Blogia
De espaldas

A días

Peaso tormentón que está cayendo

Santa Barbará bendita que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita,... porque el día de Santa Cruz dije mil veces Jesús, Jesús, Jesús...

¡Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Me da miedooooooo!!!!!!!!!!!!!

¡Qué truenos! ¡Qué relampagos y qué de to! ¡Ayyyyyyyyyy! Acaba de hacer un trisssss... Voy a apagar este cacharro y a desenchufar la antena de la tele.

Lo de arriba es una medio canción que nos enseñó mi abuela paterna para cuando había tormentas. En Teruel, en verano, son muy frecuentes. En la zona de montaña, claro. En cuestión de un cuarto de hora pasa de soleado a unas nubes de tormenta de las que asustan. Pues eso, que como a mi hermana y a mí nos daban miedo los truenos, nos hacían recitar esa oracioncilla y contar las veces que decíamos Jesús. Con eso, supuestamente, desviaban nuestra atención.

Por lo que acabo de leer, es una mezcla de dos "conjuros" contra las tormentas.

Y ahora mismo estoy buscando si la palabra "retrete" tiene otro significado porque no me casa demasiado que en una oración contra las tormentas se mande a Dios al excusado.

Se perdió y me caí

Definitivamente, lo mío es de juzgado de guardia.

¿Existen oficinas de reclamaciones para los "no-sé-cómo-lo-hago-pero-todo-me-pasa-a-mí"?

Es que... de verdad...

Hace una semana recayó sobre mi excelsa persona -ejem, ejem- el inmenso honor de ser la elegida para ostentar, a perpetuidad, el título de Miss Patosa Forever. Y lo cierto es que, como soy muy responsable y poseo muchísimo tesón, no hago otra cosa más que acumular un mérito tras otro, para que nunca puedan llegar a echarme en cara que no he sabido estar a la altura de tan dignísmo cargo.

Ayer, estuve dándole a la tecla alrededor de una hora seguida. Al levantarme, pisé en falso y se me dobló el pie -en realidad es que el cabrito se había dormido sin pedirme permiso-. Como estaba situada enfrente de la puerta, me fui de bruces sobre ella -por supuesto, con ánimo de abrazarla, por aquello de identificarme con los elementos que me rodean cotidianamente- y como se ve que a mi cuerpo le pareció excesivo el ir a estrellarse contra el cristal, decidió quebrarse levemente hacia la derecha, para ir a dar, con el canto del codo, en el canto de la manilla -de estas de manivela- de la puerta. ¿Resultado? Un desgarrón de carne muy mono y un alarido de dolor muy similar a un "Goooooooool" cantado por un locutor radiofónico en pleno orgasmo futbolístico. Ya es la segunda vez que me golpeo en el extremo del codo, justo donde se dobla, y duele mucho, pero que mucho, mucho, mucho. ¿He dicho que mucho? Pues eso, que duele mucho. Por cierto, que no sé cómo le llamarán por otros lares al extremo del codo, pero por aquí le dicen "el hueso de la suegra"... No quiero ni pensar a qué se debe ese sobrenombre... ¿será porque cuando te golpeas en él ves las estrellas y no precisamente las del firmamento?

En el centro de salud me han dicho que de ésta no me muero -¡me he llevado una alegríaaaaaaaa!-. Eso sí, que si hubiese acudido cuando me pasó, un par de puntitos no me los hubiera quitado nadie. Pero ahora, mucha gasita mona para no golpearme el huesecillo y poco más.

La segunda parte del título de la entrada ya está explicada, pero falta la primera: "Se perdió". ¿Y que se perdió? ¿La vergüenza? ¿el pudor? ¿la perra gorda? ¿la vecina del cuarto? ¿Él? Quiá, nada de nada. Ni modo. Mucho más sencillo que todo eso: información en forma de ceros y unos. Eso se ha perdido. En resumen y para no eternizarme -me dan cuerda, como a los relojes antiguos-: la página personal de www.iespana.es donde tenía subidas todas las fotografías publicadas en Milésimas de segundos se ha ido al garete. O sea, que si quiero que se puedan volver a ver, he de subirlas a otra dirección y modificar todos los enlaces en las anotaciones que correspondan. ¡Menuda putadeisonnnn!

Ya no me quejo más. Chinpún.

El carro de la compra



Siempre voy a comprar con el coche. Al menos, eso procuro. Me han insistido hasta casi la extenuación con que para mi cuello no es bueno que acarree peso, y menos, en bolsas. Así que o bien voy a la tienda y luego me lo traen a casa o bien hago la compra y luego la meto en el coche, aunque en línea recta, desde el supermercado a mi casa, no haya más de 400 metros.

Hoy he caido en la cuenta de que al ser sábado, me iba a ser imposible aparcar delante de casa al volver del súper -una boda tras otra, como si fuesen churros; a las diez y media ya he visto los primeros invitados pasearse por debajo de la ventana-, por lo que, en un principio, he optado por dejar el aprovisionamiento de mi despensa para la tarde. Pero, pero, pero... he ido a casa de mis padres para ver si necesitaban algo y al contarle a mi madre lo del coche me ha dicho que por qué no me llevaba su carro de la compra y luego se lo devolvía. De repente se me han venido a la cabeza una multitud de imágenes: cuando era muy jovencita y me encantaba que fuese sábado para comprar en el mercado municipal. Me llevaba una lista y me iba con el carrito, toda orgullosa de ser capaz de manejarme entre los tenderos y los vendedores. No sé, me creía que porque mis abuelos maternos tuvieron durante muchos años un puesto de fruta y verdura en el mercado de Convento Jerusalén, a mí nadie me iba a engañar ni me iba a ofrecer lo duro por lo maduro -lo gracioso es que jamás en la vida los vi vendiendo; cuando yo nací ya se habían jubilado los dos-.

Le he dicho a mi madre que sí, que me parecía una idea estupenda. Y allá que me he ido con el carro de la compra, buscando las aceras con sombra durante todo el trayecto. No puedo asegurar con certeza la última vez que me dediqué a esto de la intendencia sobre dos ruedas, pero no me extrañaría que hubiesen pasado más de 20 años.

