Claudicación familiar
Ya estamos en casa.
En realidad, es mi madre la que ya está en su casa. Yo no he salido de la mía, aunque bien podría decirse que estos dos últimos días me he hospedado, necesaria pero involuntariamente, en el hospital en el que ella estaba ingresada. Y durante todo ese tiempo -contando desde el día en que la ingresaron hasta ayer por la tarde, una semana- ha compartido habitación con siete mujeres diferentes, cinco de ellas de más de setenta años -también es su caso-. No sé cómo trasladar hasta aquí todo lo que he llegado a pensar, en tantas horas muertas, sobre lo que supone cuidar a una persona anciana. Me resulta complicado porque no sé desvincularme, no soy objetiva. Pero lo que sí que sé con seguridad es que me ha impresionado el hecho de presenciar varias discusiones entre los hijos de una de estas señoras, mientras ella yacía en la cama, porque no se ponían de acuerdo en los turnos y en el nivel de implicación de cada uno con respecto a la atención que le dedicaban. También he sido testigo de cómo la nuera de otra de estas señoras se derrumbaba por no poder soportar la presión: era, literalmente, una esclava de la que estaba enferma, y aunque esta última no era consciente de su tiranía -no me atrevería a afirmar que estaba loca, pero desde luego, la cordura la había abandonado, por decirlo de alguna forma-, el resultado de su comportamiento hubiese acabado con la paciencia del mismísimo Job.
He estado buscando información al respecto de estos comportamientos familiares y se les conoce con el nombre de claudicación familiar. Aunque la información que se ofrece en el enlace que he puesto se refiere a las enfermedades terminales y las situaciones que he visto, en principio, no lo eran, sí que es cierto que los enfermos a atender requerían de cuidados por un largo período de tiempo.
Es muy difícil ser positivo cuando lo que se tiene alrededor no tiene nada que ver con el lado amable de la vida y, con sinceridad, se necesita de mucha entereza y de grandes dosis de pragmatismo, para poderse desenvolver con algo de soltura ante una situación de este tipo: a mí me da tanto miedo que casi siempre salgo corriendo. Me reitero, lo sé. Pero me ha impresionado mucho contemplar, de primera mano, cómo reaccionan otras personas ante algo a lo que yo temo quizás en demasía. Me ha venido bien -si es que se le puede encontrar un lado bueno a la enfermedad de un familiar- darme cuenta de que los héroes no son humanos, sino personajes de ficción. El Deber ya no se asume sin rechistar; al menos se cuestiona, y eso es importante.
En realidad, es mi madre la que ya está en su casa. Yo no he salido de la mía, aunque bien podría decirse que estos dos últimos días me he hospedado, necesaria pero involuntariamente, en el hospital en el que ella estaba ingresada. Y durante todo ese tiempo -contando desde el día en que la ingresaron hasta ayer por la tarde, una semana- ha compartido habitación con siete mujeres diferentes, cinco de ellas de más de setenta años -también es su caso-. No sé cómo trasladar hasta aquí todo lo que he llegado a pensar, en tantas horas muertas, sobre lo que supone cuidar a una persona anciana. Me resulta complicado porque no sé desvincularme, no soy objetiva. Pero lo que sí que sé con seguridad es que me ha impresionado el hecho de presenciar varias discusiones entre los hijos de una de estas señoras, mientras ella yacía en la cama, porque no se ponían de acuerdo en los turnos y en el nivel de implicación de cada uno con respecto a la atención que le dedicaban. También he sido testigo de cómo la nuera de otra de estas señoras se derrumbaba por no poder soportar la presión: era, literalmente, una esclava de la que estaba enferma, y aunque esta última no era consciente de su tiranía -no me atrevería a afirmar que estaba loca, pero desde luego, la cordura la había abandonado, por decirlo de alguna forma-, el resultado de su comportamiento hubiese acabado con la paciencia del mismísimo Job.
He estado buscando información al respecto de estos comportamientos familiares y se les conoce con el nombre de claudicación familiar. Aunque la información que se ofrece en el enlace que he puesto se refiere a las enfermedades terminales y las situaciones que he visto, en principio, no lo eran, sí que es cierto que los enfermos a atender requerían de cuidados por un largo período de tiempo.
Es muy difícil ser positivo cuando lo que se tiene alrededor no tiene nada que ver con el lado amable de la vida y, con sinceridad, se necesita de mucha entereza y de grandes dosis de pragmatismo, para poderse desenvolver con algo de soltura ante una situación de este tipo: a mí me da tanto miedo que casi siempre salgo corriendo. Me reitero, lo sé. Pero me ha impresionado mucho contemplar, de primera mano, cómo reaccionan otras personas ante algo a lo que yo temo quizás en demasía. Me ha venido bien -si es que se le puede encontrar un lado bueno a la enfermedad de un familiar- darme cuenta de que los héroes no son humanos, sino personajes de ficción. El Deber ya no se asume sin rechistar; al menos se cuestiona, y eso es importante.










