contra todo pronóstico. El ajuar nunca llegó a estrenarse. El camisón de lorzas amarilleó. La ausencia fue solemne aún antes de existir. Hasta las lágrimas no estaban. Perdieron el tren del futuro. Un desafío demasiado extravagante. El pozo se quedó sin agua. Rompiendo la tregua, sin cortar las ataduras. Llevan décadas recluidos. En epitafios de viuda ennegrecida. En cartas con renglones de a doce la cuartilla. En pensamientos de hermanos exiliados. En una imagen de duro gris y blanco. Los ausentes me miraron ayer sin conocerme. Sintieron cuando yo no era. Todos marcharon menos uno. No tardará tampoco en ser pasado. Para mí fueron presente. [ Escribí este poema en enero de 2002, mirando la foto que encabeza la entrada, de un tirón. En apenas diez minutos. Lo publiqué -si a darlo a conocer a través de internet se le puede llamar así- en el foro Pregúntale a Satán; un lugar escondido y cómodo con un nombre bastante ajeno a lo que allí se podía leer. Me abordó la melancolía, sin avisar, y la dejé escapar como mejor supe. No he modificado nada -salvo un verso que he eliminado-, a pesar de que ahora suprimiría muchas cosas.
Lo de siempre: la vergüenza, el pudor, y esa idea cada vez más presente de que es necesario aceptar que la genialidad es cosa de otros; sobre todo, de esos otros que se empeñan en machacarnos al resto recordándonos que somos mediocres, como si con ello nos estuvieran condenando al infierno. Seguramente, si supiesen que para mí, salvo raras excepciones, el ser mediocre no es una lacra, creo que mi vida sería un poco más sencilla] cayendo a trozos desde el panel oscuro.Una pizarra negra para blanquear su lisa superficie; para hacer líneas rectas con forma de redondel; para dibujar una voz ya olvidada y dejar que se vuelva a olvidar, desmadejada, cayendo a trozos desde el panel oscuro. Eso pido. No es pedir mucho. Soy humilde en anhelos. Umilde sin hache. Hasta para eso hay que saber perder. Si nos roban las consonantes aspiradas no hay que lamentarse. Nos están haciendo un favor. Ahorrando hasta los quejidos. Es la única forma de almacenar el aire que se escapa de este alfabeto insonoro. Lo malo de pedir es que nunca te dan. Nadie quiere darme. El boticario me ha dicho que sin receta médica no puede otorgarme el título de enferma de primera. Y yo necesito el diploma para que la enfermera de primera me dé tintura de yodo en estas cicatrices mal cosidas sin que me recrimine mi hipocondría. La pedigüeña que se coloca en la puerta del súper me ha dicho que me vende su delantal con lamparones para que mi nueva circunstancia de mendiga terminal resulte más convincente. Me preocupa que la única hache que me dejen conservar sea la de humillada. Por si acaso, a partir de hoy, escribiré con faltas de ortografía. Umillada.  Miro a través de la puerta entreabierta. Y me sorprendo. No podría ser de otra manera. La niña que olvidé duerme sobre un sarmiento. Roca. Que no me diga tu voz que no hay remedio. Ese canto se quedará mudo para romper la angustia de Teseo. Una vez probé a perderme por un bosque ciego. Inútil. Los pinos daban sombra a mi sombra. Muerta ya. ¿Qué puedo reclamar? Sed de malicia. Perversión. Haberes tengo en el bolsillo de mi babero escolar. Azul desvaído. No existe otro color para seis años tristes. Aquí ya no ha sorpresas. La puerta es ahora cerrojo enmohecido. Lanzo el boomerang y todo sigue en su sitio. - I -
Lo único que pretendo con este anuncio en la sección de contactos es que tú atiendas mi llamada. Nada más sencillo.
Quiero salir de viaje pero no consigo encontrar la bolsa en la que amontonar la ropa interior, los vaqueros y mi colección de calcetines remendados.
Sé que la escondiste en algún rincón de la casa y sé que esta casa, por desgracia, todavía tiene demasiadas esquinas por las que no me he atrevido a pasar, desde aquella aciaga tarde en la que decidiste mudar tus quereres de residencia nocturna.
