
Comienzo con un par de citas, en concreto dos artículos del Título II "De la Corona", de la Constitución Española, por si acaso alguien todavía no sabe el enorme volumen de trabajo que tiene asignado el Rey de España a través de nuestra Carta Magna:
"Artículo 62
Corresponde al Rey:
a) Sancionar y promulgar las Leyes.
b) Convocar y disolver las Cortes Generales y convocar elecciones en los términos previstos en la Constitución.
c) Convocar a referéndum en los casos previstos en la Constitución.
d) Proponer el candidato a Presidente del Gobierno, y en su caso, nombrarlo, así como poner fin a sus funciones en los términos previstos en la Constitución.
e) Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su Presidente.
f) Expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros, conferir los empleos civiles y militares y conceder honores y distinciones con arreglo a las Leyes.
g) Ser informado de los asuntos de Estado y presidir, a estos efectos, las sesiones del Consejo de Ministros, cuando lo estime oportuno, a petición del Presidente de Gobierno.
h) El mando supremo de las Fuerzas Armadas.
i) Ejercer el derecho de gracia con arreglo a la Ley, que no podrá autorizar indultos generales.
j) El Alto Patronazgo de las Reales Academias.
.../...
Artículo 64.
1. Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso.
2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden."
Diez funciones muy específicas, enumeradas en el artículo 62 de la CE y una irresponsabilidad manifiesta -y a mí que no me digan que no, porque vamos...- recogida en el artículo 64 de la misma norma.
Esta mañana, en todos los informativos -y he zapeado, que conste- han ofrecido las
declaraciones que ayer efectuó Juan Carlos I de España, en relación a las "supuestas" presiones que los altos miembros de la ICAR española han estado ejerciendo, de manera solapada, para que el Jefe del Estado, atendiendo a su condición de católico practicante -al menos, de cara a la galería- no sancione, llegado el momento, la ley que reformará el código civil y por ende, permitirá que dos personas del mismo sexo puedan casarse.
Tengo la impresión de que la frase "Yo soy el Rey de España y no el Rey de Bélgica" va a ser jaleada y celebrada por un amplio sector de los políticos españoles -y por extensión, por los editoriales de los periódicos, por los comentaristas televisivos, por los colaboradores en tertulias radiofónicas, y si se me apura, hasta por el carnicero del mercado de mi pueblo, mañana por la mañana cuando vaya a comprarle las pechugas de pavo que me guarda todas las semanas- como si se tratase de un acto de rebeldía, de un "¿pero vosotros que os habéis creido, hombres de Dios?", o de "¿a mí me vais a venir diciéndome lo que puedo y no puedo hacer?", en definitiva, como si después del estira y afloja entre el gobierno actual y los mandamases del Estado del Vaticano, afincados en nuestro país, sólo el hombre
al que tanto le debemos -ejem, ejem, ejem... permitidme un carraspeo mental, porque tanta lisonja junta me provoca cierta escocedura en las entendederas- hubiese sido capaz de poner a la Santa Madre Iglesia en su sitio y además, salir airoso del enfrentamiento, colocándose, ante los millones de ciudadanos que están pendientes hasta del aire que respira, otra medallita más en el lugar dedicado, en la pechera de su traje militar de gala, a los actos de conciliación y buen hacer.
Si he de ser sincera, me revienta. Y me revienta porque a este Jefe del Estado español no elegido por el pueblo no le queda otra que hacer lo que hace, y en esta ocasión, como en muchas otras -en realidad, todas- el Rey no es responsable de sus actos, con lo que ya me diréis cómo se come la cosa...