Después de subirlo a estirones durante los tramos de escalera que llevan a mi casa -es un primero, poca cosa-, y de pegar dos o tres resoplidos por el esfuerzo, cuando he llegado a la cocina y he comenzado a sacar las cosas, se me ha ocurrido hacerle una foto al carrito. Una tonteria como otra cualquiera... pero es que una no se siente todos los días como si tuviera 17 años recién cumplidos.

Soy tonta



Con toda seguridad. Acabo de comprobarlo. ¡Qué cosas! -un día de estos patentaré esta frase-.

Acabo de leer una reflexión de éstas que a la larga, terminará cambiando mi vida. Y no es una cuestión baladí, desde luego. Es algo serio, importante. Creo que voy a buscar en las páginas amarillas un gabinete donde hagan tatuajes -¡será posible! no recuerdo el nombre "oficial" que se le da... sólo me viene a la cabeza taxidermista; ¡qué forma más extraña de enlazar ideas!- para que me "decoren" la piel con la fecha de hoy y un relojito apañado, que no es cuestión de dejar pasar de largo un evento tan sumamente trascendente.

¿Que por qué hago tanta alharaca de un exabrupto cargado de cinismo? Pues porque una cosa no quita la otra y a pesar de la mala leche -que la tiene y mucha-, me ha dado la solución a uno de los mayores enigmas que siempre me han perseguido: he podido constatar que, definitivamente, soy tonta. Y es que no puedo ni permitirme el lujo de entrar en la categoría de "progre revenido"... y si no soy progre ni inteligente, lo único que me queda, en este mundo de reduccionismo casi histriónico, es ser tonta. Claro... falta explicar el porqué no soy inteligente. Es muy sencillo: no lo soy porque ni tan siquiera puedo optar a colocar el relojito de marras en esta bitácora. Me da vergüenza reconocerlo, pero allá va: no tengo ni repajolera idea de cómo se hacen esas cosas y ni mucho menos, adónde puedo encontrar uno que sea molón, o sea, chachipiruli de la muerte. Si al menos tuviera nociones para instalarlo, tendría posibilidades de acceder al rango de "progre", pero ni eso...

¡Ayssss! Calimero ¿dónde estás?

En la mesita de noche



Tengo una mala costumbre. O buena, que tampoco sé con certeza qué calificación darle. Quizás no sea ni buena ni mala. Es, sin más aditivos.

Cuando un libro despierta mi curiosidad no soy capaz de frenarme y posponer su lectura hasta el momento en el que termine el que lleve entre manos entonces, con lo que ocurren cosas como la que se contempla en la fotografía: cinco libros en la mesita de noche. Cinco libros a medias. O para ser más exacta, alguno casi acabado, otros recién comenzados y un par de lectura repetitiva. Aunque desde que hice la foto hasta ahora, ya he finalizado uno. Allá van los títulos:

"El vagón de las mujeres" de Anita Nair, recién rescatado de la casa de un familiar que me lo había tomado "prestado".

"Gente que vino a mi boda", de Soledad Puértolas. Me faltan tres relatos -al menos, eso creo-. A destacar el cuento "La necesidad de marcharse de todos los sitios".

"La sombra del viento", de Luis Zafón. Sólo he leido seis páginas. Creo que estaba demasiado cansada cuando lo comencé -curiosamente, cuando he abierto el enlace de El Mundo que el Google me ha facilitado, tenía el bolígrafo en la boca, colocado de la misma forma que el autor en su fotografía... ja, soy una replicante-.

"Solas", de Carmen Alborch. Imprescindible.

"El caso de la chica vacilante", de Erle Stanley Gardner, recién acabadito -.

Miss Patosa Forever



Esa soy yo. No he tenido ni que facilitar el CV. Directamente y por la vía del enchufe rápido, me acaban de nombrar la Patosa Mayor del Reino. Estoy contenta. Al menos, soy "lo más" en algo. No he neecesitado ni competir. Ni una sola gota de sudor. Ni un resuello. Nada da nada. Por méritos propios. Como Dios manda.

Ahora mismo están estudiando la posibilidad de otorgarme el título a perpetuidad, porque creen que un solo año es poco merecimiento. Creo que con mi última "torpeza" he sumado, de golpe, casi mil puntos.

Breve sinopsis: quiero un café. Abro el armario, saco el monedero. Me alegro sobremanera porque está hasta arriba de calderilla -¡una sonrisa de oreja a oreja!-. Eso significa que soy un poco más rica de lo que pensaba, al menos, cinco o seis euros más de lo calculado. Vuelco el contenido en mi mano derecha. Lo cuento. ¡Uhmmmm, casi ocho eruos!. Me pongo nerviosa por el aumento tan inesperado de mi cuenta corriente y cuando voy a devolver las monedas a su lugar de origen, mis manos están temblando por la emoción y no son capaces de realizar ese simple gesto con la diligencia debida. Consecuencia: la calderilla se convierte en "pies-para-que-os-quiero" y huye rauda y veloz a esconderse por entre todos los recovecos del sector oeste de la planta. Total, 250 metros cuadrados de nada.

Ni que decir tiene que ahora mismo soy un poco menos rica. Mi compañera me ha recomendado que haga un cartel para que la señora de la limpieza sepa a quién dejarle las monedas que se encuentre esta tarde cuando barra. No sé si atreverme, porque todo sea que luego me reclame daños y perjuicios por tanto deslome lumbálgico.

Al menos, he recuperado las veintiuna monedas de 1 céntimo que había -es que hasta había hecho montoncitos aliniándolas, para contarlas-.

Incidente en el ascensor

Está claro que al igual que las moscas van a la miel, yo debo de tener algún tipo de efluvio no controlado con el que atraigo a todas aquellas personas que tienen un cable suelto.

