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De espaldas

Pequeña perversión navideña



Todavía conservo la primera agenda de teléfonos que tuve. Está en casa de mis padres, con otras dos que la sucedieron. Guardadas en un cajón en el que atesoro, también, las cartas que me escribía con las amiguitas del cole, cuando nos daban las vacaciones escolares en verano; la primera declaración amorosa que un chico tuvo a bien dirigirme -papel cuadriculado, mecanografiado y firmado de su puño y letra... despedazado y recompuesto más tarde a base de celo por la rabia que me produjo, tiempo después, que el mozo me abandonase, a mis doce años, por una chica de la calle de al lado de casa-; las cuatro o cinco medallas ganadas en competiciones deportivas -sí, alguna vez hice ejercicio y hasta parecía que era buena-; el primer diario que escribí -las pocas veces que lo he releido, me ha provocado una especie de vergüenza ajena, como si ésa que anotaba ahí sus impresiones no fuese yo-; los cuellos de ganchillo que mi abuela tejió en la época en la que éstos se llevaban como adornos de jerseys y camisas -finales de los setenta, comienzos de los ochenta... New Romantic, creo recordar-, y algunas cosas más como un lazo de raso, unas gafas de sol y la nota que la maestra del cole le dirigió a mis padres, cuando yo contaba tres o cuatro años, en la que la mujer insistía en que mi capacidad para estar siempre preguntando el porqué de todo era un tanto agobiante.

Con estos antecendentes, cabe pensar que sigo con la costumbre de guardar casi cualquier cosa que me recuerde a una persona querida o con la que rememore situaciones agradables o importantes de mi vida. Y casi diría que es así, sino fuera porque, hará más o menos cuatro años, tras un pequeño tropiezo sentimental -hay que ver lo que hacen la distancia y el tiempo... y cómo se acaban colocando las cosas en su lugar... crecer es un verdadero placer, no hay duda- me deshice absolutamente de todo aquello que, de una u otra forma, me pudiese recordar a la persona que, junto a mis propios errores -el mal de amores nunca es cosa de uno, sino de dos... o de más- me colocó en aquella situación tan desagradable. Me costó tomar la decisión, pero todavía tengo frescas las sensaciones que viví cuando borré los ficheros de los correos electrónicos y las fotografías... No fue venganza, no. Ni tampoco rabia. Más bien diría que fue algo muy cercano a una liberación, algo así como elevar el ancla de un navío que necesitaba, con urgencia, salir de puerto; como cerrar definitivamente una puerta a través de un gesto simbólico.

Al principio, he hablado de las agendas porque, si algunas cosas sí que han sufrido un expurgo particular -sobre todo, los objetos que dejan de tener valor sentimental porque ya no se sabe el porqué se conservan-, las listas de teléfonos ordenadas alfabéticamente siempre se han salvado de la quema: para mí, esos nombres y sus correspondientes números son sinónimos de personas, y deshacerme de ellas hubiera supuesto una especie de "asesinato colectivo", o cuando menos, un homicidio perpetrado en mi, ya de por si, inconsistente memoria. Y está bien, quiero decir, que quizás, identificar una anotación a base de siete dígitos y dos apellidos, con una palabra o una sonrisa en particular, es una manera de reducir, a la mínima expresión, muchos trocitos de mi vida y hacerla así más compresinble -como cuando hacíamos los resúmenes de las lecciones escolares-; en definitiva, mas "digestible".

¿A qué viene, entonces, lo de "Pequeña perversión navideña"? A que llevo dos años seguidos practicando, el día 25 de diciembre, un ejercicio manual muy sencillo y un tanto malévolo -sobre todo, si se tiene en cuenta lo de los buenos sentimientos y todas esas chorradas propias de finales de año y lo que para mí supone, según el largo prolegómeno anterior, el hecho de "desprenderme" de un número telefónico-, pero que me aporta una inyección de júbilo importante, en una especie de sublime catarsis: elimino de la agenda del teléfono móvil, el número o los números de las personas, que por una u otra razón, han sido merecedoras de la expresión “que te vayan dando”. Por descontado, como este gesto tiene todos los visos de convertirse en un ritual en toda regla -al menos, eso pretendo-, lo realizo acompañada de los elementos necesarios para generar un ambiente adecuado, esto es, “El Mesías” de Haendel como música de fondo, y una copa de cava esperando en la mesa contigua.

Sé que es una soberana estupidez, pero, a veces, una nimiedad de este calibre es capaz de provocar algo muy parecido a un orgasmo sostenido en Do Mayor. Y sí, mientras tanto, que les vayan dando...

Auto-felicitación



Me resulta casi increíble, por aquello de que la constancia no es una de mis mejores cualidades, y sobe todo, porque si tengo en cuenta que últimamente ando reivindicando el derecho a ser perezosa y no sentirme culpable por ello, el haber mantenido activa esta bitácora durante todo un año, es un PRODIGIO que merece celebración. Hoy hace un año que comencé a escribir en este lugar y como no soy muy dada a dar explicaciones, me sumergí en el mundo de las bitácoras sin ni tan siquiera haber escrito una anotación a modo de presentación o declaración de intenciones -que parece ser lo habitual-. Tampoco lo voy a hacer ahora, :-)

Por descontado, no va a haber resumen de las noticias más destacadas del año -es una de las cosas que peor agunto de los medios de comunicación... esa manía que tienen por condensar en diez epígrafes, los desastres o acontecimientos más trascendentes-, ni un decálogo de buenos propósitos para no realizarlos nuca.

