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De espaldas

A días

Claudicación familiar

Ya estamos en casa.

En realidad, es mi madre la que ya está en su casa. Yo no he salido de la mía, aunque bien podría decirse que estos dos últimos días me he hospedado, necesaria pero involuntariamente, en el hospital en el que ella estaba ingresada. Y durante todo ese tiempo -contando desde el día en que la ingresaron hasta ayer por la tarde, una semana- ha compartido habitación con siete mujeres diferentes, cinco de ellas de más de setenta años -también es su caso-. No sé cómo trasladar hasta aquí todo lo que he llegado a pensar, en tantas horas muertas, sobre lo que supone cuidar a una persona anciana. Me resulta complicado porque no sé desvincularme, no soy objetiva. Pero lo que sí que sé con seguridad es que me ha impresionado el hecho de presenciar varias discusiones entre los hijos de una de estas señoras, mientras ella yacía en la cama, porque no se ponían de acuerdo en los turnos y en el nivel de implicación de cada uno con respecto a la atención que le dedicaban. También he sido testigo de cómo la nuera de otra de estas señoras se derrumbaba por no poder soportar la presión: era, literalmente, una esclava de la que estaba enferma, y aunque esta última no era consciente de su tiranía -no me atrevería a afirmar que estaba loca, pero desde luego, la cordura la había abandonado, por decirlo de alguna forma-, el resultado de su comportamiento hubiese acabado con la paciencia del mismísimo Job.

He estado buscando información al respecto de estos comportamientos familiares y se les conoce con el nombre de claudicación familiar. Aunque la información que se ofrece en el enlace que he puesto se refiere a las enfermedades terminales y las situaciones que he visto, en principio, no lo eran, sí que es cierto que los enfermos a atender requerían de cuidados por un largo período de tiempo.

Es muy difícil ser positivo cuando lo que se tiene alrededor no tiene nada que ver con el lado amable de la vida y, con sinceridad, se necesita de mucha entereza y de grandes dosis de pragmatismo, para poderse desenvolver con algo de soltura ante una situación de este tipo: a mí me da tanto miedo que casi siempre salgo corriendo. Me reitero, lo sé. Pero me ha impresionado mucho contemplar, de primera mano, cómo reaccionan otras personas ante algo a lo que yo temo quizás en demasía. Me ha venido bien -si es que se le puede encontrar un lado bueno a la enfermedad de un familiar- darme cuenta de que los héroes no son humanos, sino personajes de ficción. El Deber ya no se asume sin rechistar; al menos se cuestiona, y eso es importante.

Pensado para mí

Cuando releí ayer, en Tus zonas erróneas de Wayne M. Dyer, el párrafo que sigue a continuación, pensé que su autor lo había escrito expresamente para mí:

ACEPTÁNDOSE A SÍ MISMO SIN CHISTAR

El amor propio, el amarse a sí mismo, implica aceptarse a sí mismo reconociéndose como un ser humano valioso y porque así lo decide uno mismo. Esta aceptación implica también una plenitud, una falta de protestas y quejas. La gente que funciona plenamente no protesta jamás, especialmente no protesta porque la calle tiene baches ni porque el cielo está muy nublado o el hielo demasiado frío. La aceptación implica no protestar o no quejarse, y la felicidad implica no protestar por lo que no tiene remedio o por lo que no hay nada que hacer. La protesta y la queja son el refugio de la gente que desconfía de si mísma.

... Hay dos instancias en las cuales la queja es la peor de tus posibilidades: 1) Cada vez que le dices a alguien que estás cansado, y 2) Cada vez que le dices a alguien que no te sientes bien. Si estás cansado, puedes hacer distintas cosas para remediarlo, pero quejarte aunque sea a una sola persona, peor aún si esta persona es uno de tus seres queridos, es un abuso de confianza. Y no hará que te sientas menos cansado. Y el mismo tipo de lógica se puede aplicar a tu "no me siento bien".

Yo me quejo. A veces me quejo bastante, y otras, no tanto. Pero podría decir que mi vida se basa en un lamento continuado: con mayor o menor intensidad, con toda la razón del mundo o con ninguna, da igual. El caso es que casi, casi, casi, podría decir que mi segunda profesión es la de quejicosa por siempre jamás. Y a mucha honra. Estoy hasta el pirri de tanta cortapisa moral.

Destaco:

"La gente que funciona plenamente no protesta jamás".

"La aceptación implica no protestar o no quejarse"

"La protesta y la queja son el refugio de la gente que desconfía de sí misma".

Me gustaría saber qué opina este señor de las manifestaciones a favor de la paz y en contra de la guerra... porque, desde luego, servir, sirven para poco...

Por cierto, el libro tiene su mérito, que conste. He destacado este párrafo porque me recordó sobremanera a las conductas de comportamiento impuestas por la educación católica.

Ya era hora


Mi último viaje a Madrid en tren fue sumamente desagradable. Quizás peque de
Mi último viaje a Madrid en tren fue sumamente desagradable. Quizás peque de exagerada. Pelín desagradable. No más. En realidad, recuerdo que me cabreé sobremanera. ¿Por qué? Sencillo y lógico -al menos a mí me lo pareció-: acudí en dos ocasiones al vagón de la cafetería y salí de allí con un nuevo perfume corporal, regalo de Renfe -si es que soy desconsiderada... -, amén de que mis ojos adquirieron ese color rojizo que los hace tan atractivos.

Hoy entra en vigor la prohibición de fumar en todos los trenes de Renfe con un trayecto igual o inferior a cinco horas de recorrido. Ya era hora, de verdad. Resulta sumamente desagradable que la gente fume en espacios tan cerrados. Y lo digo yo, que soy fumadora ocasional, de las que disfrutan con un cigarrillo cada cierto tiempo, después de una comida, en casa, tomándome un café. El caso de los trenes me parecía inaudito: los vagones de fumadores y no fumadores estaban separados, pero para acceder a la cafetería, en la que sí se podía fumar, era necesario pasar antes por el de fumadores, con lo que de estar en un espacio libre de humos, pasabas a meterme de lleno a una suerte de chimenea constante.