Hace un momento las he pasado canutas -bueno, no tanto, pero he de exagerar un poquito por aquello de dar algo de lástima-: estaba esperando el ascensor en la planta baja. Mientras llegaba, se han ido sumando a la espera unos cuantos compañeros y nos hemos puesto a conversar. Nada fuera de lo normal, exceptuando que había una mujer, justo delante de la puerta de uno de los elevadores, farfullando por lo bajinis. No se le entendía, pero tenía toda la pinta de estar quejándose de algo o de alguien. Ha llegado uno de los ascensores y, justamente, no era el que la señora "guardaba" con tanto recelo, sino el otro, por lo que nos hemos ido introduciendo tal cual estábamos en el vestíbulo, sin un orden determinado. Digo yo que a la mujer no le ha tenido que hacer demasiada gracia porque se me ha quedado mirando y me ha espetado, sin venir a cuento, algo parecido a "eres la peste, puta". Por supuesto, se ha cuidado mucho de que la oyesen. Sólo una compañera se me ha quedado mirando con cara de alucinada, como diciendo "¿ha dicho lo que creo que ha dicho?".

A renglón seguido, y viendo que, después de preguntar en voz alta a qué piso iba cada uno -a veces supones que un compañero vuelve al suyo de origen y resulta que no, con lo que es mejor no dar nada por sentado- no iba a recibir respuesta por parte de la mujer, me he replegado a un lado y entonces ella, con un exabrupto, le ha dado a la tecla del 2 y me ha soltado un "cerda" que si hubiese un libro de récords sobre insultos, seguramente estaría en los primeros puestos de la lista por la intensidad y el tono que ha empleado al pronunciarlo.

Llegados al segundo piso ha decidido no bajar y ha seleccionado el de la planta baja, con lo que ha demostrado que de tonta tenía más bien poco: el mío era el último con lo que para volver al principio, tenía que venir conmigo hasta el final y a partir del cuarto nos quedábamos solas. En este piso, la compañera que ha escuchado sus cariñosas palabras, antes de abrirse las puertas, se ha dirigido a mí: "oye, ¿has ido ya a ver a Mª José, que antes te ha llamado porque tenía una duda?". Lo he pillado al vuelo, vamos. Me he salido con ella y ya en el rellano, la hemos oido -y esta vez a grito pelado- maldecirme y sentenciarme: "Hasta que no te mate no pararé, hijaputa".

Todavía estoy flipando a colorines porque no sé a cuento de qué ha venido el numerito. Una piensa que ya está acostumbrada a estas cosas, sobre todo si, con anterioridad, has estado casi cuatro años en la oficina de Información y te han llegado a decir que te esperaban a la puerta con la caja de cinc abierta, pero es mentira. Te deja descolocada.

Sé que parece una batallita de las del abuelo Cebolleta, pero es que la peña está muy del revés...

Aumenta el zoológico



Está visto que los animales me persiguen. O puede que yo los persiga a ellos. No sé. Quizás hasta puede que en una reencarnación anterior, hace ya bastantes siglos, uno de mis "yoses" practicase, como algo habitual y común, la zoofilia.

Después de haber afirmado en esta bitácora cosas tan impúdicas e íntimas como, por ejemplo, que de mayor quiero ser perra o que, llevada por mis buenos sentimientos, reuní, hace ya tiempo, en una familia numerosa algo peculiar a multitud de animalitos para que Zas no se encontrase solo durante mis ausencias matutinas, no resultará extraño que ahora venga a contar que tengo un nuevo compañero de piso al que le gusta subir por las paredes y que tiene un larguísimo rabo -por favor, aquí caben infinidad de chistes fáciles; que los que se encuentren inspirados se explayen...-.

He salido a tender a la galería y mientras sacaba la ropa de la lavadora, algo se ha movido a mi derecha, a la altura de la pared donde está la tubería de los desagües. Sin hacer excesivos aspavientos, me he girado, porque no sería la primera vez que aparece una enorme cucaracha americana -de esas marrones-, y más ahora, con la llegada del calor -bueno, mucho calor no hace, pero al menos ya no es el frio del invierno- y para matarla se necesita que el bichejo no se entere de que tú la has visto. Me ha costado reconocer lo que era porque su color arena se medio confundía con el blanco deslucido de la pared: un dragón o un lagarto, que en realidad no sé muy bien cómo se llama el animalito.

He estado a punto de gritar, pero lo cierto es que no sería yo una amazona como toca, digna de un uniforme de Generala Tapioca, si hubiese emitido sonido alguno, llevada por la impresión. He aguantado estoicamente el susto y hasta me he venido a esta habitación a por la cámara.

Intuyo que debía de saber que iba a retratarl@ -quizás sea de descendencia real y por eso se le da tan bien eso de posar- porque no se ha movido hasta que no he apretado el botoncito.

A todo esto ¿cómo santas narices dejo abiertas ahora las ventanas del comedor y de la cocina? Arggggggg!!!!

Malos humos

Estoy atacá. Llevo una mañanita... Un día de estos contaré la odisea que supone comprar unas entradas para un espectáculo, cuando éste genera mucha expectación y existe un elevado número de gente pendiente de que se abra el plazo de venta, amén de que, después de la aventura cibernética, te cobren 1,80 € de gastos de gestión cuando resulta que la que está pagando por la conexión eres tú...

A lo que iba: a las siete y media, cuando estaba paseando con Zas, he podido comprobar hasta qué dónde puede llegar un hombre cabreado porque le hayan aparcado un coche delante del suyo.

El señor en cuestión ha intentado mover el vehículo pero éste tenía puesto el freno de mano y no ha habido forma. Acto seguido, se ha acercado al suyo y ha comenzado a dar bocinazos de manera continuada y carentes de ritmo -hubiese sido de agradecer-. Como el dueño del que estaba mal aparcado no aparecía por allí, se ha dedicado a lanzar improperios cada vez más subidos de tono y no contento con eso, ha iniciado una especie de remodelación de la chapa del coche -imagino que no le habrá gustado el aspecto que tenía- a base de puñetazos en el capó y patadas en los laterales y puertas. Ni que decir tiene que ha modificado la apariencia del vehículo en menos que canta un gallo: lo ha dejado monísimo de la muerte. Por supuesto, entre patada y patada, ha intercalado series de toque de bocina en do mayor.