Me gusta jugar -lo sabes-. Me gusta reír -también lo sabes-. Me gusta disfrazarme -eso creo que no lo sabes-. Me gustaba emborracharme -ahora ya no encuentro un alambique a mi medida-, beber lentamente de las copas que dejábamos olvidadas a lo largo del día en nuestro ir y venir constante.
Ayer me di cuenta de que tengo toda la cristalería repartida en Dios sabe dónde. En la alacena de la cocina no hay una sola copa. No he limpiado todavía. Me da pereza, tengo el alma en paro y mi currículum ya está desfasado. ¿Será por eso que no consigo dar con una simple bolsa de cuadros escoceses?
- II -
He tenido el valor suficiente para pasar la aspiradora, y llevarme con ella los requiebros que un día metí debajo del sillón para darte una sorpresa.
Sigo sin diplomarme en el curso "Sea valiente por un día". Conseguí leer el manual, -que ya es mucho- pero he sido incapaz de superar los heroicos obstáculos que se incluyen en el vídeo de aprendizaje para mi completo adiestramiento.
- III -
Te pido, como último favor, -si es que alguna vez me hiciste un favor-, que contestes a este anuncio y me digas en qué lugar escondiste mi maleta, aquel día en el que, imbuido de un espíritu casi divino, decidiste inspeccionar si sus hechuras eran las correctas para resistir un viaje de más de tres días, y te encontraste con que yo atesoraba, en su interior, ordenados por riguroso orden alfabético, un almacén de defectos con los que podía proveer a todo un regimiento de ángeles, llegado el caso de que éstos hubiesen necesitado ser discretamente normales alguna vez.
Es casi una súplica. No sabría vivir siendo perfecta. Te ruego encarecidamente que seas honesto conmigo y que dejes de jugar al "Tú la llevas". Evítame, por lo menos, el tener que reponer por tercera vez el botiquín del cuarto de baño: anoche ya no me quedaban tiritas, ni algodón, ni tintura de yodo. Las gasas estériles están a punto de acabarse, pero ésas son para grandes males y si tú te decides a desvelarme la ruta de El Dorado, creo que podré subsistir sin tener que explicarle al boticario que soy demasiado patosa en esto de aprender a vivir: una tiene su corazoncito y con lo tímida que soy, me avergüenza sobremanera inventar excusas para disimular los moratones del alma.  Cuenta hasta siete. El diez está muy lejos todavía. ¿Por qué morir? ¿No te sirve la vida como experimento? Llámalo por su nombre de pila y cuando gire su torso para verte, dile que la fe se escapó de entre tus manos. Ayer, por la noche. Cuando encontraste tu casa pintada de ausencias. Uno. Tres, cinco y siete. Llegaste. Lee tu rostro con el pulso extremado del dolor. La piel respira. De nuevo. Debajo de tu vestido amapola. Aún falta mucho. Fui al río a mirar las aguas
y a trenzar los juncos.
El ímpetu de la corriente
se llevo consigo el ingenuo gesto
de la fuerza virgen.
Fui al río a mirar las aguas
y a trenzar los juncos.-E p í l o g o- El caracol llega, poco a poco. Tú te marchas a media tarde, rápido. Él deja rastros. Tú te llevas las migas. Los barcos parten. Las velas se ajan. Las mentiras se cincelan. No volveré a ser Ariadna. El cuadro es de Carmen Medina
Duermo.
No sé soñar.
Y duermo.
Recostado en la palabra
que ayer no pronuncié.
Duermo.
No sé caminar.
Y duermo.
Apoyado en la caricia
que ayer se quedó en mi regazo.
Duermo.
No sé mirar.
Y duermo.
Contenido en el pincel
que ayer se quebró sin remedio.
[Tres con tres.
Me toman por un brazo.
Me llevan.
Sólo porque un día imaginé.]