Puedo comprender que para los fumadores enganchados -y lo son la mayoría-, este tipo de limitaciones sean vividas como una persecución carente de fundamentos de peso, pero creo que no es cierto: existen motivos más que suficientes para restringir el consumo de tabaco en los espacios públicos, sobre todo, porque está sobradamente demostrado que un fumador pasivo, a la larga, acaba padeciendo las enfermedades propias de uno activo sin ser él el responsable de su deterioro físico.

Reitero, ya era hora. Es más, lo que no termino de entender es la limitación de las cinco horas. No se fuma y no se fuma. Sin más. Quizás sea muy tajante, lo sé. Pero entre un fumador y un no fumador, a mi modo de ver, siempre primarán los derechos del que no es adicto.

Frío



Hablar estos días de frío es casi cansino. Vamos, que si se pudiese contar, de alguna manera, cuantos millones de veces se pronuncia al día en España, y en estos momentos, la palabra "frío", el resultado sería elevadísimo -no me atrevo a aventurar porque lo de las especulaciones numéricas se me da fatal-. Pero supongo que será que, a fuerza de resultar el asunto-muletilla que más a mano se tiene cuando se toma un café en el bar o cuando se espera el ascensor, la realidad se circunscribe, hoy por hoy, a la ola de frío que estamos padeciendo.

Ayer por la tarde hablé con uno de los familiares que vive en Linares y me contó que esa misma madrugada el termómetro había alcanzado los -14º y que en las pistas de esquí de Valdelinares llegaron a -17º. Por la noche, en los informativos, confirmaron la temperatura de Valdelinares, añadiendo el meteorólogo de turno que, debido a las fuertes rachas de viento, la sensación térmica por aquellos lares era de -50º. Quise imaginar cómo sería salir a la calle en esa situación y por mucho que yo pueda fantasear, creo que es imposible aproximarse, ni de lejos, a lo que supondría dar dos pasos soportando ese frío. Y eso que en el invierno de 1993-1994 supe lo que era estar, allí en Linares, a -12º.

Fue mi primer trabajo en un administración pública. Duró cuatro meses -me llamaron de la G.Valenciana para otro puesto-, de diciembre hasta principios de abril. Estaba emocionada; siempre había dicho que vivir en un pueblo de montaña tan pequeño -330 habitantes por aquel entonces-, lejos del mundanal ruido, debía de ser un privilegio. Y nada más lejos de la realidad: es duro, bastante duro. He de reconocer que las condiciones en las que yo estuve no eran las más idóneas y ni muchos menos, las que tienen los que allí residen habitualmente: las viviendas están, la mayoría, completamente acondicionadas.

Mi casa, que entonces se acercaba a los doscientos años de antigüedad, no tenía agua caliente, ni lavadora, ni tan siquiera una ducha. La estufa no era tal, sino una cocina de leña, de las llamadas económicas, en la que, cuando me levantaba, sólo podía colocar un tronco de leña para encenderla, porque el hogar no daba para más -muy parecida a la de la foto-, y por supuesto, para que aquello caldease las habitaciones, hubiese necesitado estar todo el día a pie de la cocinilla metiendo troncos:



Para lavarme por las mañanas, tenía que calentar agua en una cazuela, con lo que el aseo personal duraba una eternidad. La ropa de poco volumen la lavaba a mano y la más pesada, en casa de las amigas, al igual que pasaba con la ducha, que cada tres o cuatro días hacía la ronda: creo que nunca hasta entonces había hecho una ruta higiénica tan interesante. Para fregar la vajilla empleaba dos pares de guantes. Por la noche, cuando llegaba, aquello era lo más parecido a un refrigerador enorme. Recuerdo haber estado viendo la tele, sentada en la mecedora, con leotardos debajo del pijama, el batín, una manta y el edredón de la cama encima. La recocina alcanzaba una temperatura agradable justo a la hora en la que me iba a dormir.

Aguanté como pude, la verdad. Me empeciné en que si mis antepasados habían vivido así y no les había pasado nada, yo era capaz de soportarlo. Y todo, por tener un trabajo en el que pudiese aprender todos los aspectos de lo que es la administración local: estaba yo sola, y la secretaría del ayuntamiento se compartía con Valdelinares, con lo que el responsable del cargo trabajaba tres días allí y dos en el otro municipio. Fue toda una experiencia. Tuve la impresión de que las piezas, esas que andaban fragmentadas en mi cabeza en forma de teoría, de legislación, de artículos, iban encajando una a una, porque toqué todos los palos, por decirlo de alguna forma.

Por lo demás, se me cayó la venda de los ojos, ésa que no nos deja ver que no es lo mismo el turismo rural de folleto publicitario que el estar permanentemente en un sitio aislado, en el que casi no existen lugares para el ocio, salvo el bar, y en el que tampoco hay gente joven acorde a tu forma de ver la vida. Aún con todo -y eso no lo haría ahora ni loca-, la semana en la que alcanzamos los doce grados bajo cero, seguí saliendo todas las noches a jugar la partida de póker al bar: los ancianos estaban entre indignados y asombrados de que cinco mujeres, solas, nos atrevíeramos a pisar aquel reciento más allá de las horas habituales de la tarde -para más inri ¡jugábamos al póker! ¡por Dios, qué degeneración!- y para una vez que los abueletes -y no tan abueletes- tenían motivos para escandalizarse, no íbamos nosotras a ser malas personas y quedarnos en casa para dejarlos sin diversión.