He estado tentada de decirle algo, pero ante tamaña exhibición de malos humos, he pensado que lo mejor era darme un punto en la boca y piernecitas para que os quiero.

Sé que fastidia mucho que un vehículo mal aparcado te cierre el paso, sobre todo, si el tuyo sí que está bien estacionado. Sé que cuando uno se va a trabajar por las mañanas va con prisas y un contratiempo de ese tipo te puede partir el día antes de haberlo casi comenzado. Sé que la desfachatez del otro conductor es incuestionable, porque si al menos lo hubiese dejado sin el freno de mano, con un empujón para desplazarlo, el problema se hubiese solventado. Sé... muchas cosas, pero creo que la reacción del conductor ofendido ha sido desmedida. Si lo que pretendía era incordiar o molestar al dueño del vehículo mal estacionado, con llamar a la policía, arreglado - a esas horas acuden rápido, me refiero a la PM y a la grúa-; además hubiese matado dos pájaros de un tiro: por una parte, una multa y la retirada del vehículo y por otra, él hubiese podido irse porque el camino se habría quedado libre.

Ya digo que no sé en qué términos se habrá resuelto el incidente, pero el vandalismo está penado...

¿Acabaré loca?



Creo que a este paso, sí. Esto no es normal, y si lo es, ahora mismo le pido a mi jefe que recalifique mi puesto de trabajo y que me ascienda, por lo menos, dos categorías más.

Primera pregunta: "Oye, mira... es que necesito escribir en apaisado y no sé como". Deduzco que se refiere a un documento word, claro. Que digo yo que nivel de conocimientos de word se necesita para saber colocar la página en horizontal o vertical... seguramente será el de especialista avanzado.

Segunda pregunta: "Oye... que quiero guardar unos documentos de word en un cd pero no encuentro la opción para hacerlo". Le inquiero: "pero... ¿tu PC tiene grabadora?". Me dice que no sabe qué es eso. Compruebo, en la BD que, efectivamente, no tiene grabadora. Le explico que los cd's no funcionan como el dispositivo de los disquettes, que lee y guarda a la vez. "¡Ah! pues vaya tontería... ¿entonces para que ponen lo del lector sino sirve para nada?".

¡Qué injusta es la vida, de verdad!.

El efecto placebo



Desde el jueves pasado hasta ayer por la tarde me he quedado a dormir en casa de un familiar -es una tía abuela- para atenderla porque la persona que habitualmente está con ella se encontraba de viaje por el fallecimiento de un amigo íntimo. A ratitos venía a casa, pero casi todo el tiempo he estado allí.

Mi primera sopresa llegó cuando el jueves se empeñó en decirme que el Efferalgan que la médica le había recetado no le hacía nada de nada -el principio activo es paracetamol, suministrado en sobres de 1000 mg.-, que prefería tomarse Termalgín -también es paracetamol, pero las dosis son menores: 500 mg. por pastilla-, que le hacía mucho más efecto.

La médica la visitó el viernes por la mañana y le cambió el Effleralgan por otro analgésico idéntico, salvo por el nombre comercial: hasta la misma dosis. Según me explicó mi tía más tarde, la médica le insistió en que este era nuevo y que seguro que notaría la diferencia.

Después de comprarlo en la farmacia, y ya preparada para quedarme la noche del viernes allí, me entretuve en comparar los prospectos de uno y otro: lo mismo, con la única diferencia de que el primero es una pastilla efervescente y el segundo es un sobre para diluir con agua -o sea, que no hace burbujitas-. Hasta la cantidad en la dosis es la misma en ambos casos: 1000 mg. Ningún añadido de extractos de vitaminas ni mezclas con antiinflamatorios; nada de nada.

Al ratito de estar con ella, mientras yo le daba a la aguja, sujetando los pliegues de una cortina que llevo entre manos ya ni se sabe cuanto tiempo, la noté algo nerviosa: no paraba de suspirar. Me conozco los síntomas: ansiedad pura y dura. Le recomendé que bebiera agua y que intentase respirar a través del estómago... pero me di cuenta de que eran consejos caidos en saco roco. Me pidió que le hiciese una tila y hacia la cocina que me fui para preparar la tisana.

Tuve un pequeño problemilla con el que no contaba: no quedaba tila. ¿Y ahora qué hago yo?, me dije. Sencillo: callarme y preparar otra cosa, y sobre todo, confiar en que no reconociese el sabor. Calenté el agua y mientras tanto preparé dos bolsitas de manzanilla, a los que les quité el cartoncito en el que se indica qué tipo de hierba contiene el preparado. Se lo serví y me senté a seguir con la costura, que entre puntada y puntada, la relajación se va colando por la frente y acaba instalándose en la nuca agarrotada.

A la hora y media le pregunté sobre su ansiedad y me respondió que era increíble lo que podía hacer una tacita de tila... "para que luego digan que las plantas no son beneficiosas y que eso son cosas de curanderos".

Llegó el momento de irse a dormir, y tras tomarse las doce pastillas reservadas para el horario nocturno, le tocó el turno al analgésico nuevo. Me levanté dos o tres veces, de madrugada, para ver cómo dormía y estaba completamente "grogui". Se despertó a las nueve y media de la mañana, cuando habitualmente, a las siete de la mañana, y siempre según ella, no puede dormir más.

Cuando nos sentamos a tomarnos el desayuno, se me quedó mirando, me sonrió y me dijo: "Lo que hace un medicamento, ya ves, ya no sé cuando fue la última vez que dormí hasta tan tarde; no me he enterado de nada en toda la noche; estos sobrecitos van a ser mi salvación". Ni que decir tiene que ya no insistí en que era el mismo principio activo, en que no existía ninguna diferencia entre uno y otro. Entendí, entonces, a la médica. Cuando supe que le había cambiado el analgésico por otro exactamente igual y que ella misma le había dicho que iba a notar la diferencia, me enfadé. LLegué incluso a pensar que mentirle a una anciana no resultaba ético, y menos viniendo de la facultativa responsable de su salud. Pero en la mañana del sábado me percaté de que había echado mano de su capacidad de persuasión y había confiado, a su vez, en el poder de autosugestión de su enferma.