 Se me cayó un fonema. Hace media hora que lo busco. ¡Ilusa! Creí que lo hallaría agazapado entre las rendijas de la persiana. Viene el aire a dar las buenas noches. Se va la certeza de que los días no mueren. Descubro en el escritorio una voz que no conozco. Me recuerda que no es decente defender a un perdedor. Callada y callada y callada. Sin molestar, por si acaso. Colgado el cartel de "silencio, por favor". Perdí la oportunidad de apoyarme en un recodo de mi nuca. Sólo queda dormir en el jergón. Mis labios enmudeciron hace ya una semana. Por méritos propios.  La pared es cárcel. El pasillo inacabado se aletarga en los días de calor asfixiante. Como él. Que murmura. Tres golpes sobre la imitación de seda. Dos miradas de rojo que salpica. Una palabra bajo el llanto del cuchillo. Como ella. Que enmudece. La evidencia no viste hilos de oro. Hay un paraguas marrón apoyado en el cristal.
Y un cartel que dice que no vuelves hoy.
Llueve.
Sin piedad.
Con rabia.
La recta busca un ángulo obtuso.
Quiere coserse a sí misma
y un plano la convierte en un nombre estúpido
que nunca tendrá un paralelo.
Llueve.
Con piedad.
Sin rabia.
Hay una chaqueta azul encima de la mesa.
Y un sobre abierto que sólo contiene desamor.
Addenda 12 de mayo, 14:44 He retirado la fotografía con la que encabezaba esta entrada porque en este caso, en la página de procedencia, sí que se especifica que es necesario el consentimiento previo del autor para poder emplearla. - Sin tinta -El límite siempre está por llegar. Una margarita muere cuando es arrancada de la planta. La deshojas y aparece un hermoso cadáver. Desnudo. ¡Extraño tributo a la belleza! - Borrones -Cambio tras cambio. Sin contraprestaciones. El suspiro vacía mis pulmones y mi tiempo se llena de esperas. Interminable. Busco con ansia una afirmación sin subordinadas. Nada de condicionales. Sé que amo. Solté los tornillos de los portones que permanecían firmemente cerrados. Sólo para mí eran esas prohibiciones. Encontré las herramientas con las que debilitar a los profesionales. Llamé a voces a mi sombra. Ha resultado ser más fuerte que su propia dueña. Permanece. Al mirar hacia mis pies la encontré arrebujada entre mis zapatos. Tuvo que ser ella la que, con un golpe seco, cortase el nudo con el que el rey de Frigia me sometía esclavizada a un carro del que yo quería escapar. Sé que conozco. Adopté como hijos naturales los nombres viejos de las cosas. Mi vocabulario es reducido. Por eso he de recurrir a los gestos pausados de mi alma. Tengo una caligrafía casi perfecta. De tanto repetir "mi mamá me mima, mi mamá me ama". Soy recurrente. Tropiezo contra los mismos obstáculos, una y otra vez. He comprado un par de lápices. Addenda 9 de mayo, 10:55 h.Acabo de hacer algunas modificaciones al poema: alguna que otra cacofonía y expresiones que le hacían perder fuerza. El original lo escribí hace tres años y ayer lo rescaté de Atramentum -a ver si consigo traerme poco a poco todo lo que allí me publicaron- y antes de mostrarlo aquí, también le di unos retoques. De ahí el escribir sin tinta y los borrones, :-)  [El traje está perdido. Era gris y paseaba. Una sombra sobre dos pasos.]Reiterado el clip clap. Suelo inerte que recibe el agua sin que los charcos ahoguen los débiles tobillos del niño que nunca tocó el lomo de un caballo. Tintinea la voz rota. La caja de cartón cobija sin miseria aparente una fortuna acaudillada por un bandolero que nunca robó palabras. Claqué de madrugada. Una cama inventa noches sin el inhóspito abandono del ladrido que habita en este basurero que nunca fue cotidiano. Tambores de hojalata. [Amanece sin