Lo más gracioso del asunto es que los albañiles vinieron a instalar el agua caliente, el termo, la lavadora y la estufa nueva que habíamos comprado -estuvo todo el invierno en la entrada de la casa, al lado de la leñera-, la segunda semana de abril, cuando yo ya estaba trabajando en Valencia.

En resumen, que debería de haber opositado para notarías y así podría hacer testamentos de este tipo sin necesidad de buscarme excusas -Gru, seguro que tu experiencia con esto del frío es bastante más amplía que la mía, :-) -.

No hay otra

Tengo un amigo que, en julio del año pasado, tuvo una caida “fortuita” –entrecomillo porque a mí no me parece tan fortuita, pero bueno...-. Desde entonces, está de baja laboral y lo han tenido que operar recientemente, porque la lesión que sufrió en los ligamentos de una de sus rodillas, necesitaba de un pase por el quirófano para curarse del todo.

Ayer por la tarde, mientras hablaba con otro amigo sobre su recuperación, cometí la “torpeza” –y vuelvo a entrecomillar porque así fue considerada mi intervención por parte de mi interlocutor, aunque a mí no me lo pareció en ningún momento- de afirmar que si hubiera sido un poco más consciente de sus límites, habría, posiblemente, evitado el estúpido accidente que le produjo la lesión de marras.

¡Qué has dicho, niña! ¡Qué has dicho! La culpa, si es que la hay, es del destino, sin más. Estaba escrito –a veces, ante estas cosas, una quisiera saber dónde se pueden leer tales afirmaciones- que a J. le iba a ocurrir eso, y no queda otra que aceptarlo: “le tenía que pasar a él y no hay vuelta de hoja” –sentencia ésta de las que te dejan con la boca abierta y anulan cualquier atisbo de razonamiento mínimamente argumentado-.

Pues no. Siempre he pensado que cuando uno se aclama al Destino –sí, así, con mayúsculas, para darle, si cabe, más enjundia- para explicar una desgracia que podía haberse evitado –no entro a valorar las que son inevitables, porque ése ya es otro asunto-, intenta, por todos los medios, no asumir la parte de responsabilidad que le corresponde, y de esta forma, salir de rositas de una situación que, a priori, podría llevarle a un incómodo replanteamiento existencial. Por descontado, la mayoría de la gente que me rodea –sirva como ejemplo, la conversación sobre la que estoy hablando-, no opina como yo y no hacen más que aceptar, como algo inevitable, los designios del Destino, cuando a éste le da por ser malo-maloso y disfrazarse con el traje rojo de Satán El Magnífico.

Por cierto, resumo la “inconsciencia” del chaval accidentado: correr, yendo pasado de copas –sin eufemismos sería “yendo borracho”-, delante de una vaquilla. El animal se revolvió y en la huida, el “aguerrido” torero, resbaló y, al caer, se golpeó en las rodillas.

¡Qué me estozolo!



Si no pasa nada que lo impida, mañana al mediodía estaré haciendo equilibrios para no "estozolarme", esto es, tal cual dice el DRAE, que significa lo mismo que "estozar": 1. tr. rur. Hues. Desnucar, romper la cerviz. U. m. c. prnl.. Ayer me dijeron que ha nevado en Linares, lo que no sé es si habrá cuajado o todo se reducirá a las inoportunas e incómodas placas de hielo que se hacen cuando comienza a caer la tarde.

Pasaré allí el fin de año y no sé si luego me quedaré, porque hoy han llamado a mi madre del hospital para que acuda mañana a firmar unos papeles y no sé qué pasará después -me refiero a la fecha de su operación-. Al menos hemos pasado las navidades tranquilas, :-)

Feliz final de año para todos y un comienzo del siguiente especialmente hermoso. Nos veremos -leeremos-, más o menos, dentro de doce días. Salud -i força en el canut, com diuen a València-.

El enterrador, por favor

Ya son muchas las veces que me he quejado en esta bitácora –es lo que tiene el disponer de un lugar donde lanzar al viento, o a la Red en este caso, las imprecaciones más o menos justificadas que a una le vienen en gana- por las molestias que me causa el hecho de vivir al ladito de una iglesia parroquial.

Por si acaso todavía no ha quedado claro, me reitero: tres toques diarios para llamar a los feligreses a misa –a los pocos que acuden-, uno a las 8:45, otro a las 10:45 y el último a las 19:30 –por supuesto, da lo mismo que sea sábado o domingo, el de las 8:45 suena igual... es que los curas no saben qué es eso de dormir hasta las once de la mañana-; jolgorio festivalero los fines de semana -salvo en pleno invierno, que se ve que nadie quiere matrimoniarse en esas fechas por aquello de que la novia no se luce porque hace frío-, a razón de tres bodas por tarde/mañana con su consiguiente colapso de tráfico, con coches aparcados encima de las aceras a lo largo de toda la calle y sus inseparables tiras de tracas –para el que no lo sepa, es una costumbre muy extendida en el Levante español el disparar o encender una tira de traca, de alrededor de cinco metros de petardos, para celebrar los acontecimientos familiares más especiales, tipo bodorrios, comuniones y bautizos-; uno o dos entierros diarios, con sus correspondientes toques de muertos... Vamos, que más de una vez me he planteado la posibilidad de demandar a la parroquia de marras –bueno, al párroco, que el edificio en sí no creo que fuese a comparecer en un juicio...- por superar, con creces, el nivel máximo de ruidos permitido en la ordenanza municipal y al ayuntamiento por consentir lo de los petarditos, que siempre acabo preguntándome si los emperifollados invitados a las celebraciones han oído hablar alguna vez de las medidas de seguridad necesarias para encender fuegos de artificio.

No contenta con este panorama tan maravilloso y tan próximo en convertirme en una mártir cristiana ajena al movimiento santeril, resulta que desde hace un par de semanas, cuatro personas han tenido a bien el abordarme a la salida del portal de mi casa con una pregunta tópica y muy normalita –lease esto último con un elevado grado de ironía-: “Por favor ¿el enterrador?”. Y claro, es que, por lo que se ve, para que todo quede como en casita, como para tenerlo todo muy a mano y tal, el cura párroco decidió ofrecerle el puesto de sepulturero a mi vecino el de la puerta ocho... –más ironía-.