En resumidas cuentas, que tengo la sensación de que muchos medicamentos sobrarían si fuésemos capaces de entender que el dolor y el malestar no sólo depende de una patología física.

Y que es completamente cierto eso que dicen "le han dado gato por liebre y ni se ha enterado".

"Me gusta mi jefe"



(Aclaro que la de la foto no soy yo. )

Todavía estoy perpleja. Una de mis compañeras, hace un rato, me ha llamado para que acudiera a la máquina del café, y así poder tomarlo juntas y allá que me he ido. Entre sorbo y sorbo -al tercero ya no queda- me ha dicho que está sintiendo una atracción un tanto preocupante por su jefe. Me he quedado patidifusa, pero no se lo he hecho ver, porque tampoco es cuestión de fastidiarla más si cabe. El individuo en cuestión es lo más cercano que he conocido en mi vida a un tirano en toda regla, con lo que no soy capaz de encajar las piezas: no consigo ver dónde o en qué radica el atractivo de este hombre.

Hace cosa de dos semanas, otro compañero -éste de mi departamento- que lleva aquí casi un año, me preguntó, algo extrañado, que cuántas parejas había trabajando con nosotros. Cuando empecé a enumárselas, se quedó perplejo. Me explicó que en las empresas en las que él había estado antes -privadas- nunca había visto relaciones de pareja entre los empleados, y mucho menos, entre trabajadores de distintas categorías -como es el caso aquí-. No sé realmente si es algo bueno o contraproducente...

Recuerdo que una persona a la que conocí hace varios años, que tenía un elevado cargo en la empresa en la que trabajaba y en la que pasaba casi doce horas diarias -o más-, no paraba de repetir una típica frase "donde tengas la olla no metas la polla", porque entre sus subordinados -y también entre los altos cargos, pero con menor asiduidad-, eran frecuentes los escarceos amorosos, y de alguna manera, las desavencias posteriores repercutían en su labor. Dicen que para una frase tópica o refrán, siempre existe una contraria que viene a desmentir la afirmación de la primera, y en alguna ocasión le recordé aquello de "nunca digas de esta agua no he de beber". Pasados un par de años supe que estaba viviendo con una mujer a la que él mismo había entrevistado para su departamento, y que comenzó allí como becaria. Creo que ahora son muy felices, :-) Intuyo que algunos vasos del líquido elemento se tuvo que tomar, :-P

No sé qué pensará hacer mi compañera al respecto. Puede que no pase de una simple atracción, pero se acerca el día de Santa Rita -el 22 de mayo- y la comida en la que se reúnen todos los funcionarios da para mucho... -el descontrol después de los cafés con la barra libre y el baile tipo verbenilla es una prueba de fuego-.

A mí me daría algo de miedo, la verdad. Entre otras cosas, porque si la historia no funciona y existe distanciamiento y dificultad en la relación posterior, es muy complicado estar viéndose cada dos por tres: aquí la movilidad en los puestos es reducida. Si tienes mucha suerte, puedes irte a un edificio de servicios descentralizados, pero es harto improbable. Con todo, ya pasé por ahí y menos mal que el chico en cuestión trabajaba en otro edificio y los horarios no coincidían casi nunca...

He encontrado un artículo en el que una pareja habla de los beneficios que se alcanzan trabajando juntos y siendo pareja a la vez, y un reportaje en el que tres parejas analizan los pros y los contras de compartir el empleo. Sé que existen estudios/estadísticas encaminadas a analizar las profesiones en las que se da esta circunstancia con más frecuencia, pero ando escasa de tiempo. A ver si luego tengo un ratillo y me pongo a buscar, :-)

Addenda 13:16

He encontrado un interesante artículo sobre la cuestión, titulado "Romances en la oficina". Dejo el párrafo introductorio:

"Romances en la oficina
Por Roisin Woolnough

En Estados Unidos y Gran Bretaña, las oficinas de personal de las empresas están cada vez más preocupadas por los noviazgos en el ámbito laboral. Incluso, hasta redactan contratos que prohíben los "affaires" de oficina

(Clarin) - La mitad de los británicos conocen a sus futuras parejas en el trabajo, cosa que no entusiasma para nada a los departamentos de recursos humanos de muchas empresas, a cuyos jefes no les gustan nada los romances de oficina. Según una encuesta del servicio de empleo online del estudio legal Fox Williams, de Gran Bretaña, una de cada cinco compañías ya siguen políticas de comportamiento formales o informales en caso de que sus empleados se enamoren en el trabajo, mientras que otro 20 por ciento está considerando implementar medidas en la materia, incluida la posibilidad de exigir a los recién ingresados que firmen un contrato en el que aceptan ciertas pautas de comportamiento al respecto."

Continuar leyendo.

La familia de Zas

Sé que va a sonar a guasa, pero es la pura verdad...

Hace un tiempo, por cuestiones personales, tuve que hacerme cargo, al cien por cien, del cuidado de Zas. Hasta entonces, pasaba medio día en casa de mis padres -las siete horas del trabajo- y el resto, conmigo.

Cuando comenzó a quedarse solo en mi casa, acostumbrado como estaba a tener compañía a todas horas, lo pasó mal -o eso parecía, porque lo cierto es que yo no lo veía-. Mientras se adaptaba a su nuevo estado de medio-horfandad, dejó constancia de su enfado a través de puertas rayadas, zapatillas mordisqueadas y alguna que otra prenda de vestir adaptada, a base de desgarros en la tela, al gusto canino.