Sólo daros las gracias por venir hasta aquí a leerme y a charlar conmigo. Es un lujo, y lo digo completamente en serio, el poder disfrutar de estas cosas. La cercanía, a quilómetros y quilómetros de distancia, es posible, y más que posible, es una realidad. Esta bitácora es un buen ejemplo.

La Caspa Real



¿Se puede ser más hortera, más cursi, más... más... CASPOSO? Creo que es imposible.

La imagen se corresponde con la composición fotográfica con que la Casa Real española ha decidido felicitar las Navidades a los que ellos consideran importantes -entre los que yo no me encuentro, por supuesto-. Les ha faltado añadir un artilugio sonoro en alguna de las esquinas de la cartulina desde el que se pudiese escuchar, al presionarlo, la excelsa y clara voz de nuestro sin igual Rey D.Juan Carlos, entonando un atinado y sonoro villancico -lo más, hubiese sido incluir un popurrí de villancicos de los folklóricos españoles, encabezado, por supuesto, por el "porrompompón, pon, pon... los pastorcillos" de Rafael- y una carcajada bonachona "jooo jooo joooo jooooooooooo" como colofón discursivo.

Ver para creer.

El puente de San Luis Rey



¿Me gustó? No sé. Extraño, porque o es que sí o es que no. Pero... es que no lo sé. El puente de San Luis Rey es un peliculón de época cuidado hasta en el más mínimo detalle. Pero no sé si es que la pretensión de la directora es la de mostrar la vida de los cinco protagonistas, como si de una historia coral se tratase, en la que se van enlazando las circunstancias de cada uno de ellos de una manera casi aleatoria, sin una continuidad evidente, o es que en verdad ocurre así, tal como se narra, en la novela en la que está basada la cinta. La cuestión es que se quedan algunos flecos sin explicación aparente, situaciones que, a priori, no se terminan de entender -por no decir que ni tan siquiera se comienzan a entender-. Existe un nexo común, sí, pero éste acaba teniendo tantos extremos que el unirlos para volver a hacer una sola cuerda es harto complicado.

Lo que es impactante es la ambientación y el vestuario -sobre todo y por encima de todo, el de Kathy Bates: es tan absolutamente recargado que el mirarla provoca una especie de compasión, de piedad ante tanto exceso desmedido de una persona que lo único que pretende en su vida es ser querida-, los tonos en el colorido del decorado y ese dorado tan característico del siglo XVIII.

En cuanto a las actuaciones estelares, poco que decir, salvo que Robert de Niro -el arzobispo de Lima- está más contenido que de costumbre y Pilar López de Ayala -la Perichole- no me convenció: creo que su papel tenía muchos más matices de los que ella muestra en una interpretación ambivalente, en la que no arriesga. El resto, desde el Virrey -F.Murray Abraham- hasta el Tío Pío -Harvey Keitel-, pasando por la Abadesa -Geraldine Chaplin- y Pepita -Adriana Dominguez-, hacen un digno trabajo, en el que sobresale Kathy Bates -o será que a mí me tocó la fibra sensible-.

En el artículo de El Mundo que he enlazado se dice que "El relato se sitúa en el Perú colonial de 1740 y narra el proceso inquisitorial que se sigue por la muerte de cinco personas en el derrumbe de un puente.", y esto no es del todo cierto, o no es exactamente cierto: la película cuenta el proceso inquisitorial seguido contra un fraile franciscano, Fray Junipero, que años después de haber caido el puente de San Luis Rey -en concreto, siete u ocho años más tarde- y sintiéndose un poco parte de la desgracia porque él fue testigo de ella, recoge en un libro la vida de los cinco fallecidos en este accidente, en un intento de medir/cuantificar en qué grado la maldad o bondad humana merecen castigo o perdón divino, es decir, pretende establecer si las muertes devienen porque los desaparecidos se lo habían ganado a pulso. Y el hecho juzgado es si el libro en cuestión es herético o no -nada que ver con las causas del accidente en sí-, si las premisas y conclusiones planteadas en él por el fraile están dictadas por el Maligno o por contra, son una mera manifestación cristiana. ¿Hace falta añadir qué le ocurre al monje y a todos los ejemplares de su libro?

Quizás es que yo esperaba demasiado... aún con todo, no es una película que deje indiferente y, sin duda, es para verla en pantalla grande. Por supuesto, mucho mejor que todos esos subproductos navideños llenos de buenos sentimientos y bondades infinitas.

La página oficial de la película.

Maneras educadas

Traigo la foto hasta aquí porque la primera vez que vi el cartelito que se ve en ella, solté una sonora carcajada.



Y es que, la verdad, yo hubiese sido mucho más explícita y maleducada, de estar en la situación en la que se encuentran las compañeras autoras del mensajito: la máquina expendedora de cafés y otros bebercios calientes y la de la bollería empaquetada están justo delante de sus puestos de trabajo, con lo que se pasan todo el santo día dándole a la tecla con un ambiente de fondo un tanto festivalero, porque son muchas las ocasiones en las que se juntan más de dos personas delante de la "cafetería interactiva" y la espera da pie a conversaciones intrascendentes del tipo ascensor, más o menos "es que mira que nos hace un frío...", "¿viste al concejal ***** ayer, lo que decía en la prensa sobre el tabaco?", "¿te has enterado de que este año tenemos un día más de asuntos propios?"... O sea, información completamente prescindible.