el aliento del pedigüeño. Cuchillas para el día.]Me miro en el espejo del café. El azúcar corrompe la sobriedad de la mañana. Es imposible vivir en blanco. Ni tan siquiera el pan se resiste. El trigo se deshace sobre una alfombra de bambú. Un mapa se quedó abierto encima de la mesa: la ruta de los caracoles no sirvió para encontrarte. Addenda 20:25 Esta mañana me acordé de este poema: el caracol con su casa a cuestas. Quieras o no quieras. O mejor dicho, queriendo, siempre queriendo. Ciertas negativas no caben cuando se trata de tu propia casa. El traje anda solo. No ha habido variación. Su inquilino se escapó hace muchos años, quizás infinitos, al país de una mujer que ya no tenía nombre, aunque en algún tiempo lo tuvo. Alguien me dijo una vez que se hacía llamar Alicia. El perdedor me ha tocado en el codo y al girarme he abandonado mi infancia. Sí. Desde hace una hora y media soy un cuarto de quilo más adulta. No hay camas que inventen fábulas ni tambores de hojalata. Nunca los tuvo. Como mucho, sólo aprendió a lanzar la peonza de madera. Esta tarde no había alfombra de bambú. Las migas han caido directamente al suelo, sin paliativos. El golpe me tiene perpleja. Nos ha vencido la maraña de silencios y el peso de las palabras abortadas. He guardado el mapa en el cajón. Ya no sirve tenerlo desplegado encima de la mesa. He encontrado las muletas al lado de la escoba. Mi abuela siempre me dijo aquello de que "hay que guardar para cuando no hay". Por eso las arrinconé. Hoy es el día en el que no queda. ¿De qué? De nada. Los héroes nunca quisieron enseñarnos cómo se erguía la cabeza para fijar la vista en el rostro de los otros. Él anda hacia adentro y yo camino hacia el filo. Nunca supe de equilibrios. La debilidad me debilita. Ella se queda mirándose en su espejo de dolor-vestido. Los domingos se cambia de muda para lucir su vestido-dolor, que tiene más categoría. También confunde el norte con el sur: no sabe cómo llegar hasta esa caja de cartón que cobija las miserias y, aunque no sé da cuenta, su desnudo traspasa el caparazón de la casa a cuestas.  Soy rica. Millonaria. He heredado una fortuna. No alcanzo con los dedos a contar cuantos fallecidos han ido poco a poco aumentando mi capital en acciones mortuorias. De pequeña no lo sabía. No sabía que era eso. Eso era la muerte. Y no sabía que las defunciones se celebraban con cortejos negros y lamentos blancos. El cielo está poblado con mi saga familiar. Añado a esos habitantes, los amigos que, por descuido, quisieron ser transeúntes y se durmieron entre nubes de algodón. Cada año que pasa son más los santos que no celebro. Hay días que no quiero recordar y los presiento antes de que me alcancen. Me tratan de ingrata. Me enseñan lápidas de granito con nombres que no tienen pasaporte. Una fecha no es historia. Un guión entre dos cifras no tiene dignidad. Un registro de nacimientos te da la vida. Un registro de decesos te dice que has de marcharte porque tu sitio está ahora en un féretro forrado de seda roja. Los funerales ya están anotados en mi agenda. Los programo con antelación. Hay personas desconsideradas que no te preguntan si su desaparición puede causarte molestias. Y se van. Todas de golpe. Por eso sé que los finales están por venir y que tendré que hacer un hueco en mi diario deambular por avenidas, para consagrar como rutina el paseo semanal al cementerio.  