Una tarde decidí hablar con él -sí, sí, no me he vuelto loca-, porque con las imposiciones no se consigue nada y el diálogo es lo más importante -o sino, que se lo pregunten a Zapatero, que a este paso, seguro que va a comprar una barra de pan y pretende llegar a un consenso con el dependiente sobre cómo quiere que le pague el alimento, si con monedas de cinco céntimos o con dos de cincuenta-. Le expliqué que sus exabruptos perrunos no resultaban de mi agrado, sobre todo, teniendo en cuenta que, de su peculiar forma de manifestarse, derivaba siempre un gasto económico que mermaba mi ya, de por sí, lamentable estado financiero. Me respondió que lo entendía, pero que cuando se sentía solo y desamparado, no era capaz de reprimir su rabia por padecer una desdicha de tamaña magnitud y arramblaba con lo primero que encontraba.

Como vi que el principal problema radicaba en la cantidad de tiempo que pasaba solo, me planteé que quizás la solución era buscarle una familia para que se sintiese más cómodo y acompañado. Pero no una familia humana, no. Porque eso hubiese supuesto darlo en adopción y yo no quería. Se trataba de tener más animales en casa y que así pudiese crear un vínculo estable con seres afines a él. Lo que tenía muy claro es que, teniendo en cuenta las dimensiones de la vivienda, no era cuestión de adquirir otra mascota, con lo que opté por montar una especie de zoológico en un espacio que se prestase para ello. ¿Cuál podría ser? Tras dar un para de vueltas por las habitaciones, opté por el cuarto de baño, que junto con la cocina, eran los que me parecían más apropiados -los azulejos no se pueden rayar ni rascar ni morder- y de estos dos, era el más pequeño.

He aquí el resultado:



Una estrella de mar azul...

Seguramente, Pablo Milanés se hubiera contentado con una así:

Yo no te pido que me bajes una estrella
azul solo te pido que mi espacio llenes con tu luz




Una granja un tanto peculiar, la verdad, :-)



El pulpo es muy molón; colgado casi a la altura del techo, alarga sus tentáculos cuando menos te lo esperas -por eso muchas veces parece que no me haya peinado-.



Las preferidas de Zas: a los pocos días de colocar la primera, lo sorprendí sonriéndole con inusitada insistencia, y pensé que la empatía no sólo era cosa de los humanos. Ahora hay cuatro más.



La ballena está resguardada bajo una estantería, para respetar un poco su intimidad. No le gusta que la observen directamente, y las sombras la semi-ocultan.



Mamá pata y sus patitos cada vez están más a gusto entre sus compañeros, aunque algunos de ellos no les resulten demasiado conocidos...

Zas cada día pasa más tiempo en el baño: los mira, los vuelve a mirar, les ladra, les sonríe... Sé que ahora es un poco más feliz...

... y sé que su ama, a partir de este momento, va a formar parte de esa injusta clasificación popular "ni son todos los que están, ni están todos los que son.".

Declaración de principios

Principalmente, el final siempre es el comienzo de algo -no sé a cuento de qué viene esto, pero acabo de pensarlo y tras cuatro tragos de agua, no me cabe otra que largarlo sin viento fresco-.

Algo siempre es sinónimo de existencia -axioma de tercer grado-.

La existencia me está quitando la vida -tontería de las dos y seis minutos de la tarde, o de las catorce horas y seis minutos del día 5 de mayo del año 2004-.

Rebobinando: estoy mucho peor de lo que pensaba.

Esta tarde creo que me voy a lavar el cerebro con champú de aguacate y a sacudirme las pulgas con el palmito de cintas. Después, me pondré una mascarilla de pepino en las estribaciones de los sentimientos, para ver si con una dosis elevada de astringente se me van las añoranzas a darse un paseo por los cerros de Úbeda -¡cuánta mentira aglutinada en dos días!-.

La declaración la tengo pendiente: me acaban de pasar el PADRE. A ver si este año sigo teniendo suerte y me devuelven lo suficiente como para pagarle las vacunas a Zas.

Que digo yo que ser zapatero remendón es una profesión que tiende a desaparecer...

Addenda 14:26

Cada vez tengo más claro que algunos publicistas necesitan con más urgencia que yo la mascarilla de pepinos en su sistema neuronal.

Por cierto, la página de donde está sacada la ficha de Dyc está muy bien.

Las cuñas publicitarias



Cuando me levanto, lo primero que suelo hacer es encender la radio. Me gusta escuchar los resúmenes de la prensa y el parte metereológico, algunas noticias curiosas y hasta los anuncios, que siempre me han parecido bastante más cercanos -quizás más de andar por casa o menos sofisticados- que los que salen en la prensa escrita o en la televisión.

Llevo días escuchando uno al que no le pillaba la gracia. Vamos, que no entendía dónde radicaba la originalidad que supuestamente tenía que hacerme sonreir o quedarme, de una u otra forma con la referencia. Hoy se me ha encendido la bombilla: se trata de una empresa de transportes internacionales, que desde hace poco tiempo, ha decidido probar con el mercado nacional. El contenido del anuncio dice, más o menos: "Facturas a Tarifa, Grifos a Venta de Baños, sombrillas a La Solana, sopletes a El Hierro...".

El "problema" que tenía para entenderlo era que me quedaba con la primera referencia que hacen a un municipio español, y no conseguía ver la relación que éste tenía con "facturas" -o sea, con el envío que pudiesen hacer hacia allí-, porque para mí Tarifa me sugería mar, viento y windsurf. Al quedarme bloqueada, lo dejaba estar -cuando si hubiese seguido analizando el resto de la enumeración, lo hubiese comprendido-. Ha sido hoy cuando he caido en la cuenta de que la relación que existía entre los envios y los municipios era el significado que, fuera de lo que es el topónimo, tienen esas palabras: tarifa de precio, por ejemplo...

Una tontería como otra cualquiera, lo sé. Pero me he sentido extremadamente tonta cuando he sido consciente de que no había comprendido el juego de palabras, o de que simplemente, si hubiese seguido con la enumeración, el asunto hubiese sido bien sencillo, :-(

Y en este caso, el anuncio ¿lo he oido o lo he escuchado? Uffff

Se me va la olla, lo sé -de tanto escribirlo, acabaré aceptándolo, jajaja-.