Hace poco han llegado unos estudiantes en prácticas que, sobre las nueve y media de la mañana, se reúnen en este lugar para ¿relajarse?, y claro, ya se sabe lo que pasa con los jóvenes... ¿qué pasa con los jóvenes? ¿será que son muy escandalosos? ¿será que no saben que es eso de trabajar en silencio? ¿será que simplemente desconocen qué significa pasar desapercibidos? El caso es que se montan unas risas que se oyen hasta en la séptima planta -las maquinitas están en la sexta- y, claro, ante algo así, no deja de sorprenderme las buenas maneras de las sufridas trabajadoras, porque la verdad, yo les hubiese pegado cuatro berridos y unos cuantos exabruptos en forma de gestos de mala leche a estos chicos tan joviales... será que carezco de talante. ¡Zapatero, porfa plis, ilumíname!

Teruel también existe... para la Vuelta a España 2005



¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ!

¡Por fin! Un final de etapa de la Vuelta Ciclista a España 2005 en la estación de esquí de Valdelinares (Teruel).

Ayer se dio a conocer, oficialmente, todo su recorrido, y lo cierto es que, para mí, es un motivo de alegría. Primero, porque me gusta mucho el ciclismo y es en la montaña donde más me gusta verlos andar. Segundo, porque la estación de esquí de Valdelinares ya ha sido varias veces final de etapa de la Vuelta Ciclista a Aragón y este salto cualitativo es muy importante para la gente de por allí.

Lo único malo que puede tener este asunto -todavía lo he de confirmar pero es casi seguro- es por dónde se efectuará el recorrido, o sea, los pueblos por los que pasarán los ciclistas hasta que lleguen a Valdelinares: para variar y no perder la costumbre, parece que será la vertiente oeste de la zona de la Sierra de Gúdar la que saldrá beneficiada, y particularmente, el municipio de Alcalá de la Selva, que con su despropósito turístico llamado "Virgen de la Vega" ya ha centralizado la mayoría de las subvenciones otorgadas por la Diputación General de Aragón para el desarrollo sostenido de la zona -en forma de mejores carreteras, accesos y servicios públicos-, estableciendo así, un agravio comparativo importante con los pueblos que se encuentran alrededor (todavía recuerdo el invierno en el que trabajé en el ayuntamiento de Linares de Mora, en el que la quitanieves sólo subía a las pistas de esquí por el acceso de Alcalá de la Selva y una vez allí, no continuaba hacia adelante para despejar la nieve en el tramo siguiente, que suponía dejar el paso libre por el acceso este, o sea, llegar a las pistas desde Rubielos-Linares de Mora).

Estas cosas no se hacen solas, claro... el desarrollo urbanístico de la Virgen de la Vega fue auspiciado, sobre todo, por los desvaríos de grandeza del que fuera su alcalde hasta hace poco, Benito Ros (PP), que con un campo de fútbol de "élite" para que los jugadores del Levante CF preparasen sus temporadas y un campo de golf -¡en Teruel, por Dios, en Teruel!- para los pijos valencianos que han decidido comprarse casitas rurales en la zona porque queda muy "in" decir que uno va a retirarse al ladito de unas pistas de esquí, convirtió el lugar en algo así como el reducto de la burguesía con aspiraciones a nuevos ricos.

Si no pasa nada que lo impida, allí estaré, clavada como una flecha.

Las modas



Sé que estoy desfasada. Sé que lo mío no será nunca ser una chica Marie Claire. Y sé que me repentina vena ahorradora -versión suave de la Penitente de la Cofradía del Santo Puño- me juega malas pasadas y me hace ver, en casi todo lo concerniente al consumo "ocioso", una especie de campaña diabólica recreada para hacernos soltar la pasta sin demasiados miramientos, en plan "como lo pago con la visa, no hay problema".

Hace un rato, cuando he accedido al portal en el que tengo abierta una cuenta de webmail, he visto un anuncio de unas botas deportivas -las de la foto- que me han hecho recordar mis años más mozos, más o menos, cuando rondaba las 12 ó 13 primaveras. En aquel entonces se llevaba muchísimo este tipo de calzado, y hará cosa de tres o cuatro veranos atrás, en un ataque de reminiscencias adolescentes, me compré unas muy parecidas, en una zapatería de barrio. Me costaron -si mal no recuerdo- 18 euros, o sea, tres mil pelas del ala. En la publicidad de hoy, las botitas valen, ¡rebajadas!, 44 euros. Eso sí, son Converse, una marca conocidísima, que seguramente, elabora la loneta con la que están fabricadas las zapatillas, a base de un hilado especial, extra-mogollón de los mogollones de fuerte, vamos, resistente a cien tironazos de Sansón cuando éste tenía la melena más larga...

Y tienen la desfachatez de presentar la compra por ese precio como si fuese una auténtica ganga... Ver para creer.

Palabras y palabras



Duda existencial: ¿es necesario ser tan claramente manipulador a la hora de escoger un titular?.*

Creo que sobran las palabras...

Puede que ser objetivo resulte difícil, será eso.

*No he puesto el enlace directo a Periodista Digital porque es de suscripción -gratuita-, y porque la portada la van cambiando cada cierto tiempo, amén de que el desarrollo de la noticia ya no incluía tan "jugosa" visión de los hechos.

Mamá, pupa



Me gustaría poder decir eso y que, como antaño, una mano cálida viniese a posarse en mi cabeza para tranquilizarme. Pero eso es imposible: las aspirinas infantiles con sabor a naranja dulce ya no sirven.

Duele el cuello y duele la mandíbula y duele el hombro y duele la cabeza y duele y duele y duele...

Parezco una sombra. O quizás lo sea.

Ahora mismo tengo la sensación de que estoy apresada por la dentadura de un perro sarnoso que se sabe dueño de ese trozo de carne y no quiere compartirlo con otro.