La primera vez que se dirigieron a mí con semejante duda existencial, me quedé tan descolocada que no supe qué contestar. Ayer, con el cuarto dubitativo tropiezo, respondí cual dependienta de El Corte Inglés anunciando la planta del edificio en el que se encuentran las ofertas del día: “cuarto piso, puerta número ocho, graciasssss”.

Por la noche, al salir a pasear a Zas, me encontré con él en la escalera. Como sabía que hacia ya meses que estaba trabajando de enterrador, le pregunté –yo también tengo dudas existenciales, ja- el porqué de que en los últimos días varias personas viniesen a buscarlo directamente a su domicilio. Me explicó que por cuestiones de organización, la oficina parroquial había restringido drásticamente el horario de atención al público, y que como la gente sabía que él vivía al lado, iban a buscarlo a casa. Casi de manera automática, se me escapó algo parecido a esto: “Si al final, acabaré haciéndole de secretaria al cura”. Se me quedó mirando extrañado. Para mí, que no entendió la ironía.

Auto-felicitación



Me resulta casi increíble, por aquello de que la constancia no es una de mis mejores cualidades, y sobe todo, porque si tengo en cuenta que últimamente ando reivindicando el derecho a ser perezosa y no sentirme culpable por ello, el haber mantenido activa esta bitácora durante todo un año, es un PRODIGIO que merece celebración. Hoy hace un año que comencé a escribir en este lugar y como no soy muy dada a dar explicaciones, me sumergí en el mundo de las bitácoras sin ni tan siquiera haber escrito una anotación a modo de presentación o declaración de intenciones -que parece ser lo habitual-. Tampoco lo voy a hacer ahora, :-)

Por descontado, no va a haber resumen de las noticias más destacadas del año -es una de las cosas que peor agunto de los medios de comunicación... esa manía que tienen por condensar en diez epígrafes, los desastres o acontecimientos más trascendentes-, ni un decálogo de buenos propósitos para no realizarlos nuca.

Sólo daros las gracias por venir hasta aquí a leerme y a charlar conmigo. Es un lujo, y lo digo completamente en serio, el poder disfrutar de estas cosas. La cercanía, a quilómetros y quilómetros de distancia, es posible, y más que posible, es una realidad. Esta bitácora es un buen ejemplo.

Maneras educadas

Traigo la foto hasta aquí porque la primera vez que vi el cartelito que se ve en ella, solté una sonora carcajada.



Y es que, la verdad, yo hubiese sido mucho más explícita y maleducada, de estar en la situación en la que se encuentran las compañeras autoras del mensajito: la máquina expendedora de cafés y otros bebercios calientes y la de la bollería empaquetada están justo delante de sus puestos de trabajo, con lo que se pasan todo el santo día dándole a la tecla con un ambiente de fondo un tanto festivalero, porque son muchas las ocasiones en las que se juntan más de dos personas delante de la "cafetería interactiva" y la espera da pie a conversaciones intrascendentes del tipo ascensor, más o menos "es que mira que nos hace un frío...", "¿viste al concejal ***** ayer, lo que decía en la prensa sobre el tabaco?", "¿te has enterado de que este año tenemos un día más de asuntos propios?"... O sea, información completamente prescindible.

Hace poco han llegado unos estudiantes en prácticas que, sobre las nueve y media de la mañana, se reúnen en este lugar para ¿relajarse?, y claro, ya se sabe lo que pasa con los jóvenes... ¿qué pasa con los jóvenes? ¿será que son muy escandalosos? ¿será que no saben que es eso de trabajar en silencio? ¿será que simplemente desconocen qué significa pasar desapercibidos? El caso es que se montan unas risas que se oyen hasta en la séptima planta -las maquinitas están en la sexta- y, claro, ante algo así, no deja de sorprenderme las buenas maneras de las sufridas trabajadoras, porque la verdad, yo les hubiese pegado cuatro berridos y unos cuantos exabruptos en forma de gestos de mala leche a estos chicos tan joviales... será que carezco de talante. ¡Zapatero, porfa plis, ilumíname!

Las modas



Sé que estoy desfasada. Sé que lo mío no será nunca ser una chica Marie Claire. Y sé que me repentina vena ahorradora -versión suave de la Penitente de la Cofradía del Santo Puño- me juega malas pasadas y me hace ver, en casi todo lo concerniente al consumo "ocioso", una especie de campaña diabólica recreada para hacernos soltar la pasta sin demasiados miramientos, en plan "como lo pago con la visa, no hay problema".

Hace un rato, cuando he accedido al portal en el que tengo abierta una cuenta de webmail, he visto un anuncio de unas botas deportivas -las de la foto- que me han hecho recordar mis años más mozos, más o menos, cuando rondaba las 12 ó 13 primaveras. En aquel entonces se llevaba muchísimo este tipo de calzado, y hará cosa de tres o cuatro veranos atrás, en un ataque de reminiscencias adolescentes, me compré unas muy parecidas, en una zapatería de barrio. Me costaron -si mal no recuerdo- 18 euros, o sea, tres mil pelas del ala. En la publicidad de hoy, las botitas valen, ¡rebajadas!, 44 euros. Eso sí, son Converse, una marca conocidísima, que seguramente, elabora la loneta con la que están fabricadas las zapatillas, a base de un hilado especial, extra-mogollón de los mogollones de fuerte, vamos, resistente a cien tironazos de Sansón cuando éste tenía la melena más larga...

Y tienen la desfachatez de presentar la compra por ese precio como si fuese una auténtica ganga... Ver para creer.

