
Hablar estos días de frío es casi cansino. Vamos, que si se pudiese contar, de alguna manera, cuantos millones de veces se pronuncia al día en España, y en estos momentos, la palabra "frío", el resultado sería elevadísimo -no me atrevo a aventurar porque lo de las especulaciones numéricas se me da fatal-. Pero supongo que será que, a fuerza de resultar el asunto-muletilla que más a mano se tiene cuando se toma un café en el bar o cuando se espera el ascensor, la realidad se circunscribe, hoy por hoy, a la ola de frío que estamos padeciendo.
Ayer por la tarde hablé con uno de los familiares que vive en Linares y me contó que esa misma madrugada el termómetro había alcanzado los -14º y que en las pistas de esquí de Valdelinares llegaron a -17º. Por la noche, en los informativos, confirmaron la temperatura de Valdelinares, añadiendo el meteorólogo de turno que, debido a las fuertes rachas de viento, la sensación térmica por aquellos lares era de -50º. Quise imaginar cómo sería salir a la calle en esa situación y por mucho que yo pueda fantasear, creo que es imposible aproximarse, ni de lejos, a lo que supondría dar dos pasos soportando ese frío. Y eso que en el invierno de 1993-1994 supe lo que era estar, allí en Linares, a -12º.
Fue mi primer trabajo en un administración pública. Duró cuatro meses -me llamaron de la G.Valenciana para otro puesto-, de diciembre hasta principios de abril. Estaba emocionada; siempre había dicho que vivir en un pueblo de montaña tan pequeño -330 habitantes por aquel entonces-, lejos del mundanal ruido, debía de ser un privilegio. Y nada más lejos de la realidad: es duro, bastante duro. He de reconocer que las condiciones en las que yo estuve no eran las más idóneas y ni muchos menos, las que tienen los que allí residen habitualmente: las viviendas están, la mayoría, completamente acondicionadas.
Mi casa, que entonces se acercaba a los doscientos años de antigüedad, no tenía agua caliente, ni lavadora, ni tan siquiera una ducha. La estufa no era tal, sino una cocina de leña, de las llamadas económicas, en la que, cuando me levantaba, sólo podía colocar un tronco de leña para encenderla, porque el hogar no daba para más -muy parecida a la de la foto-, y por supuesto, para que aquello caldease las habitaciones, hubiese necesitado estar todo el día a pie de la cocinilla metiendo troncos:

Para lavarme por las mañanas, tenía que calentar agua en una cazuela, con lo que el aseo personal duraba una eternidad. La ropa de poco volumen la lavaba a mano y la más pesada, en casa de las amigas, al igual que pasaba con la ducha, que cada tres o cuatro días hacía la ronda: creo que nunca hasta entonces había hecho una ruta higiénica tan interesante. Para fregar la vajilla empleaba dos pares de guantes. Por la noche, cuando llegaba, aquello era lo más parecido a un refrigerador enorme. Recuerdo haber estado viendo la tele, sentada en la mecedora, con leotardos debajo del pijama, el batín, una manta y el edredón de la cama encima. La recocina alcanzaba una temperatura agradable justo a la hora en la que me iba a dormir.
Aguanté como pude, la verdad. Me empeciné en que si mis antepasados habían vivido así y no les había pasado nada, yo era capaz de soportarlo. Y todo, por tener un trabajo en el que pudiese aprender todos los aspectos de lo que es la administración local: estaba yo sola, y la secretaría del ayuntamiento se compartía con Valdelinares, con lo que el responsable del cargo trabajaba tres días allí y dos en el otro municipio. Fue toda una experiencia. Tuve la impresión de que las piezas, esas que andaban fragmentadas en mi cabeza en forma de teoría, de legislación, de artículos, iban encajando una a una, porque toqué todos los palos, por decirlo de alguna forma.
Por lo demás, se me cayó la venda de los ojos, ésa que no nos deja ver que no es lo mismo el turismo rural de folleto publicitario que el estar permanentemente en un sitio aislado, en el que casi no existen lugares para el ocio, salvo el bar, y en el que tampoco hay gente joven acorde a tu forma de ver la vida. Aún con todo -y eso no lo haría ahora ni loca-, la semana en la que alcanzamos los doce grados bajo cero, seguí saliendo todas las noches a jugar la partida de póker al bar: los ancianos estaban entre indignados y asombrados de que cinco mujeres, solas, nos atrevíeramos a pisar aquel reciento más allá de las horas habituales de la tarde -para más inri ¡jugábamos al póker! ¡por Dios, qué degeneración!- y para una vez que los abueletes -y no tan abueletes- tenían motivos para escandalizarse, no íbamos nosotras a ser malas personas y quedarnos en casa para dejarlos sin diversión.
Lo más gracioso del asunto es que los albañiles vinieron a instalar el agua caliente, el termo, la lavadora y la estufa nueva que habíamos comprado -estuvo todo el invierno en la entrada de la casa, al lado de la leñera-, la segunda semana de abril, cuando yo ya estaba trabajando en Valencia.
En resumen, que debería de haber opositado para notarías y así podría hacer testamentos de este tipo sin necesidad de buscarme excusas -Gru, seguro que tu experiencia con esto del frío es bastante más amplía que la mía, :-) -.