Un año con Letizia


Hace un rato me ha entrado la vena cotilla y me ha dado por curiosear entre algunas
Versión oficial

Hace un rato me ha entrado la vena cotilla y me ha dado por curiosear entre algunas de las revistas del corazón que tienen página web -es que durante casi dos semanas seguidas no voy a poder ver Aquí hay tomate y de alguna forma he de darle comida rápida a mis neuronas marujiles-. No he encontrado nada relevante, destacable o extraño si se considera que las rupturas, cuernos, noviazgos, casas al estilo El Mueble y bodas de alto copete son los alimentos de los que estas publicaciones se nutren... salvo un recordatorio, situado al margen derecho de la página de Diez Minutos en el que se nos trae a la memoria que Doña Letizia Ortiz Rocasolano, Princesa de Asturias y de Viana -consorte-, ya lleva un año con nosotros -se ve que la chica nació ya crecidita- y además, se establecen unas votaciones para que los lectores puedan decidir qué look le favorece más a la futura Reina de España -eso está por ver-. ¡Qué decir ante tan insigne acontecimiento! Sólo queda mirar la selección de fotografías que se ofrecen de la susodicha, una y otra vez, para ver si algo se nos pega de una mujer que es referencia clave para todas aquellas españolas que persigan obtener una personalidad única y particular.

Quizás me exceda al decir que esta pseudo-noticia sea algo extraño o relevante, porque posiblemente no lo sea. Más bien se trata de un caramelo ínsipido al que le han añadido tanto azúcar que ha acabado siendo una manzana envuelta en dulce de algodón. Y por cierto, es de un repipi que tira para atrás.

Divagaciones del lado marujil

Me emociono. Sí. No puedo evitarlo. Y la verdad, no quiero evitarlo. Es requetechuli emocionarse ante historias de principes y coristas, perdón, periodistas: el amor puede con todo, tanto es así, que acaba con las barreras sociales, y el pobre se enamora del rico y el rico se enamora del pobre. Y se casan y hasta comen perdices. ¡Es todo tan bonito!...

Creo que le voy a pedir a mi peluquero que el próximo corte de pelo que me haga sea al "estilo Leti".

Los chicos del coro



La vi ayer por la noche. Me refiero a Los chicos del coro. Cuando el director del Club, en la presentación de la película, dijo que en Francia la habían visto más de ocho millones de personas, y que se calculaba -no sé cómo contarán esas cosas, pero bueno...- que se habían hecho cerca de un millón de copias piratas en DVD, me sorprendió. Y me sorprendió porque lo que había leido sobre ella, para saber si me interesaba verla o no, no parecía ser una película demasiado populista.

Es una hermosa historia. No sé si es que me pilló con mi lado sensible menos protegido de lo habitual, o que sencillamente llega. El caso es que emociona, y mucho. Hay tanta ternura en algunos personajes que sales de la proyección con la sensación de que el mundo no es tan malo como nos lo pintan, y eso, al menos para mí, es importante, muy importante. Seguramente habrá quien la tache de sensiblera, sí. Y en parte tendrá razón. Pero, aun con todo, eso tampoco es malo, porque no se abusa; el cosquilleo que se te agarra al estómago cuando llega el final de la película es agradable, y una medio sonrisa se te coloca en el rostro, acompañada de la sensación de que te han contado un entrañable cuento.

La banda sonora es, quizás, lo mejor de la cinta.

Aquí dejo una escueta crítica sobre la película. Este año compite, en representación de Francia, en la selección previa a las candidatas por el Oscar a la mejor película extranjera.

De profesión, sus labores



No sé cuánto tiempo ha pasado desde que en el documento nacional de identidad retiraron el dato correspondiente a la profesión del titular, pero tengo los suficientes años como para recordar que en el de mi padre ponía “sastre” y en el de mi madre, “telefonista”. En clase era de las pocas niñas que tenían una madre trabajadora –estoy hablando del comienzo de los años setenta-; las de mis compañeras eran, casi todas, amas de casa, o para atenerme a lo que entonces se podía leer en los carnets de identidad, de profesión, sus labores.

Ahora, en el caso de las mujeres, de estar incluida esa información en el citado documento, se necesitaría un espacio más amplio, ya que tendría que recoger las dos profesiones que éstas desarrollan: la de asistenta doméstica y la que se ejerce fuera de casa. Y digo en el caso de las féminas, porque, desgraciadamente, todavía son pocos los hombres que han asumido el hecho de que la intendencia de aquello que hay dentro de las cuatro paredes entre las que viven es también su responsabilidad –y con esto me refiero a los que viven en pareja, y a los que, aun haciéndolo solos, recurren a las mujeres de su familia para que les solucionen las incidencias caseras-.

Esta falta de asunción de responsabilidades domésticas por parte de los varones deriva en que la tan ansiada y buscada equiparación entre sexos esté todavía en pañales, por lo que, si se pretende que esta situación mejore y a la larga se consiga que no sea una utopía la igualdad de derechos, es necesario que las partes implicadas tomen cartas en el asunto y se tienda a favorecer la conciliación de la vida laboral y familiar, tanto la de los hombres como la de las mujeres.

En Alaquàs, un municipio cercano a la ciudad de Valencia, se va a desarrollar un programa de la UE que aportará medidas para que el equilibrio familiar/laboral sea un hecho. Por lo que se desprende de la noticia, se pretende que el hombre aprenda a desenvolverse con soltura en el ámbito doméstico –intuyo que para paliar situaciones como las de “es que tú lo haces mejor... en el tiempo que pierdo yo en dejar decente una camisa, tú seguro que planchas tres”- y a su vez, que la mujer aprenda a soltar las riendas –que a más de una y a más de dos, les cuesta horrores eso de compartir lo que, hasta hacía poco, era su espacio exclusivo-.