Un año con Letizia


Hace un rato me ha entrado la vena cotilla y me ha dado por curiosear entre algunas
Versión oficial

Hace un rato me ha entrado la vena cotilla y me ha dado por curiosear entre algunas de las revistas del corazón que tienen página web -es que durante casi dos semanas seguidas no voy a poder ver Aquí hay tomate y de alguna forma he de darle comida rápida a mis neuronas marujiles-. No he encontrado nada relevante, destacable o extraño si se considera que las rupturas, cuernos, noviazgos, casas al estilo El Mueble y bodas de alto copete son los alimentos de los que estas publicaciones se nutren... salvo un recordatorio, situado al margen derecho de la página de Diez Minutos en el que se nos trae a la memoria que Doña Letizia Ortiz Rocasolano, Princesa de Asturias y de Viana -consorte-, ya lleva un año con nosotros -se ve que la chica nació ya crecidita- y además, se establecen unas votaciones para que los lectores puedan decidir qué look le favorece más a la futura Reina de España -eso está por ver-. ¡Qué decir ante tan insigne acontecimiento! Sólo queda mirar la selección de fotografías que se ofrecen de la susodicha, una y otra vez, para ver si algo se nos pega de una mujer que es referencia clave para todas aquellas españolas que persigan obtener una personalidad única y particular.

Quizás me exceda al decir que esta pseudo-noticia sea algo extraño o relevante, porque posiblemente no lo sea. Más bien se trata de un caramelo ínsipido al que le han añadido tanto azúcar que ha acabado siendo una manzana envuelta en dulce de algodón. Y por cierto, es de un repipi que tira para atrás.

Divagaciones del lado marujil

Me emociono. Sí. No puedo evitarlo. Y la verdad, no quiero evitarlo. Es requetechuli emocionarse ante historias de principes y coristas, perdón, periodistas: el amor puede con todo, tanto es así, que acaba con las barreras sociales, y el pobre se enamora del rico y el rico se enamora del pobre. Y se casan y hasta comen perdices. ¡Es todo tan bonito!...

Creo que le voy a pedir a mi peluquero que el próximo corte de pelo que me haga sea al "estilo Leti".

Entre mantras anda el juego

Ayer tuve clase de yoga. Ya he hablado en alguna ocasión aquí de la novedad que supone para mí esta especie de simbiosis entre relajación teledirigida y estiramientos musculares. Y contra todo pronóstico, teniendo en cuenta, sobre todo, lo que escuché el primer día, en el que la gente que ya había acudido en años anteriores expuso lo bien que les había ido este sistema de "desconexión" o método anti-estrés –ya sé, ya, que el yoga no es solamente eso, pero es por llamarlo de alguna forma- y cómo les había cambiado la vida –me maravillaron frases del tipo "soy otra", "hay un antes y un después"-, a mí no me está gustando demasiado. Siendo completamente sincera, no me está gustando nada.

He tenido días buenos, desde luego, pero ayer no fue uno de ellos, y hoy estoy con el regusto amargo que me dejó la clase. La cosa no empezó demasiado bien: sentados todos en círculo, comenzamos con una meditación basada en encontrar algo bueno en nuestras vidas y en disfrutar de ello mentalmente. Hasta ahí, bien. Pero... luego vino la parte en la que había que exponer ese "hallazago" y compartirlo con el resto de los asistentes, eso sí, acoplando al final de la perorata, un "y doy gracias por ello".

Sé que me puse a la defensiva, lo sé. Y en un principio, cuando vi por dónde se encaminaba el asunto, pensé en negarme a decir en público algo que, al menos a mí, me resultaba/resulta muy íntimo –puede parecer curioso, sobre todo, viendo ahora mismo cómo cuento esto en una bitácora a la que se puede acceder libremente desde internet, pero esto es voluntario y aquello, medio forzado-. Pero no me atreví, no tuve la valentía de decir "no" en voz alta y conté lo primero que se me ocurrió, que fue algo así como "Me gusta de mí la capacidad que tengo para defender con vehemencia las causas que creo justas y doy gracias por ello"... ¡por favor! me entró un "malestar espiritual" de éstos que te dejan fuera de juego, descolocada, como si resultase evidente, visto desde fuera, que una se siente como una completa estúpida.

Me pudo el hecho de la coletilla final, lo de "y doy gracias por ello". Me recordó sobremanera al momento en el que, en la misa católica, los feligreses se alegran de lo mucho que les favorece el estar tocados por la gracia divina. Un rito como otro cualquiera, pero con demasiadas reminiscencias religiosas para alguien como yo, que ha acabado odiando casi cualquier cosa que huela a poder de captación.

Mi disgusto no acabó aquí. Es más, después de una especie de impás conseguido por la práctica de ejercicios de estiramiento, aumentó con la parte final de la clase: sentados nuevamente en círculo, tocándonos unos a otros, había que repetir en voz alta una frase de "alto contenido trascendente" –y entrecomillo porque a mí me produjo, casi de inmediato, un sarpullido... por supuesto, también trascendente-: "He encontrado la estrella que me alumbrará; la guardaré en mi pecho y la veneraré". Después de pronunciarlo hasta memorizarlo, pasamos a cantar el mantra al unísono.

Hablando con propiedad, debería decir "pasaron" y no "pasamos", porque esta vez, no pronuncié ni un ¡ay!. Ya no se trataba de un mero desencuentro puntual –entre el yoga y yo- sino de un rechazo absoluto: era incapaz de creerme lo que la frase decía. Me atacó la vena escéptico-realista y lo del mantra me sonó, literalmente, a cuento chino. Tuve la sensación de encontrarme en una sesión de aquellos odiados ejercicios espirituales de los que tanto gustaban las monjitas que me comieron el coco durante once años. Cuando la profesora dio por acabada la clase, preguntó cuántos no habían cantado, creyendo que el motivo de aquellos que no lo habían hecho era la vergüenza. La interpelé como si un botón hubiese activado, automáticamente, mi sistema de actos reflejos: "¿y qué ocurre cuando una no canta, no porque le dé corte el hacerlo, sino porque no se cree ni de lejos que sea verdad lo que está diciendo?".