Cuatro paredes. Vestidas de azul añil. Amparándose entre ellas, como los ancianos que se sujetan del brazo para dar su paseo vespertino; repitiendo caminos, desgastando el aire. Se sostienen, piedra sobre piedra: losa arrancada del valle que fue mar no hace mucho. Se mantienen, enlucidas por el aljez rojo que, brillante, deja ver un desnudo indiscreto cuando su piel va cayendo: desconchados que son úlceras por donde supura el ánimo ya cansado de aguantar. No se rinden. Esas cuatro paredes, que por dentro son más, muchas más, casi infinitas. Dividen vidas y muertes como en su momento multiplicaron penas y restaron alegrías. Cortinajes raidos, descolgados, ocultan los lechos en los que aún descansan los sueños que nunca fueron despertados. El candil ya no tiene aceite. La vela ya no tiene mecha. La luz es menos luz entre esas cuatro paredes. El día es menos día sin sombras que maticen el brillo de las lágrimas. No hay lámparas, demasiado lujo para una casa tan pobre. Para Kiri El aire entra sin pedir permiso. Muerto. Como él. Quiso decir adiós antes de hora. Su sueño fue más elevado. Tierra. De barro. Dime que tienes pan para tus mañanas. Y café negro para tus tardes eternas. El aire se escapa a conciencia. Vivo. Como él. Quiso decir hola y le faltaron consonantes. La realidad fue un sepulcro. Mar. Sin olas. Dime que sabrás mirar por las ventanas. Y que las copas se romperán sin venir a cuento. El aire contamina. Vicioso. Como él. Quiso pasar desapercibido. Por siempre. La película es hoy a las diez y media. Luna. Al raso.  Mis tobillos son cúmulos de arena. Pedido el cielo para que me lo empaquetasen, no llegaron nunca a servírmelo en bandeja. El cactus sigue vivo. Sin agua ni sospechas de una muerte cercana. Arcángeles vinieron a decirme púdrete porque es el único indicio de estar viva. Remolino fue. Es curva que se desvanece. Simpleza con ropa de fiesta. Madrugada hermética.  El erial viene hacia mí. Desnudo. Puñal para el placer y una tierra yerma. Es mucha riqueza para un cajón vacío. La inmediatez de la paciencia oculta, gime, languidece entre las losas de un acertijo. Hablaré porque tengo nombre y apellidos. Te escupiré porque en mi cartera guardo un billete de autobús. Te negaré porque me quedé en el vano de la puerta.  Sin demora. Me dijiste. Llegaré para abrazar tus labios. Con los míos. Ayer. Hoy me traes un poquito de silencio para que me acostumbre. Mañana regalarás el arpa que nunca aprendiste a tocar. Deprisa. La vida se acerca a tu precipicio. El solar quedó desierto cuando los soldados gestaron la desidia. Argos murió herido por el abandono. Ella o yo, ¡qué más da!, somos un reloj de arena húmeda en un atardecer. De la serie Sin eternidadS.B. Dos sillas y una mesa.
Tibias, como el sueño que cae sobre una tarde de junio.
El engaño
vino de tu cintura a la mía.
Mordaza y siega
por la pendiente de la madrugada.
Las doce sonarán
para romper tu mañana.
Y para mí
pedirán misericordia.
La muñeca está dormida.
La luz me mira. Y tú no hablas.
El rosario se ha quedado sin cuentas.
Ayer fue viernes.
Hoy es viernes.
Mañana será viernes.
Las hojas se enamoraron.
Hace ya siete horas y veinte minutos.
Contemplan la tierra. Ausentes.
Este año
no tengo calendario.
 Queda una mano alzada sobre la cabeza. Abierta. Llega la palabra con fecha de caducidad. Está en las últimas. Agotada. Casi muerta. Rescata un nombre. Para jugar a las adivinanzas. Con dardos es fácil. Si aciertas, el grito te da la certeza. Mira tus pies. Esquivos. Traidores. Pisaron donde no debían y no se arrepienten. ¿Cómo alcanzar la altura de tu gesto sin ponerme de puntillas? Los dedos no me sostienen. Puede que escoja esta tarde una mirada húmeda para abrigar tus sienes con un ovillo azul.
O no.
Puede que traiga esta noche una palabra fronteriza para cerrar tu nuca con un pestillo blanco.
O no.
Loca. Como Juana.