Extracto un trozo de la noticia:

” Los varones recibirán clases de aprendizaje, en grupos de 15 hombres, de tareas domésticas y atención a personas dependientes, como enfermos de alzheimer. Además se pondrá en marcha una «cuidoteca infantil», un experimento dirigido a padres de niños de 0 a 3 años con el fin de facilitar «un espacio de interacción entre los menores y el padre, para que éste adquiera conocimientos tanto del desarrollo evolutivo/cognitivo del menor como de prácticas de juego y enseñanza».

Los hombres también reflexionarán en grupo sobre los obstáculos y tabús que les impiden incorporarse a la tarea doméstica. De igual forma, las mujeres deberán evaluar las razones que les impiden delegar y compartir funciones con sus maridos o parejas.”


Sé que parece, a priori, que este tipo de medidas se adoptan porque políticamente quedan fenomenal, vamos, que de cara a la galería, dan una buenísima imagen, y que luego está por ver qué grado de efectividad se alcanza al ponerlas en práctica, pero... sinceramente, mejor es intentarlo que quedarse con los brazos cruzados.

Falleritas de mi vida



Sé que ya no es posible, y por esa razón, estoy triste, muy triste. No puedo evitarlo. Sé que nunca jamás en la vida podré ostentar el título de Fallera Mayor de Valencia, y eso, como poco, supone un desencuentro entre mi realidad de zapatillas de ir por casa y mis fantasías de diva per secula seculorum, y la verdad, aquí la moza no está en estos momentos para soportar muchos más desencuentros. ¿Cómo haré, entonces, para superar este difícil momento, ahora que tengo la certeza de que nunca podré pasearme haciendo ostentación de ser la máxima representante de la belleza valenciana?

No, hoy todavía no me he bebido el café edulcorado con gotas de alucinógenos, aunque parezca lo contrario. Esto que cuento es completamente cierto. Estoy desconsolada. Creo que tendré que llamar a mi terapeuta y pedirle una visita de urgencia –pobres ellos, lo que han de soportar...-.

Comienzo por el principio: hace poco más de un mes se dieron a conocer los nombres de las que, durante el ejercicio fallero 2004-2005, serán las responsables de hacerles ver a los valencianos y a los que no lo son, lo chachi-piruli que resulta el patriotismo valencianista más recalcitrante. En resumidas cuentas, se supo quienes iban a ser este año las falleras mayores de Valencia –y lo digo en plural porque hay dos, una infantil y otra “mayor” o adulta, que sería más correcto-. Y claro, yo no estaba entre ninguna de las elegidas –ahora es cuando viene una sonora carcajada; porfaplis, no cortaros y reíros a mandíbula batiente- porque mi capacidad para desenvolverme, peinada al estilo churrigueresco y ataviada con tanto bordado de hilo de oro y cintas de raso multicolor es nula o casi nula -y porque jamás me he presentado, detalle creo que relevante-.

Este año ha habido una novedad importante en el proceso selectivo. Para darle empaque al tinglado festivalero, existe un órgano de gobierno, nombrado por la máxima responsable de la ciudad de Valencia, o sea, Rita Barberá, alías Rita la Cantaora, llamado Junta Central Fallera que se encarga de gestionar todo lo referente al mundo de las fallas en la capital de la provincia. Una de sus mayores prioridades es la de realizar la selección de las falleras mayores, porque aunque a posteriori, una se pregunta cómo es posible que siempre sean elegidas hijas de acaudalados empresarios o profesionales liberales con renombre, esto no es más que una mera coincidencia, ya que el procedimiento es limpio, transparente y por supuesto, democrático. Vamos, ya quisieran muchos partidos políticos que sus elecciones internas se resolviesen con tanto rigor –no sé si mortis o no mortis, aunque por el aspecto de alguno de los componentes del jurado, de rancia presencia, lo del rigor mortis seguro que no estaría de más-.

A lo que iba –está visto que lo mío no es perderme por los cerros de Úbeda, sino por los de toda las serranías habidas y por haber-: hablaba de una novedad, y lo cierto es que esta vez se han superado a sí mismos –me refiero a los miembros del Jurado-. Han ideado una serie de pruebas, del tipo situaciones inesperadas y similares, en las que se ha valorado la capacidad de las candidatas para desenvolverse y para resolverlas con soltura. De verdad de la buena, que las situaciones recreadas son de una trascendencia tan vital, que no me queda otra que preguntarme si las mujeres adultas que se han presentado a esta elección tienen dos dedos de frente o por contra, se saben nacidas para figurar y no aspiran a más en la vida... Un ejemplo:

“«A una niña de la comisión se le ha dejado siempre desfilar vestida de torrentí. Y este año, además, en la falla hay un transexual que quiere ir de valenciana. ¿Cómo resolvemos ambos dos casos?».”

A destacar: el reportaje fotográfico que se puede ver a través del primer enlace que he puesto. Está casi al final de la página, pero es impagable el rostro de felicidad fingida de las dos elegidas para este año. Y por supuesto, el montaje de las instantáneas de las dos elegidas atendiendo a la llamada de la alcaldesa de Valencia, para comunicarles el nombramiento, es total.

¡Qué tristeza más grande me embarga!