Su respuesta me dejó, cuando menos, perpleja. Me explicó que no era necesario que la idea que se transmitía en el mantra fuese cierta o que yo, particularmente, me creyese lo que estaba diciendo, sino que lo importante residía en el mero hecho de cantar, en la posibilidad que esa acción me ofrecía de darle rienda suelta a mi voz, de ofrecerle una vía de escape a mis cuerdas vocales, ya que éstas estaban sometidas a una constante represión.

Sinceramente, sé que, en cierta manera, estoy predispuesta a dudar de todas aquellas cosas que me hablen de misticismo y espiritualidad, pero aún con todo, se me hace muy cuesta arriba aceptar que no es importante que yo comparta o acepte como válido algo que, parece ser, pronuncio de manera reiterada para tranquilizarme, máxime, cuando, investigando un poquillo en la Red, una encuentra afirmaciones como la que sigue:

"...Un mantra es una unidad básica de sonido o secuencia de ellos que modifica el flujo de nuestro diálogo interno y expande nuestra conciencia a través del significado, el sonido por sí mismo, el ritmo y la repetición, la cualidad energética del sonido y la reflexología de la lengua en el paladar de cada sonido. El uso científico para afectar la conciencia y el patrón del flujo de pensamientos es llamado Mantra Yoga."

Lo que tengo claro es que se me hace muy cuesta arriba el participar en actividades pensadas para llevarlas a cabo en grupo... sobre todo, si no tengo nada que ver y ni tan siquiera conozco a sus integrantes. Va a resultar que soy una asocial...

Pdta. Menudo testamento me he marcado...

Antes muerta que sencilla



... dice la canción. Sí, lo dice. De verdad de la buena. Y no es una canción cualquiera, no. Es una señora canción. Una señora-señora canción. Vamos, una señorona canción. De ésas de alto copete y buenas maneras. De ésas que se merecen todas las atenciones por méritos propios y por méritos impropios. De ésas que dan la mano -la señora- y parece que hayas tocado el cielo... -ufff... que mala soy... empleando tópicos machistas para darle más enjundia chistosa a mis palabras... ¡qué bajo he caido!-. Porque si no fuera así, ¿cómo podría haberse llevado el primer premio en el certamen Eurojunior 2004? El galardón es una prueba, más que evidente, de que la calidad de la composición musical es digna de ser recordada, generación tras generación -por favor, por si el tono irónico no ha quedado suficientemente plasmado, lease este párrafo conteniendo la carcajada hasta el final-.


Creo, sinceramente, que decir que una, siendo mujer, siente vergüenza ajena, y que no se explica cómo una madre o un padre con dos dedos de frente puede aplaudir, como una gracia, esto que sigue, es decir poco...

"Antes muerta que sencilla"

El pintalabios
Toque de rímel
Moldeador
Como una artista de cine

Peluquería
Crema hidratante
Y maquillaje, que es belleza al instante
Abre la puerta, que nos vamos pa'la calle
Que a quién le importa lo que digan por ahí

Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla
Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla

Y es la verdad, porque somos así
Nos gusta ir a la moda, que nos gusta presumir
Qué más nos da qué digas tú de mí
De Londres, de Milano, San Francisco o de París

Y hemos venido a bailar
Para reír y disfrutar
Después de tanto y tanto trabajar
Que a veces las mujeres necesitan
Una poquita, una poquita, una poquita, una poquita libertad

Muchos potajes de los de antes
Por eso yo me muevo así, con mucho arte,
Y si algún novio se me pone por delante
Le bailo un rato
Y una gotitas de Channel nº 4
¡¡¡Que es más barato!!!
Que a quién le importa lo que digan por ahí

Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla
Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla (...)


Lo del trocito de "que a veces las mujeres necesitan un poquito de libertad" merece reflexión aparte. O no. No se puede comentar algo así. Y no porque la niña piense algo así, siendo todavía tan joven -que ya es lamentable, ya-, sino porque los adultos de los que está rodeada no hayan sido capaces de hacerle entender que, para frivolizar con asuntos tan serios, se han de tener éstos, antes, muy claros. Porque... ¿está frivolizando, verdad?

Que digo yo que luego harán campañas estatales sobre la violencia sexual o señalarán un día en el calendario anual para que todos recordemos que nadie se merece ser maltratado por pertenecer a un sexo o a otro, o yo qué sé cuántas cosas más...

¡Total! Por un poquito más...

En dos días me han repetido esa frase, que ya casi es una expresión común, al menos cuatro veces, pronunciada por distintas personas.

¿Y a qué se refiere siempre? A cuestiones económicas. ¿Acaso podría ser de otra manera?

Sirva un solo ejemplo para explicar por dónde voy: estaba hablando de que, si no ocurre nada anómalo, para el año que viene pretendo jubilar mi coche –ya tiene 21 añitos... ufff, qué viejito es- y comprarme uno de segunda mano, poniendo como precio límite, alrededor de los 5000 euros, más o menos. Cómo no, mis interlocutores me dijeron: “¡Total! por un poquito más, te compras uno nuevo!”.

Y claro, es ahí cuando yo me pregunto si ese poquito más, a final de mes, no puede suponer la gasolina de tres semanas, o la comida para siete u ocho días o el pago de uno de los recibos trimestrales de agua y basura.. y ya digo, me lo pregunto y cuando me respondo –porque a veces hasta consigo responderme- con un “no, niña, que no puede ser, que ese poquito más no es un poquito trivial, irrelevante, sino un poquito vital, trascendente”, llego a la conclusión de que, una de dos -¡cuántos dilemas se me plantean últimamente!- o yo soy una mala gestora/contable/administradora de mi sueldo –que todo puede ser- o el resto de los mortales que me acompañan en este devenir diario -¡ja! toma ya pedazo de pseudo frase pedante- disponen de una liquidez sin límites ni fronteras a la que yo, de momento –todo se andará... ¿ande estás, Primitiva de mi alma?- no tengo acceso ni de lejos.

