Mi primer cuento
La gota que colma el vaso
Erasé una vez que se era una niña muy niña. Tan niña que miraba con cara de niña. Y eso que todos le decían que parecía una mujer. Tan mujer como su madre, que era la mujer más mujer que ella jamás había conocido.
Nunca jugaba. Y si jugaba, no se lo decía a nadie. Jugaba con ella misma. Como juegan los que se saben tristes de por vida pero no quieren que nadie se entere. Sobre todo, porque una niña que mira con cara de niña ha de saber aceptar que la derrota llega de la mano de la tristeza.
Un día tuvo que esperar durante largo rato a que unos señores que llevaban muchas horas reunidos en la habitación de su abuelo, salieran de allí para que ella pudise entrar a darle las buenas noches. Como temía que si seguía estirándose el volante de la falda, su madre le dijese que eso era algo impropio de una niña con cara de niña, pidió permiso para irse a la cocina, porque pensó que desde allí podría asomarse a la galería que daba al patio de luces y así observar cómo la sra. Mariana tendía la colada.
Cuando estaba a punto de colocarse detrás de la cortina para observar a la oronda mujer -su madre, la mujer más mujer que ella conocía, siempre le recordaba que para mirar a otros era mejor hacerlo tras los visillos- el ruido del agua, cayendo rítmicamente sobre el fregadero, captó su atención. Se acercó y vio cómo, poco a poco, alrededor del anillo con el que se remataba la boca del grifo, se iba acumulando agua, hasta que, en un momento dado y sin previo aviso, ésta decidía liberarse de las ataduras metálicas y se lanzaba al vacio hasta estrellarse contra la piedra de la pileta.
Se quedó más de una hora contemplando el espectáculo. Ella siempre había visto cómo corría el agua. Era una novedad que, justamente en su casa, en la que todo estaba controlado al milímetro, fuese un insípido y líquido elemento el que decidiese tomarse la libertad de ir a su aire y darse su tiempo para recorrer su camino.
Cuando su padre la echó en falta -todos los familiares, los más y los menos, los ricos y hasta los pobres, estaban instalados en un anexo al vestíbulo que antiguamente había sido la habitación de la criada-, le preguntó a la esposa, la mujer más mujer que la niña había conocido, sobre el lugar en el que estaba la niña. Una vez supo dónde encontrarla, se dirigió hacia la cocina. Andaba algo molesto porque la madre había permitido que la niña con cara de niña se escapase del dolor familiar -ese sentimiento que ayuda a creer con fervor en la penitencia como forma de vida- para hacer vete tú a saber qué tontería.
Al encontrarla subida a una silla y apoyando sus codos en la bancada de mármol, alterado, exclamó "esta niña me saca de quicio, esto es la gota que colma el vaso". Se la llevo de allí casi a empellones.
María, que así se llamaba la niña que ya sabía que iba a ser triste de por vida, se quedó perpleja. No por el grito. No por la ira. No por el desprecio. Fue por algo mucho más simple. Su padre había dicho que las gotas colman los vasos y ella había estado durante mucho tiempo viendo cómo el agua caía hacia abajo. No podía ser verdad. El señor que por las noches, cuando la enviaba a dormir, le recordaba que no olvidase dar gracias a Dios en sus oraciones por ser una mujer afortunada que, de mayor, iba a poder casarse con un terrateniente, le había engañado.
Fue la primera mentira. María, desde entonces y hasta su muerte, vivió perpleja.
Lo que ha originado que me atreviese a burlar el miedo casi enfermizo que padezco a la hora de construir una historia ficticia, estructurada, con principio y fin ha sido la creación de un grupo en Flickr llamado Inventa una historia.
Todo llega, está claro.