Clases de conocimiento corporal

No sé si existen, pero sino es el caso, deberían de incluirse como asignatura curricular -sí, sí, no me he vuelto loca-. Vivimos inmersos en la ¿moda? del culto al cuerpo, pero no digo nada nuevo si afirmo que tanta fijación, en lugar de beneficiarnos, ha acabado perjudicándonos. A fin de cuentas, vamos a vivir toda la vida dentro del mismo cascarón y denostarlo y fustigarlo es una de las cosas más estúpidas que podemos hacer -tono sermón de domingo, que conste-.

A lo que iba: que cada vez estoy más convencida de que nos han enseñado a rechazar todo aquello que tiene que ver con el estar a gusto con lo que somos, en pos de conseguir, siempre, algo mejor. "Tú te mereces más", como si no fuese bastante tener dos piernas, dos brazos y dos manos... Y como trasfondo, la puñetera manía de competir por todo y a todas horas. Que no, que ya está bien, que no quiero sometimientos de ese tipo, que ya hay bastantes circunstancias que nos obligan de una u otra forma a hacer o decir lo que realmente no deseamos, como para encima, andar nosotros aprentándonos, más si cabe, el gaznate.

¿A santo de que viene esta ralladura de tarro sabatina? Tiene fácil explicación: hace dos meses me compré un libro sobre estiramientos y sino fuera por su tamaño -parece talmente un libro de texto de escuela-, creo que lo llevaría a todas horas conmigo, como parte de la "vitualla" bolseril. Hoy, mientras desayunaba, he releido una de las notas introductorias, y una cosa me ha llevado a la otra.

Transcribo el texto -no es nada del otro mundo, pero bueno...-:

Por qué practicar estiramientos

Puesto que practicar estiramientos relaja la mente y prepara el cuerpo para el ejercicio, debería hacerse diariamente. Realizar estiramientos con regularidad produce los siguientes resultados:

*Reduce la tensión muscular y relaja el cuerpo.

*Ayuda a mejorar la coordinación, facilitando el movimiento.

*Aumenta la movilidad.

*Contribuye a prevenir lesiones como tirones musculares. (Un músculo estirado, fuerte y flexible, resiste el estrés mejor que un músculo tenso, fuerte y rígido.)

*Facilita la práctica de actividades intensas como correr, esquiar, jugar al tenis, nadar o andar en bicicleta porque prepara el cuerpo para la actividad; es una manera de indicar a los músculos que están a punto de ser utilizados.

*Ayuda a mantener el grado de flexibilidad que tenía el músculo al empezar a practicar estiramientos, por lo que los músculos no se vuelven más y más rígios a medida que pasa el tiempo.

*Desarrolla la conciencia corporal; mientras se estiran diferentes músculos, uno se concentra en ellos y llega a conocer mejor su cuerpo.

*Evita el control de la mente sobre el cuerpo, de forma que este último se mueve "por su interés" en lugar de para competir o por ego.

*Produce bienestar.


Extraído de Estirándose de Bob Anderson, editorial RBA.

De todos los puntos, me quedo con los tres últimos, y sobre todo, con el que se refiere al control de la mente sobre el cuerpo. Creo que es vital para sentirse satisfecha con lo que se es.

Casi me da un patatús de la impresión

Hasta me he semi-recuperado de mi complejo de palo de escoba...

Situación: silloncejo con el respaldo en la zona media -en realidad es la butaca de la playa, con la funda acolchada para hacerla más cómoda-; piernas estiradas apoyadas encima del diván; almohadilla eléctrica en el cuello para ver si el palo se relaja un poco y pilla algo más de curvatura; mando de la tele en la mano; seis y pico de la tarde; telecinco con A tu lado; Antena3 con Sabor a ti; La Primera con una telenovela y La 2 con un programa para niños. Entre salto y salto de cadena, Antena3 está dedicando su apartado de testimonios de la vida misma mismamente misma y propia de los mismos que andan por la calle, a las madres, que como el domingo es el día de las susodichas ¿para qué vamos a ser originales, si total, para llorar hace falta poco? y claro, como la cosa tiene su aquél, pues dejo descansar el mando y me quedo viendo lo que siente una madre que tuvo a su hija muy joven y lo uqe la hija joven siente por la madre que ya no es tan joven. Entra una llamada de estas de "pensado y hecho, yo también tengo una historia que contar": una señora que dice que acaba de cumplir los 60 años. Antes se presenta y me digo "mira, como mi madrina". Y después de decir su nombre, la mujer sigue contando cómo su madre murió a los dos días de nacer ella, y cómo la crío un ama de leche -a estas alturas de la película, aquí la menda ya tenía el teléfono en la mano para llamar a mi madre porque la madrina de una no sale todos los días en la tele, aunque sólo sea por unos altavoces-.

Pues eso, que eso de que en dos minutos, si llega, tu madrina cuente en la tele lo mucho que quiso a su madrasta, lo inmensa suerte que tuvo su padre al volver a casarse y que su mujer la quisiese tanto a ella, me ha dejado el cuerpo un poco más raro de lo que ya lo tengo hoy: de repente, me han venido a la cabeza imágenes de su padre, de la que luego fue su madre, de cuando yo era niña y me llevaban a verlos a su casa de la huerta... ¡qué cosas, y yo contándolo aquí! ¡Es que ya no sé qué es el pudor ni ná de ná! ¡He perdio la vergüensaaa, pol Dios y todos los Santos -incluido San Alejandro Magno-!

Discusiones bizantinas

No miento, de verdad. No puedo hacerlo porque ahora mismo tendría que estar con los dedos cruzados a mi espalda -si fuese el caso y quisiese conseguir el perdón celestial- y dándole a las teclas, es imposible hacer las dos cosas a la vez: llevo toda la mañana con un ruido de fondo algo molesto.

Me explico: la fotocopista y el ordenanza están discutiendo, sin llegar a los gritos, pero cada vez más acalorados, sobre la importancia de que un nombre lleve el "San" o el "Santo" delante, a la hora de considerar qué santificación es más relevante...