El martes estuve de visita –de éstas que vienen impuestas por la agenda familiar, muy en la onda de “¿qué va a decir tu tía si no vas a ver a su bisnieto?”- en casa de una jovencísima pareja, que recientemente han sido padres. Les regalé un conjuntito de ropa y ellos me devolvieron la atención con un par de “Total, por un poquito más...” y una visión de lo que para ellos supone, hoy en día, asumir responsabilidades y su forma de plasmar ese “Total, por un poquito más”: una casa en propiedad –los pipiolos tienen 20 años-, un sofá de diseño, una tele de 33 pulgadas, cerca de un millón de pesetas en muebles, y un coche de menos de un año –era nuevo cuando se compró... ¡por supuesto!- que uno de ellos incorpora al patrimonio familiar. Por descontado, trabajan ambos, con contratos que se renuevan de mes a mes: ella de dependienta en una tienda de fotografía y él como operario en un almacén de chatarras.

Cuando me marché, tras de mí se vino la impresión de que algo mal había hecho yo en mi existencia para tener 38 años y continuar viviendo todavía de alquiler, con un coche de 21 años y una televisión de 14”, un colchón con cojines haciendo de sofá y un cabezal de cama heredado.

Luego, lees cosas como ésta e intuyes que, seguramente, los banqueros han de estar encantados con esta fiebre/feria de las apariencias... ¡Qué lástima!

Sólo sé que no sé nada

Me cuesta entender ciertas cosas. Y quizás mi falta de comprensión parta de una incapacidad manifiesta para aprender o ampliar conocimientos. Hace ya varios días que lo vengo pensando y más de una vez he reflexionado sobre ello. Quizás de una manera indirecta, seguro; pero siempre que he razonado al respecto de la mediocridad, de esa zona media a la que tanto miedo nos da pertenecer -puede que generalizar sea peligroso... a mí me da miedo, o por decirlo de alguna manera, me han educado para que me dé miedo-, la duda “existencial” derivaba de mi, cada vez más palpable, limitación intelectual.

¿Y qué es lo que me cuesta entender? Es sencillo –a priori-: de dónde sacan tiempo algunas personas para saber de tantas cosas y tan profundamente. Porque una de dos, o yo soy cortita de entendederas y mal empleo mi tiempo de ocio, o resulta que estoy rodeada de superdotados no reconocidos estadísticamente...

Si repaso mis quehaceres diarios, entre unas cosas y otras, dedico bastante tiempo a informarme sobre lo que ocurre en el mundo, y aparte de esto, leo, voy al cine, acudo al teatro con frecuencia –si existe la reencarnación, en mi otra vida me pido ser tramoyista o escenógrafa-, me reúno con mis amistades de cuando en cuando... o sea, que podría decirse que, más o menos, “estoy en la onda”. Pero, me da en la nariz que esto no es así, ya que, a medida que me muevo con más asiduidad por la Red, aumenta mi sensación de que soy una semi-analfabeta funcional –quizás la afirmación sea exagerada, pero es que... ante ciertas lecturas, una acaba tan impresionada que su autoestima se queda a la altura de los tobillos-.

¿Cómo se hace para realizar –con fundamentos... porque otra cosa es hablar por hablar- esos análisis tan exhaustivos que se leen en algunos foros, bitácoras, etc. sobre política, economía, literatura, cine... trabajando siete horas, durmiendo otras siete, dedicando una, al menos, a ir y volver del curro, dos más a quehaceres domésticos, etc.? Es que no lo termino de entender. En realidad, ni lo termino ni lo empiezo: no lo entiendo, sin más.

No soy ninguna lumbreras, eso seguro. Al menos, algo me queda claro: que ante tanta abundancia informativa y de tenores tan distintos, es muy complicado formar una opinión sobre un asunto en particular, o modificar la originaria, que, por cierto, parece que esté mal visto el que una pueda decir hoy blanco y mañana negro sobre una misma cuestión.

No sé...

A punto de caer



En la trampa... Creo que reaccioné a tiempo y he sido capaz de colocarme como espectadora.

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La tierra de las naranjas



Eso dicen, al menos.

Dicen que Valencia es la tierra de las naranjas. Y quien dice Valencia, también dice Castellón y Alicante -no sea que alguien se me enfade-. Bueno, en resumidas cuentas, que en realidad estoy hablando de la Comunidad Valenciana.

Y digo yo que si una vive en un lugar en el que un producto agrícola destaca, por encima de cualquier otro, en el número de toneladas de producción porque es el cultivo mayoritario en la zona, lo lógico, cuando se va a comprar naranjas para zumo a la frutería, es encontrarlo a un precio asequible, porque no existen problemas de abastecimiento ni de transportes ni de otras cosas que pudieran encarecerlo. Pos como que no... pos como que ayer por la tarde flipé a colorines cuando vi el precio de venta al público marcado en el cartelito de turno: 1,45 € el kilo. Ahí es nada... O sea, 241 pesetas, para entendernos. Casi me atraganto. Si cuatro naranjas, más o menos, ya pesan un kilo y con dos se hace un zumo, el tomar vitamina C te sale a 120 pesetas por vaso. ¡Cómo mola la gramola!

