O de cómo conseguir un "corazón de masturbador" en menos de una semana.
Ayer comí en casa de mis padres. No pude "tomar prestados" los abanicos de los que hablaba en la entrada anterior, para hacerles fotografías -mi padre estaba durmiendo la siesta- pero en cambio, me traje para acá dos perlas cultivadas en forma de libros: "Antes de que te cases" del Dr. Clavero Núñez y "El hombre, la mujer y el problema sexual" del Dr. J.Algora Gorbea. Del primero ya he hablado en alguna ocasión -sino aquí, en Marü-Maya, seguro- porque me fascina y me estremece a la vez, cómo los hombres han sido capaces de reducirnos a meras cobayas paridoras para su beneplácito y mayor gloria del Dios supremo.
A lo que iba, que me desvío: por la mañana, me encontré con una amiga que estaba un tanto sobrepasada con su hija cuasi-adolescente. Tenía que comprarle unas manoletinas en el mercadillo y no se atrevía a elegir las más extravagantes -aun sabiendo que M. quería ésas- porque entraba en conflicto con su propio gusto personal. Al final, se decantó por las de los colorines -horrorosas, por cierto- y mientras estuvo dudando, me contó que su hija le había preguntado que si las mujeres también se hacían pajas. Por lo que me explicó, pudo controlar la sorpresa inicial y después le contó que sí y le dijo que si deseaba más información, le diese unos días para que ella indagase sobre el asunto y poder explicárselo todo sin tabúes ni falsos pudores.
Cuando cayó en mis manos el libro "El hombre, la mujer y el problema sexual", me dije "mira, todo sea que aquí encuentre información más "aséptica" para poder ayudar a M.". ¡Qué chiste acababa de hacer yo solita y sin darme ni cuenta!
Transcribo varios párrafos que no tienen ningún desperdicio. Antes aclaro que está publicado en el año 1964 y editado por El Círculo de Lectores -tengo la sensación de que es uno de esos libros que mis padres compraron cuando mi hermana y yo éramos aún niñas, pensando en que nos podían ayudar años más tarde... al igual que adquirieron la Larousse o la Gran Enciclopedia Temática...-:
"Algunas consideraciones sobre el onanismo femenino
El ilustre Marañón, en su obra "La evolución de la sexualidad, consigna que 'la diferencia de la libido no se logra a la par ni con igual perfección en uno y otro sexo'. La libido femenina probablemente se despierta antes que la masculina, en relación con la precocidad de la pubertad en la mujer respecto de la del hombre. Por lo que hace a la intensidad, la tendencia pura, instintiva, dinámica del hombre hacia la mujer es incomparablemente mayor que la que siente la mujer hacia el hombre.
Lo que predomina en la sexualidad de la hembra es la aspiración maternal; y a costa de su desarrollo queda disminuido el auge de su libido. 'Toda la vida social y la moral humanas (agrega Marañón) están profundamente influenciadas por ese hecho de menor intensidad y, por tanto, de la menor urgencia de la libido en la mujer. Esta experimenta la inclinación hacia la vida sexual utilizando al hombre como un rodeo para el fin maternal. El hombre, en cambio, busca a la mujer como fin primario de su libido y con la aspiración paternal en segundo plano'.
'El simple y notorio hecho de que no exista una prostitución masculina, análoga a la femenina, demuestra este tono menor de la necesidad erótica de la mujer. Gracias a él, la castidad forzada de la mujer no es una tragedia orgánica como lo es para los hombres. La castidad en el sexo femenino puede ser una tragedia social, pero nada más.' -y yo añado: y el tipejo se quedó tan tranquilo-. Estas opiniones de Marañón, admirables como suyas, comprueban que en la mujer no es tan frecuente el onanismo como en el hombre, por razón de su naturaleza. -mío también: ¿mandeeeeeeeeeeeeeeeee?-.
...La lascivia es una enfermedad habitual en muchas mujeres, en las que se apodera de todos sus sentidos. La lascivia, lejos de calmarse con la edad, es cada vez más violenta, siendo comparable a 'un rescoldo, que dura más que el fuego mismo' -añado yo: encima, horterta-. Una soltera puede desear con más ardor que una casada o viuda cohabitar con un hombre, porque dice que, como no ha gozado nunca de estos placeres, se figura que son muy diferentes de lo que lo son en realidad. Pero la experiencia enseña que a una mujer que sabe lo que es el amor y el acto sexual, le es mucho más difícil contenerse que a una soltera que lo ignora.
Muchos clínicos han hecho también la observación de que la mujer estéril suele ser más apasionada que una mujer fecunda, y no les falta razón, porque, considerando el deseo que tiene la primera de perpetuarse por la generación, tendrá que ser forzosamente más lasciva que la otra -añado yo: ojo, que tiene tela lo de forzosamente más lasciva... ¡bendita píldora, bendita!-. La pasión sexual en la mujer es muchas veces tan extraña -¿¿¿¿????- que no es difícil encontrar mujeres que se han arruinado material y moralmente por satisfacer su lujuria -olé por el peaso de frase: con dos cojones, sí señor, que no se diga-.