Álex no ceja en su empeño: "mi santo es San Alejandro Magno, y lo hicieron santo, sí, pero el santo -refiriéndose al nombre eclesiástico, supongo- es San Alejandro Magno".

Amparito persiste en que santo y san son la misma cosa. Y cada vez que se lo dice, Álex se repliega, y agarrándose a la carpeta en la que lleva los documentos que está encargado de repartir, insiste: "mi santo es San Alejandro Magno".

Se supone que la fotocopista debería de tener la capacidad suficiente para darse cuenta de que el otro no razona con la misma celeridad o que incluso no es capaz de ver el matiz que diferencia san de santo, ya que Álex tiene el síndrome de Down, pero tengo la impresión de que esta mujer no da para más.

Lo curioso -tampoco es que sea muy curioso, pero bueno...- del asunto es que Alejandro Magnono está santificado, claro. Me sorprende que Amparito sea capaz de estar toda la mañana insistiendo en la diferencia entre el adjetivo y su apócope, y no haya caido en la cuenta de que este señor vivió en el siglo IV antes de Cristo... ¡qué cosas!

Parecidos razonables



Cada mañana paso por delante de una empresa de instalaciones eléctricas, que está situada en la planta baja de una antigua casa de las que por aquí se construían a principios del siglo pasado. Muchas de ellas, en la actualidad, están deshabitadas y se han tirado los tabiques que separaban las habitaciones para conseguir un espacio diáfano, ya sea para alquilarlo, por plazas, como garaje, o para que, como es este caso, se instalen pequeños negocios.

Hasta hace bien poco, la puerta solía estar cerrada a esas horas, pero con la llegada del buen tiempo, el dueño del negocio, comenzó a dejarla abierta de par en par. El primer día que me di cuenta, al mirar hacia dentro de la planta baja -me puede la fascinación que tengo por las casas viejas, por los azulejos con los que alicataban las paredes desde el suelo hasta la mitad...- observé que habían construido un establo. Me sorprendí, porque hace ya tiempo que por aquí no se ven animales de carga, salvo los que poseen los aficionados al tiro y arrastre, por lo que pensé que, posiblemente, el electricista era uno de éstos. Una semana más tarde, en el establo había un caballo, y , esa misma tarde -de vuelta a mi casa-, un pony. A este último es al que, a partir de entonces, he visto más veces. Y esa asiduidad es la que ha hecho que me familiarizase con su "rostro": algo había en él que me resultaba chocante.

Hoy, de sopetón, he sabido en qué consistía esa particularidad que me ha tenido, de alguna manera, desorientada. El hombre estaba, cuando he pasado por delante, a la entrada del negocio, en actitud relajada, con las manos cruzadas a la espalda. En segundo plano, justo detrás de él, el pony agitaba su cabeza mientras emitía un relincho. Puede que parezca una exageración, pero la verdad es que, si es cierto eso que afirman sobre que los animales acaban pareciéndose a sus amos -bueno, lo dicen de los perros...-, éste es un caso evidente: cara alargada, estructura osea muy marcada, flequillo rubio pajizo, cayéndole en greñas enmarañadas sobre los ojos, dientes grandes y enorme sonrisa con asomo de encías incluidas.

¡Uysss! Ahora que caigo, también ha podido ser al revés: que la metamorfosis la haya sufrido el amo y no la mascota... :-P

Se me va la olla, lo sé. ¡Qué le vamos a hacer!

Maratón de cine

[Para que luego digan que no hay oferta cultural en este país...]



Ayer, mientras esperábamos que comenzase la obra de teatro La teua vida en 65 minuts, tuve la oportunidad de echarle un vistazo al tríptico de la programación para esta semana del Club Diario Levante -obsérvese lo mucho que se preocupan por actualizar la sección en internet, que yo recibí por correo la actividad para esta semana que comienza, el jueves pasado ya repartían los folletos en el Club y en la página no se hace ni mención (abrir la sección de Club Diario en el menú de la izquierda-.

Inciso: la obra de teatro fue una decepción. Estos chicos de Albena Teatre han tenido la ¿fortuna? de caer en gracia, y salvo honrosas excepciones, sus espectáculos son un cúmulo de estereotipos que carecen de profundidad, cosa que parece que agradece el público, porque agotan siempre las entradas a sus representaciones. Eso sí, la carcajada fácil está asegurada; pero poco más. Teatro de entretenimiento -que no está mal, desde luego- pero no es para lanzar las campanas al vuelo.

Retomo, que lo mío es andar más por los cerros de Úbeda que ir directa al grano:

Tres películas en una semana. ¡Se han vuelto locos! Que digo yo que será que vienen épocas de estrenos y son tantas y tantas las cintas de calidad que tienen copada la agenda y no tienen más remedio que proyectarlas en tandas de tres.

Para el martes, El año del diluvio de Jaime Chávarri, con Fanny Ardant y el maravilloso, grandioso e inconmensurable Dario Grandinetti.

El miércoles, Intermission, de la que se dice que es "la película más descarada y gamberra desde Café Irlandés y Trainspotting. A mí estas comparaciones no me gustan demasiado, porque condicionan, pero bueno... -dos magníficas pelis, por cierto-.

El jueves, la más esperada, quizás, por ser la única película irakí rodada en 15 años: Zamán, el hombre de los juncos. Añado los dos párrafos que se incluyen en el folleto sobre esta película:

Un año después del conflicto se puede conocer la realidad del a sociedad irakí, tal como era antes al 20 de marzo del 2003 de la mano del director Amer Alwan. El fil rodado en el Irak de Saddam, nos acerca a una sociedad víctima de un régimen y desconocedora de la situación que le esperaba con el estallido de la guerra.
La película sufrió la censura del dictador en un clima donde reinaba la solidaridad entre los ciudadanos preocupados por sus problemas.
.

Si al final de la semana tengo peliculitis aguda, no me extrañará nada. Porque eso sí, iré a ver las tres, que con lo caro que está el cine, no se pueden desaprovechar estas oportunidades... ¡Acabáramos!