La luz es verde. A ratos. Ahora sí. Ahora no. El cristal rompe el espacio. Ceñí el cuerpo de tu noche al vapor de mi muñeca. Perdón. Dijiste. Con frío atemporal y café de por vida. Ese fue el misterio escondido en tu billetera. Cambio la mesa de lugar. Dejo el felpudo ante la puerta. Necesito una bufanda.  Se ha roto la desidia. De poquito a poco. El mar está en el horizonte. Seco. Ataste una cuerda a mi cuello esperando a que gritase por la falta de aire. Pero lloré, solamente. Igual que se respira a cada momento. Sin ganas. Puede alzarse la ola sin la fuerza del viento. Perdida. Puede quebrarse mi espalda. Entre algodones. Puede morir la muerte. Como siempre. Puede naufragar la rabia. Ahora mismo. Robaré una voz. Para ahorcarme con razones. Un suicidio nunca está bien visto.  Dos dedos y dos días se ataron las manos viciadas de azul para arrancar los tallos sin saber de la sequía ni conocer que después no habría miel. Un latido y un olor cosieron margaritas a mi espalda para beber del sudor de una noche sin saber de la desdicha ni conocer que después no habría incienso. La Nada y yo caminamos ahora sin distancias.  El humo me envuelve. Definitivamente, fumo demasiado. Me falta el aire y el gris de la ceniza es un paliativo gratificante. Por todas partes voy dejando secuelas en forma de colillas. Anoche escribí la historia de mi vida. La que recuerdo. Hay parte de ella que se evaporó al respirarla sin darme cuenta. No tengo hijos. Aunque mi niño me dé la mano todas las tardes a la puerta de la escuela. Me contó un día que no le gustaba la lluvia. Porque hacía ruído. Porque las nuebes no se veían. Sus seis años han restado veintinueve abriles a los míos. Sabe que no es bueno matar. Pero él mata jugando. Y al momento, sus muñecos reviven porque poseen poderes especiales. Ayer le dije que me prestase su imaginación. No me entendió. Me pidió que le subiera el volumen a la música. Quise que cantásemos al unísono pero él sabe de inglés y no no. Me guiñó un ojo cuando lo dejé en casa de su abuela. Sé que me quiere. Nos une el hecho de que yo soy la que le ata los cordones de los zapatos. Y eso es importante. Muy importante. Si reviso cuántos lazos más me ligan a esta vida, me doy cuanta de que tengo amnesia selectiva. Imposible averiguar si es una seleción natural o es un acto reflejo ante el dolor de mis pulmones. Porque mi patología no se manifiesta en el corazón. Se extiende más allá de la caja de resonancia que hace eco sesenta veces por minuto. Llega hasta mis brazos y no consigue ampararme. Me rodea por la espalda y no me adormece a perpetuidad. En cambio, me regala dosis de realidad sin ser merecedora de ellas. Mi escala de colores se ha olvidado de cómo es el blanco. Y lo que pinto con ella se modela a trazós de un negro azabache. El color difuso y muerto por naturaleza. Febrero-marzo 2002
-El impás-
El lápiz captó cielos sombríos.
Sin novedad. La apariencia de la tranquilidad cruje.
Se instaló hace tiempo en el suelo encerado.
El color ató su mentira a una garganta.
Cotidiano. La simbiosis ya no es metáfora.
Escondió la cuna su colección de mariposas.
No hay retorno.
-Un día-
Quiebra el regazo
una ese insonora.
Existe.
Un pulso para el día 13.
Como si la noche alquilase vendavales.
Sopla.
Siega el trigo
la sed de la injusticia.
La casualidad es que sea martes.
-Cuatro certezas-
- I - Escribiré arenas movedizas
-sé que el molino ahogará las aguas-.
- II - Miraré el balcón al mediodía
-sé que el cristal estallará un segundo antes-.
- III - Maldeciré la sospecha del verdugo
-sé que anudará la cuerda floja a mi destino-
- IV - Vomitaré besos de Judas cada noche
-sé que el puñal se hundirá en mi epitafio-
-Amapolas-
El rojo acaba con todo.
Color muerto de muerte violenta.
De olvido forzado por un matiz diferente.
Surge el día sin más temblor que un frío café negro.
Es lo que queda en la despensa. Símbolos. Arroz de boda rota.
Un paso gime. Gris con gris uniformado. Querencia al aire, sin permiso.
Golpea la puerta, desvencijada, en el quicio de un rostro marginal. Se desvanece.
 La ciudad de los perros se llena de cartones para recibir al Mesías que empaqueta la moral con lazos de domingo. Se mira en el cristal y se sonríe al contemplar la tez de un fariseo cualquiera. Esas cosas pasan cada día y cada noche, cada atardecer y cada madrugada. El plástico acaba pudriéndose. Sin necesidad de recibir insultos como premio.
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