Pdta. La de la foto es la Fallera Mayor de Valencia 2005

Entre mantras anda el juego

Ayer tuve clase de yoga. Ya he hablado en alguna ocasión aquí de la novedad que supone para mí esta especie de simbiosis entre relajación teledirigida y estiramientos musculares. Y contra todo pronóstico, teniendo en cuenta, sobre todo, lo que escuché el primer día, en el que la gente que ya había acudido en años anteriores expuso lo bien que les había ido este sistema de "desconexión" o método anti-estrés –ya sé, ya, que el yoga no es solamente eso, pero es por llamarlo de alguna forma- y cómo les había cambiado la vida –me maravillaron frases del tipo "soy otra", "hay un antes y un después"-, a mí no me está gustando demasiado. Siendo completamente sincera, no me está gustando nada.

He tenido días buenos, desde luego, pero ayer no fue uno de ellos, y hoy estoy con el regusto amargo que me dejó la clase. La cosa no empezó demasiado bien: sentados todos en círculo, comenzamos con una meditación basada en encontrar algo bueno en nuestras vidas y en disfrutar de ello mentalmente. Hasta ahí, bien. Pero... luego vino la parte en la que había que exponer ese "hallazago" y compartirlo con el resto de los asistentes, eso sí, acoplando al final de la perorata, un "y doy gracias por ello".

Sé que me puse a la defensiva, lo sé. Y en un principio, cuando vi por dónde se encaminaba el asunto, pensé en negarme a decir en público algo que, al menos a mí, me resultaba/resulta muy íntimo –puede parecer curioso, sobre todo, viendo ahora mismo cómo cuento esto en una bitácora a la que se puede acceder libremente desde internet, pero esto es voluntario y aquello, medio forzado-. Pero no me atreví, no tuve la valentía de decir "no" en voz alta y conté lo primero que se me ocurrió, que fue algo así como "Me gusta de mí la capacidad que tengo para defender con vehemencia las causas que creo justas y doy gracias por ello"... ¡por favor! me entró un "malestar espiritual" de éstos que te dejan fuera de juego, descolocada, como si resultase evidente, visto desde fuera, que una se siente como una completa estúpida.

Me pudo el hecho de la coletilla final, lo de "y doy gracias por ello". Me recordó sobremanera al momento en el que, en la misa católica, los feligreses se alegran de lo mucho que les favorece el estar tocados por la gracia divina. Un rito como otro cualquiera, pero con demasiadas reminiscencias religiosas para alguien como yo, que ha acabado odiando casi cualquier cosa que huela a poder de captación.

Mi disgusto no acabó aquí. Es más, después de una especie de impás conseguido por la práctica de ejercicios de estiramiento, aumentó con la parte final de la clase: sentados nuevamente en círculo, tocándonos unos a otros, había que repetir en voz alta una frase de "alto contenido trascendente" –y entrecomillo porque a mí me produjo, casi de inmediato, un sarpullido... por supuesto, también trascendente-: "He encontrado la estrella que me alumbrará; la guardaré en mi pecho y la veneraré". Después de pronunciarlo hasta memorizarlo, pasamos a cantar el mantra al unísono.

Hablando con propiedad, debería decir "pasaron" y no "pasamos", porque esta vez, no pronuncié ni un ¡ay!. Ya no se trataba de un mero desencuentro puntual –entre el yoga y yo- sino de un rechazo absoluto: era incapaz de creerme lo que la frase decía. Me atacó la vena escéptico-realista y lo del mantra me sonó, literalmente, a cuento chino. Tuve la sensación de encontrarme en una sesión de aquellos odiados ejercicios espirituales de los que tanto gustaban las monjitas que me comieron el coco durante once años. Cuando la profesora dio por acabada la clase, preguntó cuántos no habían cantado, creyendo que el motivo de aquellos que no lo habían hecho era la vergüenza. La interpelé como si un botón hubiese activado, automáticamente, mi sistema de actos reflejos: "¿y qué ocurre cuando una no canta, no porque le dé corte el hacerlo, sino porque no se cree ni de lejos que sea verdad lo que está diciendo?".

Su respuesta me dejó, cuando menos, perpleja. Me explicó que no era necesario que la idea que se transmitía en el mantra fuese cierta o que yo, particularmente, me creyese lo que estaba diciendo, sino que lo importante residía en el mero hecho de cantar, en la posibilidad que esa acción me ofrecía de darle rienda suelta a mi voz, de ofrecerle una vía de escape a mis cuerdas vocales, ya que éstas estaban sometidas a una constante represión.

Sinceramente, sé que, en cierta manera, estoy predispuesta a dudar de todas aquellas cosas que me hablen de misticismo y espiritualidad, pero aún con todo, se me hace muy cuesta arriba aceptar que no es importante que yo comparta o acepte como válido algo que, parece ser, pronuncio de manera reiterada para tranquilizarme, máxime, cuando, investigando un poquillo en la Red, una encuentra afirmaciones como la que sigue:

"...Un mantra es una unidad básica de sonido o secuencia de ellos que modifica el flujo de nuestro diálogo interno y expande nuestra conciencia a través del significado, el sonido por sí mismo, el ritmo y la repetición, la cualidad energética del sonido y la reflexología de la lengua en el paladar de cada sonido. El uso científico para afectar la conciencia y el patrón del flujo de pensamientos es llamado Mantra Yoga."

Lo que tengo claro es que se me hace muy cuesta arriba el participar en actividades pensadas para llevarlas a cabo en grupo... sobre todo, si no tengo nada que ver y ni tan siquiera conozco a sus integrantes. Va a resultar que soy una asocial...

Pdta. Menudo testamento me he marcado...

¡Qué miedo!



Hago un "Imedio" rápido:

"Cervera indicó en el encuentro que las causas de los cortes en el suministro eléctrico radican en la gran cantidad de tormentas eléctricas que se producen en la zona y cuyos daños no se registran en la red hasta que se produce el apagón. En Teruel han caído en lo que va de año alrededor de 50.000 rayos, la mitad de los cuales se han registrado en Gúdar-Javalambre."