Y luego, una lee por ahí cosas como éstas:

"Normalmente para obtener los zumos de naranja industriales o naturales se pretende aprovechar naranjas que bien por su tamaño o por pequeños defectos exteriores se entiende que es naranja de estrío, con poco valor comercial como naranja de mesa.
Nosotros hemos diseñado nuestras máquinas en base a que el calibre de esta naranja es inferior al que habitualmente se comercializa. Esta naranja se puede conseguir a unos precios muy bajos (30-45 pts./kilo).
Como obtenemos 2 zumos por kilo de naranja, el zumo tendrá un costo entre 15 y 22,5 pts."


Claro, ya sé que no es lo mismo vender a un mayorista que venderle al cliente final, pero ¡leñe!, que luego vas a una cafetería, pides un zumo de naranja y tienen la osadía de cobrarte 2,50 € por la consumición. El que quiera hacer números que los haga, pero el porcentaje en la ganancia es elevadísimo.

Añado: compré las encarecidísimas naranjas para hacerme zumos con sabor a números rojos... Y luego la Generalitat Valenciana se dedica a hacer campañas publicitarias para fomentar el consumo de este cítrico en los hogares y para que los negocios de restauración ofrezcan el zumo natural, y no envasado, como pasaba en muchos lugares hasta hace poco... ¡manda narices!

¿qué no me iré esta tarde a la huerta, que está a escasos diez minutos de casa, y con eso de pasear a Zas, me meto disimuladamente por los campos de naranjas y con una bolsica colgada del brazo voy recogiendo las que hay caidas en el suelo? Cachis en la mar...

Reírse de uno mismo

Llevo tiempo observando, sobre todo, en este mundo de las bitácoras, que los que no saben o no quieren encajar una crítica negativa referida a cómo o qué dicen en sus textos, casi siempre disfrazan esa postura –no está bien visto reconocer que a uno le sientan como una patada en el hígado ciertos comentarios; por encima de todo se ha de ser tolerante y políticamente correcto... aunque también es cierto que los hay que hacen gala, a toda hora, de ser justamente lo contrario: unos irreverentes de tomo y lomo, como si con esto, adquiriesen ipso facto, el visado para hablar de cualquier cosa de cualquier manera posible- con un tejido argumental, que de tan usado, debería estar a punto de rasgarse por las cuatro esquinas: El que lee, que es el que critica, carece de sentido del humor. Y lo que es aparentemente más grave: no sólo es que carezca de sentido del humor, es que además, no sabe reírse de sí mismo.

Y de la misma forma que llevo tiempo observándolo, llevo tiempo preguntándome cuánto hay de verdad en una afirmación de ese calibre, y si ésta no será una manera de soslayar el hecho de que, a la hora de manifestarse, no todo vale y de que existen ciertas premisas, que cuando menos, sería interesante respetar.

¿Por qué? Muy sencillo: porque el sentido del humor que una persona posee no debería de medirse por su cantidad –si se tiene poco o mucho- sino por la calidad, cosa bien distinta: no es lo mismo tener mucho sentido del humor y que éste sea chabacano, grosero y zafio, que tener un sentido del humor limitado, pero concentrado en dosis de fina ironía, de éstas que te dejan descolocada hasta que eres capaz de reaccionar. Por decirlo de otra manera: no es lo mismo ser seguidor acérrimo de Los Morancos que serlo de Tip y Coll, o para citar a otra pareja que todavía sigue en activo, de Faemino y Cansado.

Puede que toda esta diatriba sea fruto de una mal digerida envidia y en realidad lo que ocurre es que, cada vez que entro en alguno de los blogs que son considerados por la mayoría –es casi unánime- como lo más de lo más en esto del humor, y que están llenos de chascarrillos, chistes fáciles y simplones y recreaciones de situaciones cómicas traídas por los pelos, no tengo la suficiente capacidad para reírme de mí misma y por extensión carezco de la gracia y soltura necesaria para expresarme como lo hacen ellos. Será por eso que donde casi todos colocan su jaja de turno, yo sólo veo un trasfondo machista, xenófobo y despectivo.

Tendré que apuntarme a algún cursillo para aumentar mi sentido del humor y, sobre todo, para reírme de mí misma a mandíbula batiente. Espero que me dé resultado... ahora que sé que me resultará extremadamente difícil: puestos a elegir, prefiero reírme de otros... A veces, para seguir hacia delante, es necesario tomar las cosas en serio. Al menos, algunas. Y a medida que pasa el tiempo, me convenzo más de que existen demasiadas personas que parecen obviar algo tan elemental. Triste, pero cierto.

Por un "quítame allá esas sillas"



Que ya sé que la expresión original es "por un quítame allá esas pajas", pero es que, cuando esta mañana he leido la noticia, he pensado casi automáticamente en un juego de cambio de palabras -transcibo parte de la noticia, porque el enlace no termina de funcionar bien-:

El clero de la Vall d'Uixó ignora al alcalde y oficia la misa de difuntos en el cementerio...La diferencia de esta celebración con la realizada el pasado año fue que había las sillas. Esta vez los feligreses permanecieron de pie escuchando el sermón de los curas. El consistorio, inicialmente, sólo les había autorizado alrededor de doscientas sillas para la misa -siempre que se oficiara en el exterior del cementerio-, argumentando motivos de espacio y la recepción de algunas quejas por parte de vecinos de la localidad que se sienten «ofendidos» porque al visitar el cementerio se encuentran la celebración religiosa, sin ser ellos católicos, ni tampoco sus seres queridos allí enterrados.


La cosa tiene su aquel, aunque parezca una naderia. Sobre todo, si tenemos en cuenta que existen muchos municipios en los que el cementerio sigue siendo propiedad de la Iglesia católica y ésta, de una u otra forma, se rige por sus propias normas, obviando el respeto que merecen los ciudadanos que no practican esa religión.

De todas formas, es asombroso cómo nos sometemos a actos sociales que lo son porque anteriormente fueron costumbres religiosas: si el día 1 de noviembre se celebra una efemérides católica ¿a qué santo van los agnósticos/ateos al cementerio? Es que no termino de entenderlo...