Para combatir el onanismo femenino, el mejor remedio es el matrimonio -añado yo: o sea, que como descubrieron que una era autosuficiente para eso de que se te abran las carnes de gusto por las entrepiernas ¿qué mejor solución que tener a la colega en casa, con la pierna atada a la pata de la cama?-, pues el uso moderado del coito, sin caer en aberraciones, lejos de ser perjudicial, es saludable y ventajoso. Ahora bien, si se abusa de los placeres sexuales, conduce este abuso casi siempre a un estado de postración y abatimiento. Todo esto en lo que respecta a la mujer soltera y sin vínculo. La mujer casada que no quiere caer en las aberraciones del onanismo ni que su esposo caiga tampoco en el mismo vicio, no debe negar nunca a su marido el débito conyugal, y para ello la favorece la estructura especial de sus órganos, que no necesitan preparación ni la presencia siquiera de deseos para efectuar el coito -añado: seguramente, un lector un poco más avezado que yo, diría que este último trozo es una aceptación tácita de la violación dentro del matrimonio, pero como yo no doy para más, a mí me parece que habla de la falta de lubricación vaginal y tal, que seguro que con un poco de vaselina la cosa se solucionaba ¿verdad que no me equivoco?-.
... Y de las perturbraciones patológicas ocasionadas por el onamismo, tanto en la mujer como en el hombre, ¿qué diremos? Hablen por nosotros clínicos eminentes: Hermann Cohn ha estudiado irritaciones de la conjuntiva, calambres en los párpados, debilidad de acomodación visual e impresiones subjetivas visuales motivadas por la masturbación. Krehl ha hablado de un 'corazón de masturbador', como consecuencia de una persistente sobreexcitación nerviosa, que lastima al corazón y a los vasos sanguíneos, lo que se manifiesta por la irregularidad del pulso, por la opresión dolorosa en la región precordial, palpitaciones, vértigos, etc..."
¡Qué miedo, pero qué miedo! Y pensar que este señor era médico... ¿Quién ha dicho que la ciencia siempre ha estado opuesta a la religión?
Addenda 13:35
Me bullía la cabeza, he de reconocerlo. Después de escribir esta entrada, me he puesto a hacer cosillas en casa -no demasiadas, ando un poco perezosa- y hasta que no me he vuelto a esta habitación y me he colocado delante del ordenador, no he estado tranquila: abierta la página de Google, y colocado en el cajetín de buscar, el texto "Algora Gobea", me han aparecido cinco referencias -me alegro, eso quiere decir que el tipejo este no tuvo mucho peso específico en la posteridad-. Una de ellas me ha llevado a una magnífica columna de opinión -como siempre- de Rosa Montero, en la que reflexiona sobre la estupidez humana y sus muchas variantes -amén de que pone como ejemplo una frase de este médico que está incluida en uno los párrafos transcritos de su libro-. Destaco un trozo:
" Con todo, una de las estupideces más inquietantes y extendidas es la que provoca la sombra impenetrable del prejuicio. Porque el prejuicio es como un eclipse del cerebro: aquella parte del pensamiento que se sumerge en las tinieblas del eclipse queda completamente idiotizada, y esto sucede hasta en las mentes más agudas, de ahí lo peligroso de este síndrome. Citaré como muestra el prejuicio machista, que, como comprenderán, me interesa muchísimo, y que ha torrefactado muchas cabezas ilustres. Por ejemplo, Rousseau, tan revolucionario él, decía que una mujer sabia es un castigo para su esposo, para sus hijos, para todo el mundo. Kant, que en las demás cosas no parecía idiota, sostenía que el estudio laborioso y las arduas reflexiones, incluso en el caso de que una mujer tenga éxito al respecto, destrozan los méritos propios de su sexo. Y el filósofo Locke, defensor de la libertad natural del hombre, consideraba que ni los animales ni las mujeres participaban de esa libertad, sino que tenían que estar supeditados al varón. Si pensadores tan brillantes llegaron a soltar tales majaderías nublados por el prejuicio, cabe imaginar los destrozos que este mal origina en la mente común.
Luis Otero ofrece algunos ejemplos de ese estropicio en su desternillante obra He aquí la esclava del señor (Ediciones B), un álbum que recoge las burradas machistas del franquismo. Reproduciré tan sólo unas poquitas perlas: La mujer casada que no quiere caer en las aberraciones del onanismo ni que su esposo caiga tampoco en el mismo vicio, no debe negar nunca a su marido el débito conyugal, y para ello la favorece la estructura especial de sus órganos, que no necesitan preparación ni la presencia siquiera de deseos para efectuar el coito, decía el doctor Algora Gorbea en 1964. En general, todo trabajo que requiere teoría, reflexión, fineza de juicio, espíritu de iniciativa y de empresa es incompatible con la mujer, sostenía en 1955 el jesuita Francisco Peiró. Si conseguís establecer una especie de telepatía a la hora en que penséis lo que tenéis que hacer para comer entre vuestros pensamientos y los del marido: es decir, que si el hombre, al llegar a casa, al mediodía o a la noche, encuentra en la mesa el plato en el que había pensado con ilusión unos momentos antes sin decírselo a la esposa, entonces habréis adelantado mucho en el camino de la felicidad, meloseaba glotonamente el escritor Alberto Pedrosa en 1956. El desfile de memos es interminable."
La columna de opinión íntegra.