O sea que hago bien en desconectar la antena de la televisión cada vez que me voy de mi casa, en Linares de Mora...(Siera de Gúdar).

La noticia completa. No es que sea algo relevante, pero es una especie de constatación oficial de algo que he visto con mucha frecuencia: la abundancia de rayos por esas tierras, a veces, llega a asustar -bueno, a veces, no; siempre-.""

Antes muerta que sencilla



... dice la canción. Sí, lo dice. De verdad de la buena. Y no es una canción cualquiera, no. Es una señora canción. Una señora-señora canción. Vamos, una señorona canción. De ésas de alto copete y buenas maneras. De ésas que se merecen todas las atenciones por méritos propios y por méritos impropios. De ésas que dan la mano -la señora- y parece que hayas tocado el cielo... -ufff... que mala soy... empleando tópicos machistas para darle más enjundia chistosa a mis palabras... ¡qué bajo he caido!-. Porque si no fuera así, ¿cómo podría haberse llevado el primer premio en el certamen Eurojunior 2004? El galardón es una prueba, más que evidente, de que la calidad de la composición musical es digna de ser recordada, generación tras generación -por favor, por si el tono irónico no ha quedado suficientemente plasmado, lease este párrafo conteniendo la carcajada hasta el final-.


Creo, sinceramente, que decir que una, siendo mujer, siente vergüenza ajena, y que no se explica cómo una madre o un padre con dos dedos de frente puede aplaudir, como una gracia, esto que sigue, es decir poco...

"Antes muerta que sencilla"

El pintalabios
Toque de rímel
Moldeador
Como una artista de cine

Peluquería
Crema hidratante
Y maquillaje, que es belleza al instante
Abre la puerta, que nos vamos pa'la calle
Que a quién le importa lo que digan por ahí

Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla
Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla

Y es la verdad, porque somos así
Nos gusta ir a la moda, que nos gusta presumir
Qué más nos da qué digas tú de mí
De Londres, de Milano, San Francisco o de París

Y hemos venido a bailar
Para reír y disfrutar
Después de tanto y tanto trabajar
Que a veces las mujeres necesitan
Una poquita, una poquita, una poquita, una poquita libertad

Muchos potajes de los de antes
Por eso yo me muevo así, con mucho arte,
Y si algún novio se me pone por delante
Le bailo un rato
Y una gotitas de Channel nº 4
¡¡¡Que es más barato!!!
Que a quién le importa lo que digan por ahí

Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla
Antes muerta que sencilla, ay que sencilla, ay que sencilla (...)


Lo del trocito de "que a veces las mujeres necesitan un poquito de libertad" merece reflexión aparte. O no. No se puede comentar algo así. Y no porque la niña piense algo así, siendo todavía tan joven -que ya es lamentable, ya-, sino porque los adultos de los que está rodeada no hayan sido capaces de hacerle entender que, para frivolizar con asuntos tan serios, se han de tener éstos, antes, muy claros. Porque... ¿está frivolizando, verdad?

Que digo yo que luego harán campañas estatales sobre la violencia sexual o señalarán un día en el calendario anual para que todos recordemos que nadie se merece ser maltratado por pertenecer a un sexo o a otro, o yo qué sé cuántas cosas más...

¡Total! Por un poquito más...

En dos días me han repetido esa frase, que ya casi es una expresión común, al menos cuatro veces, pronunciada por distintas personas.

¿Y a qué se refiere siempre? A cuestiones económicas. ¿Acaso podría ser de otra manera?

Sirva un solo ejemplo para explicar por dónde voy: estaba hablando de que, si no ocurre nada anómalo, para el año que viene pretendo jubilar mi coche –ya tiene 21 añitos... ufff, qué viejito es- y comprarme uno de segunda mano, poniendo como precio límite, alrededor de los 5000 euros, más o menos. Cómo no, mis interlocutores me dijeron: “¡Total! por un poquito más, te compras uno nuevo!”.

Y claro, es ahí cuando yo me pregunto si ese poquito más, a final de mes, no puede suponer la gasolina de tres semanas, o la comida para siete u ocho días o el pago de uno de los recibos trimestrales de agua y basura.. y ya digo, me lo pregunto y cuando me respondo –porque a veces hasta consigo responderme- con un “no, niña, que no puede ser, que ese poquito más no es un poquito trivial, irrelevante, sino un poquito vital, trascendente”, llego a la conclusión de que, una de dos -¡cuántos dilemas se me plantean últimamente!- o yo soy una mala gestora/contable/administradora de mi sueldo –que todo puede ser- o el resto de los mortales que me acompañan en este devenir diario -¡ja! toma ya pedazo de pseudo frase pedante- disponen de una liquidez sin límites ni fronteras a la que yo, de momento –todo se andará... ¿ande estás, Primitiva de mi alma?- no tengo acceso ni de lejos.

El martes estuve de visita –de éstas que vienen impuestas por la agenda familiar, muy en la onda de “¿qué va a decir tu tía si no vas a ver a su bisnieto?”- en casa de una jovencísima pareja, que recientemente han sido padres. Les regalé un conjuntito de ropa y ellos me devolvieron la atención con un par de “Total, por un poquito más...” y una visión de lo que para ellos supone, hoy en día, asumir responsabilidades y su forma de plasmar ese “Total, por un poquito más”: una casa en propiedad –los pipiolos tienen 20 años-, un sofá de diseño, una tele de 33 pulgadas, cerca de un millón de pesetas en muebles, y un coche de menos de un año –era nuevo cuando se compró... ¡por supuesto!- que uno de ellos incorpora al patrimonio familiar. Por descontado, trabajan ambos, con contratos que se renuevan de mes a mes: ella de dependienta en una tienda de fotografía y él como operario en un almacén de chatarras.

