
Sitúo la escena:
Una calle próxima a mi casa. Entre la acera y el bordillo, dos mujeres de unos cuarenta y tantos, más o menos, hablan entre ellas. Mientras la conversación se desarrolla, un niño, de alrededor de seis años, las mira y permanece callado, situado algo alejado de la que lleva todo el peso de la charla. Parece que se han cruzado en el camino, porque una de ellas está colocada con su cuerpo medio girado hacia la izquierda y la otra, la que va acompañada del crio, permanece de pie en dirección a la derecha. Entre los tres, forman un corrillo ovalado, alargado, que les obliga -a ellas, ya que el zagal no llega a abrir la boca en ningún momento- por el espacio que las separa, a elevar el tono de su voz para escucharse.
Vuelvo de pasear a Zas y justo a la altura de donde se encuentra el trío pero en la acera de enfrente, el perro se detiene para olisquear un tramo de la pared -y eso significa que no se va a mover de allí hasta que no haya distinguido, clasficado y repasado todos y cada uno de los "marcadores caninos" que le regala ese trozo de fachada.
Las escucho hablar:
- ...Fíjate, se puso a gritarle a su padre, como un loco "¡Papá, noooo! ¡No lo quites, que es Nino Bravo!". Es que está mal que yo lo diga, pero mi "Aigor" -las comillas las pongo porque no tengo muy claro que ése fuera el nombre que la madre pronunció- tiene mucho estilo y sabe distinguir qué es música clásica y qué es basura; ya quisieran todos esos niñatos de Operación Triunfo ser, el día de mañana, como mi niño.
- ¡Qué mono! Para que luego digan que la "juventud" -las comillas son mías... juventud con seis años- sólo escucha la rana, la canción del Neng y los raperos esos con pintas de colgaos.
A todo esto, el niño, sabiendo que están hablando de él, comienza a hacer un mohín como de "sí pero no", en plan inocente picarón, avergonzado pero atento, porque sabe que el halago está cerca.
- Sí, mujer; es que en casa ponemos mucha música española, para hacer patria, que ya está bien de americanos desmelenados y rubias sin ropa.
- Claro, como su padre cantaba tan bien todo lo de Nino Bravo.
- Canta, mujer, canta; que todavía canta.
- ¿Cómo que todavía canta? Cantaba. ¿O es que ahora sigue dedicándose a lo de las orquestas de verano?
- No, mujer, no. Pero te digo canta porque lo sigue haciendo.
- ¿Y dónde? Porque lo que es yo, no lo he vuelto a escuchar desde hace muchos años.
- Mari, es que las veces en las que canta, no es muy normal que tú lo veas. Vamos, que tú no deberías de oirlo cantar.
- ¡Ah! ¡Acabáramos! O sea, que te canta en los momentos íntimos.
- Pues sí, ya ves. Me sé las canciones de Nino Bravo de memoria, tenemos una para cada ocasión.
- ¡Uy, chica! ¡Qué romántico!
- Mucho, Mari, mucho. Y el niño ha salido al padre: ya me ha dicho más de una vez que cuando se enamore, se declarará a su novia con una de las canciones del Nino Bravo.
- Olé, olé y olé. Sí señor, con poderío, que no se diga. Oyes ¿ y por qué no lo lleváis a un concurso de los de la tele?
- Es que su padre no quiere, Mari, pero el niño está muy pesado: se pasa todo el día diciendo que quiere que lo llevemos a hacer un casting de esos, pero para niños prodigios. No sé cómo convencerlo; dice que le daría mucha vergüenza que llegase a una final y por gentes que tuviesen más dinero que nosotros, se comprase el primer premio y su hijo se viniese a casa con el rabo entre las piernas. Es muy orgulloso y no soportaría que Aigor no fuese el mejor.
- Mujer, un poco de mano izquierda, que cuando festeábais, siempre lo llevabas de calle. Vamos, que comía en tu mano a todas horas.
A estas alturas, el niño ha cambiado la sonrisa picarona por un gesto de despierto interés: se está hablando de su futuro como estrella de la canción y sus radares-orejas han de funcionar a pleno rendimiento. Zas se ha cansado de marcar y remarcar los dos metros cuadrados que hay en ese tramo de acera y reinicia su marcha, en dirección a mi casa -y la suya, claro-.
Alcanzo a oir, casi de refilón, cómo se despiden:
- Hasta luego, Pepa, que me viene el Juan más pronto a cenar y no he sacado las chuletas del congelador.
- Ya hablamos en otro rato, Conchín; a ver si hacemos una comida o una merienda y entre todos sacamos el tema de que mi niño vaya a un concurso a cantar y el Isidro se ablanda algo, que tanto arte no se puede desperdiciar.*
Conclusiones:
De momento, dos. Porque el resto -croe que hay algunas más- son vuestras.
La primera, que el padre de la criatura es un hortera redomado y que la madre se lo ha de pasar de lujo cada vez que al colega le dé por dedicarle una canción de Nino Bravo -por ejemplo, en la cama, mientras cabalgan juntos hacia los cráteres del volcán que más tarde estallará haciéndolos sentir el calor de la lava incandescente, el galán setentero es capaz de desgañitarse con lo de "al partir, un beso y una flor, es ligero equipaje, para tan largo viaje; me voy pero te juro que mañana volveré"-.
La segunda, que ser convidada de piedra a veces provoca ligeros trastornos estomacales -angustias y alguna que otra arcada- y leves cefaleas, que generalmente, remiten a las pocas horas.
*
Se sobrentiende que la conversación, tal cual la he reflejado, no es literal, pero más o menos, la cosa fue por los derroteros que he recreado -y siendo completamente sincera, creo que pierde bastante frescura, pero bueno... -.