Cuando me marché, tras de mí se vino la impresión de que algo mal había hecho yo en mi existencia para tener 38 años y continuar viviendo todavía de alquiler, con un coche de 21 años y una televisión de 14”, un colchón con cojines haciendo de sofá y un cabezal de cama heredado.

Luego, lees cosas como ésta e intuyes que, seguramente, los banqueros han de estar encantados con esta fiebre/feria de las apariencias... ¡Qué lástima!

Harta

Mucho. Estoy harta, cansada, desanimada. Empieza de nuevo el suplicio: horas y horas de hospital; horas y horas de esperas; horas y horas de paciencia infinita...

Me acaban de dar la noticia y no sé cómo santas narices encajarla.

En realidad, sí que lo sé, pero me supera... me desborda. No sé enfrentarme a su dolor y al mal humor que se me acumula en los huesos cada vez que pienso que sus enfermedades han estado presentes en mi vida desde que tengo uso de razón. Es injusto por mi parte, lo sé. Ella no tiene la culpa. Pero es que yo tampoco... puta mierda.

Vuelven a operar a mi madre de la rodilla. Seguramente la semana próxima. Y con ésta creo que llevará 38 intervenciones en su cuerpo. A veces, sólo me queda gritar. Y es lo que ahora mismo haría si este cacharro incorporase la tecnología apropiada para hacerlo.

Ojalá pudiese esconderme, perderme, olvidarme de todo.

Al menos, no será en el lugar maldito de la última vez. Al menos, no veré más enfermos terminales. Al menos, podré sentir que existen enfermedades de las que se sale.

Mierda, mierda y más mierda.

Hoy no estoy nada fina. Pero me da exactamente igual.

Sólo sé que no sé nada

Me cuesta entender ciertas cosas. Y quizás mi falta de comprensión parta de una incapacidad manifiesta para aprender o ampliar conocimientos. Hace ya varios días que lo vengo pensando y más de una vez he reflexionado sobre ello. Quizás de una manera indirecta, seguro; pero siempre que he razonado al respecto de la mediocridad, de esa zona media a la que tanto miedo nos da pertenecer -puede que generalizar sea peligroso... a mí me da miedo, o por decirlo de alguna manera, me han educado para que me dé miedo-, la duda “existencial” derivaba de mi, cada vez más palpable, limitación intelectual.

¿Y qué es lo que me cuesta entender? Es sencillo –a priori-: de dónde sacan tiempo algunas personas para saber de tantas cosas y tan profundamente. Porque una de dos, o yo soy cortita de entendederas y mal empleo mi tiempo de ocio, o resulta que estoy rodeada de superdotados no reconocidos estadísticamente...

Si repaso mis quehaceres diarios, entre unas cosas y otras, dedico bastante tiempo a informarme sobre lo que ocurre en el mundo, y aparte de esto, leo, voy al cine, acudo al teatro con frecuencia –si existe la reencarnación, en mi otra vida me pido ser tramoyista o escenógrafa-, me reúno con mis amistades de cuando en cuando... o sea, que podría decirse que, más o menos, “estoy en la onda”. Pero, me da en la nariz que esto no es así, ya que, a medida que me muevo con más asiduidad por la Red, aumenta mi sensación de que soy una semi-analfabeta funcional –quizás la afirmación sea exagerada, pero es que... ante ciertas lecturas, una acaba tan impresionada que su autoestima se queda a la altura de los tobillos-.

¿Cómo se hace para realizar –con fundamentos... porque otra cosa es hablar por hablar- esos análisis tan exhaustivos que se leen en algunos foros, bitácoras, etc. sobre política, economía, literatura, cine... trabajando siete horas, durmiendo otras siete, dedicando una, al menos, a ir y volver del curro, dos más a quehaceres domésticos, etc.? Es que no lo termino de entender. En realidad, ni lo termino ni lo empiezo: no lo entiendo, sin más.

No soy ninguna lumbreras, eso seguro. Al menos, algo me queda claro: que ante tanta abundancia informativa y de tenores tan distintos, es muy complicado formar una opinión sobre un asunto en particular, o modificar la originaria, que, por cierto, parece que esté mal visto el que una pueda decir hoy blanco y mañana negro sobre una misma cuestión.

No sé...

Una de cacos y otra de vírgenes

Para que luego digan que los ladrones de toda la vida, los de la palanca y el butrón, no están intentando adaptarse a las comodidades que el día a día puede ofrecerles para que su trabajo resulte más llevadero...

Dos ladrones arrestados por llamar un taxi para trasladar el botín.

La de vírgenes es un poco más surrealista, aunque bien mirado, quizás no lo sea tanto, porque esto de los milagros y de las apariciones marianas ya lleva tiempo escuchándose, y además, en boca de "eminentes" personalidades sociales, sino, que se lo pregunten a Pitita Ridruejo, que de eso sabe un rato y es una señora de mucho postín. A lo que iba: que en la empresa de subastas on line eBay están intentando vender un bocata mordido en el que dicen que se ve a la Virgen María. Para que la cosa resulte más suculenta, el bocadillo es de queso... o sea, que algo en claro podemos concluir de la elección de la Madre de Dios a la hora de darse paseos por este infecto mundo: la Señora tiene unos gustos gastronómicos de Grand Gourmet y lo demás son tonterías.

Pos eso, que entre cacos perezosos y bocatas de queso al estilo virginal anda el asunto... o los asuntos..."